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miércoles, 28 de enero de 2026
El carbonero de los idilios callejeros
El carbonero de los idilios callejeros
(Novela erótica)
Enrique Cabrera Vásquez (Mellizo)
"Las cosas no son como las vemos sino como las recordamos". Ramón María del Valle-Inclán, dramaturgo, poeta y novelista español (1866- 1936).
“La novela es una epopeya subjetiva en la cual el escritor se toma la libertad de pintar el universo a su manera” Johann Wolfgang von Goethe, dramaturgo, novelista, poeta y naturalista alemán, (1749- 1832).
“La novela es el espejo paseado a lo largo del camino real”. César Vichard de Saint-Réal, novelista francés (1639-1692).
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1.- Recuerdo del pasado
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Evoco en esta narrativa erótica un episodio grabado en mi memoria adolescente, aquellos inolvidables y felices años mozos: relatando el final de un vecino de aspecto tranquilo, sonrisa sobria e inescrutable, pasos lentos, mirada dominante y frío temperamento, conocido en el barrio como Yarel 'el Carbonero'. Este hombre de fachada sosegada era visto en el vecindario como enfermizamente aficionado al sexo y al flirteo con mujeres amargadas; por dicha obsesión, su mujer, Estaulina Ambrosio, se vio precisada a abandonar el hogar conyugal. Esta deserción amorosa lo llevó a vivir los últimos meses de su existencia sin una compañera fiel, leal y apegada al compromiso sentimental.
Esta es la historia zigzagueante, llena de suspiros epicúreos, propia de un hombre asiduo a cortejar a cuantas féminas pasaran por su cercanía cazadora. Tal actitud lo llevaba a desatender su responsabilidad conyugal para dedicarse a complacer, preferiblemente, a mujeres desconsoladas en su frustración orgásmica. Era un machista intransigente que enrumbó su existencia por la ruta del placer sexual con una lujuria sin parangón, alcanzando notoriedad entre las mujeres del barrio; esto despertaba las miradas envidiosas de los hombres que vigilaban sus correrías con frivolidad burlesca, lanzándosele en revancha, obstaculizando con porfía su cacería de insatisfechas.
La fama alcanzada por este vecino contrastaba con su pelaje tiznado de cisco, derivado de la tarea con la que obtenía el sustento diario: el oficio de carbonero, según indicaban sus trazas. Esta ocupación constituyó un lastre sobre sus hombros; una subsistencia austera, marcada por las restricciones económicas de la venta de su producto. Tales apremios limitaban su esporádica andanza de faldero empedernido, como veremos más adelante.
Analfabeto por desinterés paterno, cultivó una sapiencia de oídas mediante sus relaciones con patronos, profesionales e intelectuales, así como por la escucha de programas radiales de hondo contenido cultural que retenía en su memoria prodigiosa. Escueto en la palabra y sagaz en el entendimiento, encaminaba su vida dentro de la normalidad barrial.
Yarel Green, mejor conocido como Yarel el carbonero, caminó envuelto en su conducta concupiscente con una frialdad aplastante. Hechizaba y enlazaba con un silbido sin igual a aquellas dispuestas a abarraganársele rendida ante su llamado seductor, buscando la satisfacción sexual inalcanzable con su pareja o algún amante de infracción condenable. Sobreponía su timidez ante el mandato resuelto venido en la erección de su pene.
Así quedó plasmado en la habladuría de contertulios, entretenciones de juntas sociales y parrandas barriales, incluyéndolo con picante sazón morbosa en el menú de sus repetidos cuentos prosaicos en los velatorios de los pobres; denunciado por curas y predicadores puritanos como estigma de condena a los transgresores del código moralista consignado en la Tabla de los Mandamientos de Moisés, el personaje mitológico del Viejo Testamento; vituperando con furor a los creyentes débiles, cuya impudicia y descontrol de su arrechura demoníaca los hacía merecedores del castigo divino.
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Andaba el carbonero viril, falo en ristre, saciando insatisfechas amargadas, cogiéndolas en bosques y ruinas abandonadas. Su fama atrajo a las arrugadas y furor entre viejas engruñadas. Reviviendo idilios recordados. Más, éste decía emocionado, solo complazco las frustradas en lugar y hora acordada.
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2.- El amanecer de Yarel
El audible chirrido provenía del movimiento de su voluminoso y pesado cuerpo sobre el vetusto camastro donde dormía, convertido en su lecho desde el azaroso día en que su mujer, Estaulina Ambrosio, lo abandonó despechada.
Yarel Green llevaba once meses en soledad y abstinencia sexual, sin sentir la jocunda compañía nocturna de una compañera que lo acariciara y le entregara la ternura de sus manos aterciopeladas. Añoraba el recorrido de esa piel sedosa sobre su epidermis con pasión amorosa hasta excitarlo, envolviéndose en su cuerpo robusto hasta sentir el cálido sudor de su desbordada fruición; entregados ambos a un sexo apasionado y estremecido. El sexo era su vida, y también sería su muerte.
Yarel era un hombre de unos 5/9 de estatura con cuarenta y dos años de edad recién cumplidos, unas ciento ochenta libras y un cuerpo fornido cuyo volumen sobresalía el catre que ahora utilizaba como tálamo.
Vivía en la pobreza; estaba acostumbrado a malvivir en medio de precariedades, estrecheces, penurias y sinsabores. El cuadro de su existencia familiar transcurría en una rutina menesterosa. La soledad que ahora lo castigaba era consecuencia, en gran parte, de las carencias que infligió su existencia con fuerza apremiante en los últimos tiempos.
En la época en que convirtió a Estaulina en su mujer, se encontraba en pleno apogeo de su energía juvenil. Realizaba diferentes labores productivas; era un servidor eficiente y duro en sus quehaceres, lo que le permitía ganar dinero suficiente para solventar las necesidades del hogar y disfrutar en familia de algunas distracciones especiales. Al entrar en la ruta de los cuarenta años, el ímpetu de su rendimiento comenzó a menguar a la par de algunas dolencias surgidas. Esto contribuyó a disminuir su capacidad productiva y, por lo tanto, optó por dedicarse a la venta de carbón, una tarea que requería de menor esfuerzo físico.
La vida de carbonero de Yarel Green mermó sus ingresos; sentía vergüenza de pedir prestado a sus amigos y, mucho menos, de molestar a algún familiar de su mujer. Era orgulloso en extremo.
Yarel, carbonero de oficio, entró en una crisis permanente. Su mujer se volvió conflictiva y le reclamaba una mejoría que él era incapaz de proveer. Ella usó la infidelidad como pretexto para marcharse, aunque sabía en el fondo que el motivo real eran las carencias económicas; esta fue la verdadera causa de su abandono y no sus aventuras callejeras.
Estaulina Ambrosio tomó la dolorosa decisión de abandonar el hogar conyugal, atribulada y marcada por un profundo dolor sentimental. No percibía en el horizonte remedio alguno al estilo de vida constreñido en que transcurría su convivencia junto a su marido durante los postreros años de la unión matrimonial. Todas las ideas y planes que le presentaba, buscando mejorar la pésima situación que padecían, quedaban en un «vamos a ver» o en promesas incumplidas. El poco dinero que este obtenía por la venta de carbón lo distribuía entre ella y las mujeres que se le entregaban en los montes, cañaverales, construcciones y ruinas abandonadas. Su marido tenía el vicio de cortejar a cuantas mujeres encontraba en su camino.
La despechada Estaulina se refugió en la casa de su hermana Rosalda, quien vivía con Joaquín, un hombre de negocios de cincuenta y cinco años dedicado a la usura con un interés del 12 % mensual. Debido a su pésima situación económica, la familia de Estaulina la presionaba para que dejara a Yarel. Ahora, ella trabajaba como sirvienta para su hermana a cambio de una mensualidad de cinco pesos más los alimentos para ella y sus tres hijos.
A Yarelito, el varón de diez años, lo pusieron a hacer mandados y a registrar en una libreta el listado de los clientes de Joaquín. Gladys, de ocho años, a veces ayudaba a fregar los trastes y a trapear; por su corta edad, no la presionaban demasiado con esas tareas. Guillermito, el más pequeño con apenas cuatro años, se la pasaba correteando, jugando y exigiendo leche y comida a cada rato.
Yarel se caracterizaba por mantener una actitud reservada y se esforzaba en conducirse con discreción; personalmente eludía divulgar sus intimidades. No obstante, los vecinos se las ingeniaban para escudriñar la privacidad ajena. Los rumores y comentarios que lo describían como un tenorio corrían con malicia de boca en boca. Esa fama constituía una desventura que, unida a su exigüidad presupuestaria, laceraba la armonía conyugal y llevaba la infelicidad al hogar. Era una carga emocional y competitiva insoportable para la relegada Estaulina, cuya vida transcurría entre apuros y aprietos al tener un compañero que prestaba mayor interés a los encuentros con mujeres de vida licenciosa que a las necesidades afectivas de su esposa. Todo había cambiado: quien fuera un marido fiel y consagrado se había transformado en un mujeriego impenitente. Y esto tendría consecuencias.
Desde que ambos se mudaron en concubinato, se propusieron criar a sus hijos en un entorno óptimo; nunca imaginaron que serían acosados por dificultades económicas agobiantes. Yarel se aferraba a su rutina, resignado, sin atreverse a emprender algo nuevo que contribuyera a superar las limitaciones que los aquejaban.
Estaulina veía con preocupación que a su marido le bastaba con ser carbonero al pregón, labor que ejercía en una vieja carreta tirada por una mula y cuyos beneficios apenas alcanzaban para comer malamente una o dos veces al día. El dinero no cubría otras necesidades; la ropa de los niños era costeada por la familia de ella, y para asumir otros compromisos, Estaulina recurría a diversos medios: pedía prestado, jugaba «sanes», lavaba y planchaba por paga, entre otras tareas.
Yarel tenía el pelo lacio y la tez oscura, tan oscura como el carbón que vendía. Su apariencia física era la de un puro cocolo. A veces le preguntaban si sus ancestros llegaron de África o si descendían de los esclavos estadounidenses; en verdad, no sabía qué responder con exactitud, pues carecía de nociones detalladas sobre sus antepasados. Sus padres tuvieron cinco hijos —tres varones y dos hembras— y él era el tercero. Escasamente conversaba con su mujer sobre sus raíces biológicas; no obstante, sabía que su padre era de Santa Bárbara de Samaná y su madre, Francisca Borín Silvestre, de origen híbrido. El padre de esta descendía de franceses, aquellos colonos que se establecieron en Samaná.
Es posible que parte de su genética proviniera de los bucaneros y filibusteros franceses que se asentaron en Samaná a inicios del siglo XVII (1605-1606), tras las devastaciones de Osorio ordenadas por el rey Felipe III. Estos intrusos fueron enfrentados por fuerzas españolas hasta lograr su expulsión, luego de que en 1673 bandas de franceses asaltaran y quemaran las villas de Santiago y Cotuí. Las batallas para expulsarlos se sucedieron en 1673 y, más adelante, durante los años 1676, 1677 y 1687.
Por otro lado, su madre había nacido en Hato Mayor. Yarel escuchó en tertulias familiares que su abuelo paterno se llamaba Samuel Green, uno de los cientos de trabajadores importados desde Estados Unidos en 1882 para la construcción del ferrocarril de Sánchez. Estando en el país, este se unió a una dominicana de la zona y de esa trabazón nació su padre. En esas conversaciones también se enteró de que, entre 1824 y 1825, el gobierno haitiano trajo mediante contrato a más de doscientos negros de Filadelfia, a quienes se les prometió tierra, casa y trabajo.
Cuatro años después de casarse, sus padres decidieron trasladarse a Marquesol, el pueblo de los cangrejos y las deliciosas uvas de playa (coccoloba uvifera), ricas en minerales y vitaminas. Emprendieron aquel viaje atraído por los comentarios sobre los ingenios azucareros y las factorías de harina, pastas, abonos y ron. Buscaban mejorar su calidad de vida; allí, su padre se dedicó a trabajar en lo que fuera necesario mientras su madre paría y criaba a los hijos.
El abuelo paterno de Yarel falleció fulminado por un rayo mientras caminaba hacia su hogar bajo una fuerte tormenta. El accidente ocurrió en una calle maltrecha de su zona de residencia, en medio de intensos relámpagos y truenos.
Cuando sus padres llegaron al pueblo de los cangrejos y de las abundantes uvas de costa, buscaron la manera de ganarse la vida. Desde temprano, inculcaron a sus hijos el amor por el trabajo productivo; todos asimilaron la lección y se convirtieron en hombres y mujeres dedicados a labores fructíferas. Sus dos hermanas, además de atender a sus familias, elaboraban dulces para vender entre sus conocidos y criaban cerdos y gallinas para comercializar. Siempre buscaban ocupaciones para solventar sus necesidades y contribuir al sostenimiento del hogar.
Sus progenitores habían partido desde Samaná hacia Sabana de la Mar como pasajeros de un pequeño bote, pagando quince centavos por el viaje. Tras pernoctar una hora allí, buscaron la forma de trasladarse en algún vehículo hacia aquel pueblo de cangrejos y tradición beisbolera.
Reemprendieron su viaje hacia su destino cruzando por Hato Mayor, cuyo servicio les costó 20 centavos en una camioneta Chevrolet de 1937, adquirida por un potentado de la zona. Seguidamente, abordaron otro transporte semejante, una camioneta Chevrolet de 1930, por 25 centavos, propiedad de un colono azucarero que lo había traído por el puerto de la ciudad oriental; el desembarco de dicho coche fue un acontecimiento impactante en aquel momento.
La llegada a su objetivo coincidió con la algarabía y las fiestas por el triunfo del primer campeonato de béisbol profesional obtenido por los verdes representativos del poblado de ingenios azucareros y plantaciones de caña; corría el año de 1936. Este hecho histórico, ocurrido el domingo 10 de mayo de ese año, quedó marcado en los anales del béisbol dominicano. Fue descrito por el periódico Listín Diario en su edición del 21 de mayo de 1936, que apuntaba: “entre los factores que contribuyeron al triunfo Oriental había que incluir, primero: la proposición de Hostos Fiallo de permitir cuatro refuerzos a los macorisanos y tres a los demás clubes; segundo: que los equipos capitaleños se durmieron en sus laureles, y tercero: la entrada de Tételo Vargas al equipo Oriental”. La atmósfera de alegría y celebración los contagió, e de inmediato sintieron simpatía por el conjunto representativo de la población que los acababa de acoger en su tierra.
Aquel campeonato conquistado por los verdes de San Pedro de Macorís rememoró la hazaña de 1912, cuando también resultaron vencedores en el certamen organizado por el Ayuntamiento municipal. En dicha ocasión, el torneo disputado entre los Tigres del Licey, Nuevo Club y Estrellas Orientales favoreció al conjunto oriental tras un forfeit.
Estaulina Ambrosio y sus tres hijos sabían poco sobre la vida de Yarel, quien solo de forma esporádica intimaba con su familia. Por lo regular, él se mostraba parco en palabras y, en las pocas ocasiones en que «soltaba la lengua», lo hacía motivado por los efectos del aguardiente o la ginebra que bebía algunos domingos. Ese era su momento para recordar episodios agradables, destacar la generosidad de algunos compradores de su carbón y comentar a sus pocos amigos sobre las curvas femeninas que sus ojos admiraban durante su pregón y desplazamiento callejero. Solo bajo esas condiciones poco frecuentes se mostraba conversador; de lo contrario, era tímido, receloso y prefería manejarse con reserva.
Estaulina cumplía con sus obligaciones de esposa: cuidaba a su marido según las normas enseñadas por su madre; cocinaba, hacía los quehaceres domésticos y le abría las piernas en la cama cada vez que él se lo pedía. Atendía su deber. En cambio, él, cada vez que salía a vender carbón, aprovechaba para compartir su semen con otras, lo que constituía una traición a su fidelidad. La había convertido en la vergüenza de su familia, de sus amigas y de sus vecinos. Ella estaba que echaba chispas.
—Tú casi no hablas conmigo; cada vez que te pregunto algo guardas silencio. No me tratas con confianza. ¿Es que dudas de tu familia, de mí? —le preguntó un día en voz alta Estaulina a su marido.
—Las parejas son para hablar. Yo no me fui contigo para pasármela aburrida, no —se quejó ella.
—Yo no tengo la culpa de tus problemas; eres tú que no planifica nada, vive según vengan las cosas. Yo hago mi aporte, crees que solo puedes vender carbón —insistía ella.
—Ya los muchachos están creciendo; Margarito cumplió once años y está en la escuela porque el marido de Englosadilda le compra la ropa y los útiles escolares. ¿No te da vergüenza? Porque a mí sí.
—A ti lo único que te importa es que yo te «enfríe el pichón» cuando está caliente, y no te conformas conmigo. Más que vender carbón, lo que haces es fornicar con la primera bandida que encuentras en tu camino —dijo Estaulina en tono colérico y despechada.
Cada tarde, cuando Yarel llegaba al hogar, ella le soltaba el mismo sermón. Él la escuchaba en silencio, sufriendo en su interior la impotencia de no poder ampliar su capacidad económica. El dinero no le rendía y los alimentos estaban caros; todo estaba por las nubes.
Durante días ella no le abría las piernas para satisfacerlo; estaba en huelga sexual. Así protestaba por su infidelidad, mas él sabía que ella no aguantaría y caería rendida para sentir su potencia viril, esa que enloquecía a las mujeres y que a ella también la fascinaba.
Yarel había desarrollado en su oficio de carbonero un peculiar silbido bucal cuyo pitido anunciaba su trayecto por las calles de los barrios por donde circulaba. Mediante ese sonido particular atraía a sus clientes, de los cuales casi la totalidad eran mujeres entregadas a sus quehaceres domésticos. Su silbido se hizo habitual y popular; a la distancia era reconocido por el sonido que producía al soplar con fuerza el aire de sus pulmones a través de los labios. Lo hacía sonar con tanta energía que se escuchaba desde lejos, pues se había vuelto un experto empleándolo.
Mediante su silbato especial, cortejaba a la mujer que le gustaba, quien, por lo regular, reaccionaba maravillada. Quizás por esta particular habilidad muchas se rendían ante su seductor galanteo. Su propósito conquistador rivalizaba con el exiguo efectivo que llevaba en sus bolsillos, lo que le dificultaba satisfacer sus deseos; no obstante, lograba algunos éxitos que disfrutaba con estremecido frenesí. Vibraba alborozado por sus triunfos carnales.
En lo personal, se le consideraba un hombre serio y trabajador. Su único “delito”, si así pudiera calificarse, era prendarse impulsiva y perdidamente de cualquier mujer cuya coquetería atrajera a los «machos de verdad», y él se consideraba uno de ellos. Mediante su sonoro perifoneo, lanzaba el anzuelo con el fin de atrapar a alguna desdichada, anhelante de un instante colmado de fogosidad. No vacilaba en tener sexo a cualquier hora, lugar o forma; en pos de su goce sexual, no tomaba en cuenta el momento, pues siempre estaba presto a accionar su falo, endurecido tras la caza de cualquier fémina.
Cuando el vigor entre sus piernas despertaba, lo saciaba con la que apareciera, sin reparar en los detalles físicos de la agraciada. La premura del momento obligaba a obviar condiciones y comodidades. Lanzaba su anzuelo al azar y, si pescaba a una fea, bonita, gorda, flaca, enana, muda, inválida o ciega, la aprovechaba con voraz satisfacción.
Practicaba el coito sin detenerse en las minuciosidades fisiológicas ni en la funcionalidad lúdica del acto. Sus encuentros se caracterizaban por movimientos alternos de la pareja, con entradas y salidas rítmicas, pegando y despegando el contacto carnal con efervescencia, dando y recibiendo placer hasta alcanzar un clímax extenuante, agotador y maravilloso. Decía que no era con la cara de la mujer con la que se iba a liar, sino con una vagina —velluda o depilada— cuya abertura recibiría su potente miembro, firme y erecto. La explosividad de su libido alcanzaba una satiriasis exuberante. Sentía una sicalíptica obsesión incontenible por el sexo sin miramientos que, al final, sería su perdición: su muerte. Una muerte de goce consumado.
Eso sí, manejaba sus asuntos amorosos en secreto, tal vez por timidez o por temor a la rivalidad masculina. No comentaba con nadie, ni siquiera con sus pocos amigos, lo referente al éxito o fracaso de su vida personal. El hermetismo rodeaba siempre la conquista de la mujer deseada.
Estaulina era una mujer enjuta, de cinco pies y seis pulgadas de estatura y ciento cuarenta y cinco libras de peso. De tez clara, nació y se crió en el pueblo de «cangrejos y caña», al igual que sus padres, quienes subsistían gracias a la cría de cerdos y otras pequeñas actividades informales. Era la tercera hija de una unión conyugal de la cual nacieron tres niñas.
Conoció a Yarel un domingo, mientras se distraía viendo la retreta de la banda municipal en el parque principal junto a sus hermanas. En aquel entonces, la mayor tenía veintiún años; la segunda, diecinueve; y ella, diecisiete. De pronto, observó a aquel joven moreno y esbelto que la miraba con insistencia; sus hermanas y las amigas que la acompañaban también lo notaron y bromearon al respecto. Estaulina se sintió cautivada de inmediato por el interés de aquel hombre de aspecto decidido, quien seguía sus pasos y movimientos con una mirada dominante. Al caminar de regreso a casa, notaron que él las había seguido, lo que aumentó en ella la expectación por el desconocido.
Tres días después de aquel encuentro fortuito, a eso del mediodía, Yarel la sorprendió cuando ella compraba algo en una pulpería cercana a su residencia. Estaba recostada sobre el mostrador a la espera de su pedido cuando escuchó una voz de timbre fuerte detrás de ella; volteó la cabeza al instante para ver al dueño de aquella voz poco usual y, ¡oh, sorpresa!, allí estaba él, el hombre que se había clavado en su pensamiento en las últimas horas. Yarel entró y pidió un refresco Coca-Cola con su fuerte tono de voz; todos lo miraron con interrogante. Era un joven apuesto y fornido en su plenitud. Ambos se miraron automáticamente; ella, un tanto sorprendida, y él sonrió, mostrando su dentadura blanca e intacta.
Ella salió deprisa y nerviosa del lugar. Iba caminando con rapidez, cuando entonces, escuchó un silbido que la sobresaltó, poniéndola a la defensiva; era un pitido musical no muy común. Se detuvo azorada prestándole atención y giró su rostro hacia donde procedía el silbido, y ahí estaba él, cerquita, quien se le aproximó con inseguridad y la saludó. Su nerviosismo era visible. Ella correspondió al ademán con inquietud. Hablaron por breves segundos, la muchacha temerosa al ser sorprendida por alguna de sus hermanas o un vecino que la viera y delatara ante sus padres. Aquel apretón de manos y el intercambio de sus miradas fueron suficientes para iniciar un acercamiento íntimo y amoroso. Cuatro meses más adelante se fugó con su hombre.
El caso sacudió su familia, su padre la maldijo, su madre la comprendió y defendió. Durante varios meses se abstuvo de visitar el hogar paterno. La intervención de amigos de la familia y el apoyo que recibió de su madre y hermanas sensibilizaron a Vicente Ambrosio, su progenitor, quien aceptó el hecho a regañadientes y se resignó a lo ocurrido. Rosina Vilorio, su madre, convocó a familiares y vecinos a celebrar el reencuentro con su hija y el contrayente con el rico asado de un cerdo en la morada familiar.
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2.- Yarel y el barrio Piedramar
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Al formar un hogar con Estaulina Ambrosio, quien sería la madre de sus tres hijos, Yarel Green se mudó al barrio Piedramar en el año 1954. El lugar era un sector de personas humildes ubicado cerca de la costa del Mar Caribe. Próximo al barrio residían los populares jugadores de béisbol Alfredo «Chico» Contón y Bienvenido «Bel» Arias. Ese año, el conjunto verde obtuvo su segundo campeonato; la hazaña del protagonista del juego decisivo era recordada constantemente por vecinos y fanáticos, quienes destacaban el «hit de oro» producido por la primera base Bienvenido «Bel» Arias, cuyo oportuno bateo coronó a las Estrellas Orientales.
Como Yarel tenía el proyecto de mudarse con su novia, y gracias a su austeridad, logró ahorrar para comprar un solar en el barrio. Contrató a un carpintero llamado Sención, quien construyó rápidamente una vivienda de tablas rústicas con un dormitorio, cocina, sala-comedor, techo de zinc y piso de cemento, además de una letrina en el patio. Más adelante, la fue remodelando hasta ampliarla a dos dormitorios. La propiedad contaba con un patio espacioso que cercó con matas de maya, donde crió cerdos y gallinas. En aquel entonces, ganaba dinero suficiente y se encontraba en el apogeo de sus bríos.
El barrio Piedramar tenía un aspecto cuasirrural, dada la distancia que separaba una vivienda de otra; abundaban los solares yermos y potreros descuidados en su entorno.
La mayoría de las casas del barrio estaban construidas de tablas de palma y techadas con yagua, cana o zinc. Un gran número de viviendas tenían el piso de tierra; unas pocas eran bohíos levantados por familias procedentes de los campos de Higüey, El Seibo, Hato Mayor y San José de los Llanos, lo que contribuía a darle un aspecto semirrural al entorno. Estas familias trajeron sus costumbres campesinas de celebrar fiestas de palos o de atabales dedicadas a la Virgen de la Altagracia (21 de enero) y a la Virgen de las Mercedes (24 de septiembre). Las más conocidas eran las que efectuaban donde Mimina, la mujer de Papi Quijá, y donde Dolores la Cibaeña, la mujer de Ángel el cochero. Las conmemoraciones se festejaban en patios donde levantaban enramadas con santerías para el culto ceremonial.
Años después, comenzaron a llegar a Piedramar personas que adquirieron algunos de los solares baldíos, dando inicio a un proceso de construcción de viviendas de bloque, ladrillo y techo de concreto. Los nuevos vecinos poseían un mejor nivel económico, lo que generó un contraste entre las casas de los sectores humildes y las viviendas de familias con un nivel social superior. Sin embargo, esta diferencia económica no distanció a la comunidad, pues los nuevos propietarios contrataban a los residentes originales para los trabajos de construcción. Así, todos convivirían en paz y armonía.
Al principio, las decenas de moradores de Piedramar desarrollaban su existencia en una rutina tranquila. Los hombres laboraban como obreros portuarios o en los ingenios azucareros; otros recogían piedras para apilarlas y venderlas para la construcción. Algunos se dedicaban a la pesca y otros trabajaban como carreteros, ya fuera en carretas tiradas por caballos o empujadas por sus propias manos; ejemplo de ello era Menso, un señor moreno de gran corpulencia que "chiripeaba" en el mercado de la ciudad.
Ninguno tenía empleo público, quizás porque la mayoría eran analfabetos o poseían poca instrucción escolar; quienes tuvieron la oportunidad de estudiar no pasaron del segundo grado de primaria. Por su parte, las mujeres atendían los quehaceres domésticos y a los hijos pequeños, mientras algunas jovencitas trabajaban como sirvientas en hogares de familias de abolengo situadas en La Punta de la Pasa y en la urbanización La Roca. Estos sectores, cercanos al barrio, destacaban por sus atractivas viviendas y confortables chalets donde residían prestigiosos profesionales como el doctor Carl Theodore George (Míster George), Gorgito Hazim, el médico ortopeda Dr. Ramón Rissi y la familia Amengual, entre otros personajes pudientes de la época.
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3.- A la caza de cangrejos
Durante las temporadas de lluvias, de mayo a agosto, grupos de hombres del barrio Piedramar, con edades entre 16, 50 años y más, en ocasiones acompañados de algunos chavales, se congregaban en horas nocturnas para ir a los manglares próximos a la costa, frente a «Playa Muerta», a la caza de cangrejos que luego vendían. Los sobrantes los cocinaban para la familia o para convites de grupos. Los apetecibles crustáceos los encontraban caminando entre las húmedas hierbas y ramales caídos; su presencia era abundante. Cazarlos era un espectáculo. Cuando entendían que necesitaban más porque algún cliente se lo había pedido, entonces procedían a hurgar en las cuevas para obligarlos a salir y de esta manera agarrarlos. La creencia popular le atribuye al cangrejo energía afrodisíaca. El manjar de este marisco de mangles costeros es sabroso. Un señor cuyos padres eran de Saint Kitts, apodado Golí, junto a su hijo Yin, eran los más diestros, destacándose como hábiles en esa brega; metían sus manos dentro de la cueva hurgando hasta sacarlo con una naturalidad asombrosa. En su captura, los participantes se valían de antorchas de palos de cuaba encendidos; según ellos, la luz inmovilizaba momentáneamente al artrópodo, así lo atrapaban.
(“Los cangrejos son animales artrópodos muy evolucionados. Son capaces de estar fuera del agua, la cual necesitan para respirar, durante mucho tiempo. Esto se debe a que acumulan agua en su interior, como si fuera un circuito cerrado, cambiándola cada cierto tiempo. ").
(Existen varios tipos de cangrejos, el de mar común, el azul del Atlántico, el rojo, el gigante japonés, el violinista, la centolla patagónica, el moro, el negro, rojo terrestre, Pigmeo, el de pantano, el Peludo, el de roca, el granuloso. "En el mundo existen alrededor de 4.500 tipos de cangrejos o especies. Estos animales suelen vivir en zonas intermareales, como las orillas de las playas, estuarios y manglares. Otros viven en aguas algo más profundas, e incluso, algunas especies llegan a habitar lugares tan inhóspitos como las fuentes hidrotermales oceánicas, que alcanzan temperaturas de hasta 400 pc.).
El cangrejo azul era el más común de la zona, habitaba en las cuevas que hacían en los manglares de la costa, su proliferación fue diezmada y erradicada, eliminándolos como naturales muros boscosos protectores frente a las tormentas, su hábitat fue ocupado por barrios miserias sin orden ni control y carente de visión estratégica social cualitativa.
La vida barrial transcurría fraternalmente, ajena al debate público y a los enfrentamientos políticos que ocurrían a lo largo del país. No había mala fe, malicia ni intrigas; todo era espontáneo. Al haber tantos espacios baldíos, muchos aprovechaban para criar cerdos, cabras, gallinas, ovejas y caballos. Los muchachos se divertían jugando con pelotas de trapo u otros pasatiempos grupales. Yarel aprovechaba los lugares apartados para verse con las mujeres con las que flirteaba en su venta de carbón.
Los hombres más dispuestos se arriesgaban a salir de noche en yola a pescar en alta mar, desafiando el oleaje del tempestuoso mar Caribe, con alturas entre 1.4 y 1.8 metros. Los que no se atrevían a ir tan distantes echaban chinchorros en aguas cercanas y menos profundas; los más jóvenes se dedicaban a la pesca submarina. Cada quien buscaba la forma de procurar el sustento diario.
Yarel nunca tuvo esas tentaciones. Su brega era salir cada día por las calles del pueblo vendiendo su carbón y tratar de agenciarse una mujer para empujarle su rígido miembro situado en la entrepierna masculina. Era persistente en ese propósito.
Los padres de Yarel vieron el trabajo como prioritario y no mostraron interés en enviar a sus hijos a la escuela. Eso sí, les inculcaron desde niños la cultura de la lucha por la vida, utilizando su capacidad productiva como medio de sustento. Lo consideraban vital para la subsistencia.
Yarel suplía su limitación escolar con su vocación al trabajo y el desarrollo de un instinto de sobrevivencia basado en evitar cualquier conflicto. Era un hombre de paz. Había heredado de sus padres el criterio de no avergonzarse en hacer cualquier clase de faena por duro que fuese, de apoyarse en su propio esfuerzo.
Desde que cumplió siete años, su padre lo convirtió en limpiabotas, enviándolo a las calles a ganar dinero para el sustento familiar. Era el tercer hijo de la casa y, al igual que a los demás, su padre lo involucraba en una ocupación rentable en cuanto alcanzaban esa edad para aumentar los ingresos del hogar. La pobreza y la miseria obligaban a tomar esa decisión. Emprender jornadas agotadoras en la lucha por la vida lo marcó desde muy temprano; se hizo adulto antes de tiempo. A los once años ya andaba por las calles «partiendo brazo», como se dice, para sobrevivir, aunque fuese de forma precaria.
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4.- Yarel carbonero
La vida de Yarel comenzó a transcurrir en medio de limitaciones cada vez más duras y apremiantes; trabajaba sin descanso, dando tumbos entre labores agrícolas, de tablajero, jornalero a destajo, ayudante de albañilería y carpintería, apilando piedras para venderlas, peón de camión de carga y hasta picador de caña. No le temía al trabajo: estaba consciente de que dependía del sudor de su frente para alimentarse, vestirse, darse sus tragos esporádicos y, sobre todo, atraer a alguna mujer para vaciar su esperma acumulada.
Observando el peso de los años y las dolencias físicas que comenzaban a emerger en su estructura corporal, un buen día se le ocurrió dedicarse a la venta de carbón. Era una tarea menos agotadora y los sacos pesaban menos que los de azúcar que cargaba durante su trabajo esporádico de estibador en el puerto local, que pesaban más de doscientas libras.
Movido por ese interés, se dedicó a dar seguimiento a los hombres, mujeres y hasta niños que se dedicaban a vender carbón y leña por calles y callejones del pueblo, algunos lo hacían llevando un saco lleno sobre los hombros o la cabeza; las mujeres por lo regular eran de edad avanzada, realizaban esa labor montada sobre un burro. A él se le ocurrió venderlo subido en una carreta tirada por un caballo o una mula.
Yarel comenzó vendiendo carbón en una pequeña carretilla que fabricó con la ayuda de un vecino. La empujaba por las calles con sus fuertes brazos y manos mientras ofertaba su mercancía de carbón, a veces obtenía pequeñas ganancias extra que aumentaban sus ingresos.
Con lo devengado, pudo acumular un pequeño ahorro. Más adelante, lo utilizó para comprarle su carreta por 70 pesos a un señor que apodaban Barahona y quien, por estar viejo y achacoso, sus hijos no querían que continuara en esa tarea. Además, un día el caballo se encabritó, la carreta se viró y por poco el viejo sufre un accidente fatal.
Finalmente, la mula se la compró al viejo Ciriaco, quien decidió deshacerse de ella por holgazana y mañosa.
Así fue como Yarel inició sus andanzas como vendedor de carbón a pregón, montado sobre una carreta halada por una mula. Él no era el único en ese trajín; en el barrio había otros dos señores cincuentones que también se dedicaban a la misma tarea. Respondían a los nombres de Lolito y Yimí, este último un cocolo que tenía siete hijos —cuatro hembras y tres varones—, con fama de berrinchudo y al que los chamacos del barrio le vociferaban cosas para provocarlo y verlo revoltiao.
La industria del carbón se había desarrollado con ímpetu devastador en algunos puntos geográficos del país. Se depredaban bosques y zonas de reserva ambiental sin miramiento alguno. Grandes potentados monopolizaban el negocio, y a ellos acudían centenares de intermediarios para surtir a los vendedores callejeros.
También existían pequeños focos dispersos que hacían hornos, compitiendo con los poderosos. Ambos sectores pugnaban en el negocio; sin embargo, los más fuertes contaban con la protección de las autoridades. Estas, a cambio de sobornos, permitían la acometida deforestación mientras montaban un "show" mediático deteniendo a humildes campesinos que hacían hornos para subsistir. Esta era una treta propagandística para engañar y entretener a los medioambientalistas, cuyas voces se alzaban de manera contundente contra la depredación criminal del ecosistema boscoso.
El carbón vegetal se obtiene mediante la tala de árboles, en la mayoría de los casos de manera indiscriminada. Dicha madera es sometida a un proceso de carbonización en hornos cubiertos con gran cantidad de tierra, bajo temperaturas que oscilan entre 400 y 700 °C. Su negocio funciona en base a un tráfico lucrativo cuyos autores no reparan en leyes ni normativas. De lo que se trata es de hacer fortuna con este producto por encima de cualquier medida de control.
El carbón se clasifica en el mercado según su categoría, y su variedad le otorga el valor comercial. Se conocen cinco tipos en el mercado: antracita, hulla, lignito, turba y coque.
Existe un carbón especial al que se le atribuyen propiedades preventivas y curativas: el de eucalipto. Es natural y orgánico, y según especialistas, ayuda a la digestión atrapando las toxinas de los alimentos y evitando problemas gástricos. Se puede consumir de forma preventiva para tratar intoxicaciones; es un digestivo que combate el reflujo y actúa como desintoxicante y antiespasmódico. Si es 100 % derivado del árbol de eucalipto, también ayuda a eliminar gases, blanquear los dientes, controlar el colesterol y tratar pieles acneicas, combatiendo incluso la bacteria Helicobacter pylori.
El carbón mineral se diferencia del vegetal porque es un mineral combustible sólido, de color negro o marrón oscuro, compuesto principalmente por carbono e incluye pequeñas cantidades de hidrógeno, oxígeno, nitrógeno y azufre. Surge por la degradación de restos vegetales debido a la acción del calor, la presión y otros fenómenos físico-químicos. No es un material uniforme, por lo que se clasifica en rangos según su grado de metamorfosis en series que van desde el lignito hasta la antracita, los cuales poseen diferencias considerables en su contenido de volátiles, carbono fijo y poder calorífico.
Yarel carecía de la más mínima conciencia sobre la magnitud de aquella problemática y de los intereses contrapuestos que orbitaban en torno al carbón. Para él, se trataba de un simple mecanismo de subsistencia: compraba a intermediarios para revender y sobrevivir, aun en la precariedad. Desconocía los entresijos de la producción a gran escala; prefería abastecerse a través de pequeños productores locales, no solo por el menor costo, sino por la facilidad del crédito informal. Su limitado bagaje social y su apatía por la política le impedían ver más allá de su horizonte inmediato. Para Yarel, el mundo no era más que esa rutina inalterable.
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5.- Yarel el carbonero y Miriam, “la Caliente”
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Siempre que Yarel despertaba, se quedaba por un breve intervalo sentado sobre la litera, meditando sobre lo que haría durante ese día. Sin embargo, en esta ocasión duró más tiempo del acostumbrado. Había concertado una cita con Miriam, una joven trigueña, a quien apodaban «la Caliente» y que poseía un atractivo cuerpo seductor y rasgos normales. Recién separada del último hombre con el que estuvo amancebada, Yarel llevaba galanteándola desde tres semanas atrás. Le dio un poco de brega, pero al fin, ella se decidió a hacerle caso a su proposición sexual.
No era un buen tipo, como se dice, pero tenía sus trucos y mañas para engatusar a la mujer que le gustaba. Además, evaluaba las posibilidades de éxito desde el primer instante: intuía si caía bien, si le sería fácil o difícil la pretendida. Hacía sus cálculos en base a su disponibilidad de dinero, porque para ir a un hotel o pensión tenía que contar con algo de efectivo. Padecía una constante escasez monetaria; su trabajo vendiendo carbón no le dejaba mucho y tenía que pasarle una pequeña mensualidad a su exmujer para ayudarla con la manutención y educación de los hijos que habían procreado y que todavía eran menores de edad. Por eso llevaba su caza femenina a lugares apartados y ocultos donde no tenía ningún costo. Para su suerte, ellas se lo daban gratis.
Se concentró en el encuentro convenido con la deseada «Caliente», que sería a eso de las diez de la mañana de ese día. Esto añadiría una nueva «adquisición de falda» a su lista de mujeres «cogidas». Tendría una descarga sexual necesaria y apetecida en aquellos momentos de desvalimiento amoroso y sentimental. Reviviría sobre su encantador cuerpo.
En Piedramar y sus alrededores, Miriam «La Caliente» era el objeto de un deseo colectivo que no respetaba si tuviera marido. Acababa de dejar a su última pareja, un hombre que le doblaba la edad; la calle murmuraba que la brecha generacional dejaba su fuego insatisfecho. A sus veintitrés años, Miriam era puro incendio, mientras que Ramón Goñé, de cincuenta y cuatro —un tabernero obeso y fumador—, apenas pudo retenerla dos meses.
Miriam era el centro de atención para muchos. A sus veintitrés años, generaba mucho interés. En cuanto se supo que estaba sola, la atención aumentó. Los hombres del barrio competían por su atención con comentarios directos y asedio constante. Miriam caminaba por las calles destacando su figura con pantalones apretados o minifaldas que atraían miradas. Parecía estar abierta a recibir atención, pero tras esa fachada se escondía una resistencia que desconcertaba a sus pretendientes.
Existían rumores malintencionados, morbosos, de que mantenía relaciones por interés económico, con el fin de sufragar gastos en moda, perfumería y salones de belleza.
Miriam, como toda mujer joven, sentía la tentación de lucir bella. Observaba cómo en su entorno las que tenían más posibilidades acudían a los escasos salones de belleza que existían en la ciudad, pero su costo no estaba a su alcance. Ella, en cambio, iba a los patios y callejones a pasarse la tenaza. Era constante el interés femenino dominicano por darle una apariencia atractiva a su imagen; se consideraba una obligación social mantenerse a flote de manera atractiva.
Esa realidad competitiva obligaba a realizar cualquier esfuerzo por conseguir el dinero del salón. Ella, pobre y necesitada, debía ingeniárselas para conseguir dinero para mantenerse y ayudar a sus padres; una incómoda situación de constreñimiento, que le dificultaba competir no solo con sus amigas de "búsqueda", sino con cualquier otra mujer de su edad. Envidiaba a Chichita, Carmela, Alfida y Merip, cuatro veteranas del mundo cueril que siempre lucían "comibles" para los hombres. Viajaban a Curazao a "buscársela", de donde regresaban "preñadas" de florines.
—¡Uy, si yo también pudiera viajar a Curazao!, pensó.
Miriam tenía dos hijos pequeños, de cuatro y dos años de edad, cada uno de un hombre distinto. La niña, la mayor, estaba siendo criada por sus abuelos maternos, mientras que el varón vivía con una hermana de Miriam llamada Gisela, quien gozaba de buena posición económica y era dueña de una cafetería. Antes de amancebarse con Ramón Goñé, Miriam ya había tenido numerosos romances y amantes, los cuales siempre terminaban en disgustos. Había algo en los hombres que la frustraba.
La desvirgaron a los trece años. Fue un compadre de su papá, apodado Tilón, quien siempre la provocaba con insinuaciones lascivas y regalos de valor a escondidas de sus padres. Cuando se descubrió la situación, se armó un tremendo escándalo en la barriada; fue un lío que terminó cuando sus padres aceptaron que Tilón le comprara enseres para el hogar y la mudara. La hizo su mujer formalmente. Fueron unas relaciones impuestas por las circunstancias; ella no quería a aquel hombre y, si se le entregó, fue por interés y por los regalos que este le obsequiaba, nunca por amor.
Recordaba que supuestamente este era compadre de su papá y que en secreto se propasaba con ella. Lo veía como un traidor a la confianza que le tenían en la casa. Por eso, y porque se la pasaba jugando dominó y no le prestaba la debida atención, no la sacaba a pasear y le peleaba para que el dinero de la comida rindiera. Con los dos pesos diarios que le daba reclamaba desayuno, comida y cena de calidad. ¡Era un tacaño empedernido!
Poco después de mudarse a un cuarto de mala muerte con Tilón, no dudó en entregarse a los jóvenes del sector que la buscaban. Poseía una voracidad sexual insaciable; en cada encuentro perseguía un orgasmo que siempre le era esquivo. Aquella falta de plenitud le provocaba rabia y aflicción, pero pronto se sobreponía a la frustración, renovando sus ansias con la promesa de que el próximo amante sería el definitivo. Sin embargo, nunca ocurría.
Yarel el carbonero rivalizaba con el tigueraje que pretendía a Miriam, pero se mostraba indiferente ante los comentarios morbosos que hacían sobre ella. No le importaba nada de eso; para él lo significativo era que también deseaba poseerla. Sería suya, aunque fuera por poco tiempo; se deleitaría con esa joven tan ansiada por los hombres del barrio y los villorrios cercanos. Gozaría de su carne, no de su pasado ni de su conducta. Complacería su deseo y conocería su sabor; era lo único que le interesaba.
Yarel, al igual que el vecindario, había escuchado que Miriam, «la caliente», nunca alcanzaba el orgasmo. Aquello, para él —un hombre de cuarenta y dos años—, resultaba preocupante, pues tendría que emplearse a fondo y podría agotarse antes que ella. Comenzó a mortificarse; aunque tenía fama de «bien dotado», por lo regular trataba con mujeres de cuarenta años y escasamente con jóvenes de menos de treinta. Iba a probar con aquella mujer que, a pesar de sus veintitrés años, sumaba experiencias libertinas vividas con intensidad. Estaba compelido a «trabajarla» sexualmente, lo que requería de una habilidad especial. Tenía ante sí un gran reto y, por su fama, no podía fallar.
Yarel se despertaba regularmente poco antes de las seis de la mañana en verano, retrasándose hasta las siete en invierno, pues con el frío se quedaba más tiempo pegado a la cama. Aunque los repetitivos y competitivos "quiquiriquí" de los gallos funcionaban como reloj despertador en el área, sus oídos estaban acostumbrados a ese característico canto mañanero: un estrépito agudo y penetrante, emitido por esas aves machos, cuyo sonido preciso despabilaba al vecindario anunciando la nueva alborada.
Al oír Yarel ese sonido único: el «quiquiriquí» de los gallos, abría sus grandes ojos y se quedaba por varios minutos encima del lecho meditando sobre lo que haría y las posibilidades de conseguir un mejor rendimiento durante la jornada de ese día.
Luego de pasar algunos minutos reflexionando, se movía, estiraba la mano derecha y encendía el radio de pilas que tenía a su lado en una rústica mesita de ébano verde, para escuchar noticias y luego su preferido programa de música ranchera. Era un aficionado de esa música y sus artistas más destacados; durante su recorrido vendiendo carbón iba memorizando las canciones preferidas de ese género musical mientras pregonaba la venta de carbón.
Tan pronto se levantaba y ponía un pie en tierra, ordenadamente prendía el anafe, ponía el café y salía al patio a echarles maíz a las gallinas. Seguidamente, alimentaba la mula y recargaba la carreta de carbón, deteniéndose a pasar balance de los sacos disponibles. Antes de tomar rumbo hacia la calle, entraba a la letrina a realizar sus necesidades y luego se cepillaba los dientes; aunque siempre se bañaba antes de acostarse, en pocas ocasiones repetía la acción por la mañana, repitiéndola si era muy caluroso.
Cumplidas esas normas, salía a ofertar su producto con su típico silbido. Para él, las cosas transcurrían dentro de una normalidad inalterable.
Mientras Yarel meditaba acerca de las tareas que pensaba ejecutar durante ese día, de repente le entró un ardiente deseo por Miriam. Ansiaba verla. Una obsesión por poseerla se apoderó de sus pensamientos, por lo que la incluyó entre sus tareas pendientes.
— «Algún día será mía, no se me escapará», dijo para sí en voz baja. Desde el momento en que apareció en su camino esa muchacha díscola y dicharachera, la vio como un objetivo. Cada vez que la alcanzaba a ver, su interés por ella crecía.
En medio de ese dilema, hizo un alto que lo llenó de orgullo. Fugazmente, repasó el listado de aquellas con las que había consumado su placer sexual a lo largo de su carrera conquistadora. Comenzó a memorizarlas y perdió la cuenta, eran tantas. Recordaba de inmediato a aquellas que alteraban su rutina; lamentablemente, no podía complacerlas a todas, ni siquiera pudo hacerlo en su juventud. Sin embargo, guardaba sus favores con gratitud; ya habría momento para pagarles esa deuda con algún favor especial, se dijo.
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6.- La ausencia de Estaulina
Yarel, el carbonero, sentía la ausencia de Estaulina Ambrosio. Ella, al igual que él, se levantaba temprano, preparaba el café y hacía el desayuno. Ahora él estaba obligado a valerse por sí mismo y a encargarse de las tareas domésticas. Se encontraba en una situación incómoda: la manutención de una pareja representaba un costo que superaba sus ingresos.
Cuando ocurrió lo de Estaulina, Yarel tenía su juventud en pleno vigor y disfrutaba de una mejor posición al realizar algunas "“chiripas” " en construcciones como ayudante de albañilería. Sin embargo, el esfuerzo le produjo una hernia en la columna vertebral. Posteriormente, trabajó como vigilante nocturno, entre otras labores asalariadas.
Se dedicó a ser carbonero porque dicha labor no requería de mucho brío y la ejecutaba subido en la carreta. Reconocía que recibía menos ingresos que haciendo otros trabajos, pero era lo único que podía hacer tras surgirle algunas dolencias físicas después de haber cumplido los cuarenta y cinco años.
Estaulina, que acababa de cumplir treinta y cinco, no comprendió su situación, se dejó llevar por las amigas y familiares, y lo abandonó. ¡Vaya dilema el suyo!
Yarel recordaba siempre el momento en que hizo a Estaulina su mujer. Para entonces, ella tenía dieciséis años y él veintitrés, le llevaba siete. Llevaron una vida muy amorosa y jovial. Después de tener los dos primeros hijos, de vez en cuando ella se alquilaba en casa de familia, haciendo oficios domésticos; lavaba y planchaba ropa, y obtenía algo de dinero que invertía en la casa. Le gustaba trabajar y cooperar.
Al tener el tercer y último hijo, se concentró en la crianza de los muchachos; había que cuidarlos y dedicarles tiempo. A veces montaba un "san" para ganarse algo, pero al retrasarse algunos de los inscritos, al que le tocaba recibir el pago la presionaba, lo que la llevó a confrontar algunas controversias, obligándola a descontinuar el negocio.
El carbonero lamentaba profundamente la separación, luchó por retenerla, mas no pudo. La tarde-noche que llegó y encontró la casa vacía y los vecinos le dijeron que se había marchado, se quedó en silencio por largo rato: aturdido, confuso y vencido. Trancó todas las puertas de la humilde vivienda y se echó en un rincón a llorar en silencio. Se mantuvo por horas, desconsolado, indeciso; sin saber qué hacer. Pasó la noche en vigilia, pensativo y desfallecido. Fue un golpe duro; aunque ella lo amenazaba con hacerlo, nunca la creyó capaz de cumplirlo.
Estuvo varios días sumido en una penumbra mental, sobrecogido y aturdido. Los vecinos y amigos le hacían preguntas, pero no les contestaba, pues entendía que era para fastidiarlo y herirlo en su sentimiento y amor propio. Pasadas las setenta y dos horas recuperó el ánimo, se resignó parcialmente de la aflicción amorosa y decidió presentarse a la casa de la hermana de Estaulina, donde se arrimó para ver a sus hijos.
Al llegar, los contempló, y los ojos se le aguaron. Allí estaban los dos pequeños jugando, ajenos a su angustia; el más grande estaba parado en la puerta. Al percatarse de su presencia, acudió raudo a su encuentro, mostrando una sonrisa inocente de contento al ver a su adorado progenitor. Yarel no pudo contener su emoción al volver a contemplar a sus tres hijos. Los abrazó con ternura y cariño paterno, cargó a los pequeños sobre sus fuertes brazos mientras avanzaba lentamente, tomando de la mano al más grande. Expresó sin tapujos el gran aprecio que sentía por su familia, sus hijos y Estaulina.
La impresión lo sacudió, el corazón se le estremeció en el pecho, sus pies vacilaron, vio las calles oscuras y un mareo invadió su cabeza. No escuchaba las voces que lo saludaban amistosamente, la visión se le nubló. La emoción lo golpeó tan fuerte que se desplomó, y corrieron a socorrerle.
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7.- Yarel con una enfermera lascivia
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Despertó y de inmediato percibió que se encontraba en un lugar extraño; estaba acostado sobre una cama demasiado cómoda para él y un ventilador refrescaba el ámbito. Era una habitación del hospital Carl Theodore George, allí lo llevaron corriendo al sufrir el inesperado desmayo.
Despertó e inmediatamente percibió que se encontraba en un lugar extraño; estaba acostado sobre una cama demasiado cómoda para él y un ventilador refrescaba el ambiente. Era una habitación del hospital Carl Theodore George, allí lo llevaron corriendo tras sufrir el inesperado desmayo.
El paciente, cuya recuperación fue rápida, pues el percance de salud sufrido se debió a un bajón de azúcar por llevar las últimas 48 horas sin ingerir alimentos, deprimido y apesadumbrado como consecuencia de la huida de su amada Estaulina, recorrió minuciosamente el lugar con sus ojos. Miró y giró su vista hasta donde la misma podía enfocar, en esa exploración visual se detuvo al toparse con el rostro de una mujer morena, se quedó alelado; no esperaba encontrarse de repente con una mujer como la que sus ojos estaban viendo, era la enfermera que en ese momento lo atendía. La contempló detenidamente durante varios segundos. Le llamó la atención su aspecto amable y profesional, con un rostro alegre. Ignoró su estado de salud y se concentró en esta mujer que profesionalmente lo atendía en aquel centro de salud. Su timidez lo hacía vacilar; se sobrepuso e inició un diálogo. Le preguntó cómo él llegó a ese lugar, su nombre, de dónde era y la ubicación de su residencia.
Mientras le formulaba las preguntas, él mostraba esa peculiar sonrisa pícara y graciosa, el señuelo que utilizaba para atraer a las mujeres en su faceta de cazador y con la que había cosechado buenos resultados en su oficio de Tenorio; era el arma predilecta de su lujuriosa tarea. Clotilde, la enfermera, notó el bulto que sobresalía de la sábana.
La enfermera no se ruborizó cuando él se percató de que ella había fijado la vista en aquel relieve. La profesional asumió un gesto condescendiente y le ofreció una sonrisa complaciente. Su actitud era insinuante, hablaba por sí sola. Al notar que el paciente era parco y algo tímido, decidió tomar las riendas de la conversación. Con voz amistosa y cariñosa, contestó a sus interrogantes ampliando cada respuesta con argumentos extensos. Dirigía el parloteo para animarlo a soltarse y hablar con seguridad. En pocos minutos, la comunicación se profundizó: él soltaba frases breves y sugerentes, mientras ella desarrollaba una charla entretenida sin protestar, dándole cada vez más confianza.
La enfermera se le acercó y lo tocó con el pretexto de chequearle la conexión del suero. Él aprovechó: primero rozó ligeramente los dedos de su mano derecha, luego le agarró un dedo. Ella no mostró incomodidad. Él volvió a la carga y, esta vez, le sostuvo por completo la mano durante varios segundos mientras la miraba con sus grandes ojos negros y expresivos.
Ella se quedó tranquila. Entonces, él la rodeó con delicadeza con el brazo libre, palpó su cadera izquierda y sus ojos se iluminaron de contento. La haló con suavidad hacia él, invitándola a sentarse a su lado. Ella no opuso resistencia y le hizo un guiño de agrado; se mostraba dispuesta a todo.
Él se movió en la cama buscando una mejor posición para su propósito. Ella se puso dispuesta a cooperar y lo ayudó. Ambos ya estaban pegaditos, sentían la cercanía de sus cuerpos y el cruzar de sus cálidos alientos. A los pocos segundos, sus labios se encontraron y un beso apasionado unió sus bocas. Comenzaron a acariciarse y a besarse sin detenerse. Ella puso la mano derecha sobre la verga abultada, palpó la dureza de su volumen, levantó la sábana y exclamó: "¡Wow!".
La enfermera no titubeó, le abrió la bragueta y comenzó a besarle su pinga estericado, con delicadeza bajó la sabana más abajo de las rodillas para acariciársela con suavidad, se inclinó sobre la entrepierna del enfermo y procedió a recorrerla de abajo hacia arriba y viceversa, el hombre estaba súper encendido, ella besaba, lamia y chupaba la dura antenita de carne erguida, le encantaba tener aquello en sus manos, lo detuvo en la punta de su boca mientras jugueteaba con su lengua, inició la felación, lo chupó como si fueses un caramelo delicioso.
La excitación de ambos era estremecedora. Ella sacó sus senos, y él los acarició, chupó y besó con intensidad, recorriéndolos lúdicamente con su gruesa lengua. La abstinencia de meses por el abandono de Estaulina se la estaba cobrando con creces.
La morena dirigía la sucesión de episodios en proceso de ejecución, tenía su pene entre sus manos, metiéndolo y sacándolo de su boca; él, entregado plenamente a su destino. Ella se alzó el vestido blanco, se quitó el panty con habilidad, le tomó la mano disponible y la condujo hasta su vagina. Él la palpó por completo con la mano y la paseó sobre aquella abertura. Todo su cuerpo temblaba de emoción. Le introdujo su dedo medio. Ella comenzó a disfrutar y a mover su cuerpo, buscó una mejor postura para que él pudiera penetrarla.
La enfermera se acomodó aún más, ajustó su estructura humana, se las ingenió y se le subió encima para que aquel falo ardiente la penetrara por completo. Se volvió a menear con mejor sincronización, primero con lentitud, y a medida que iba disfrutando la penetración y se excitaba, aceleraba los movimientos. Gemía de goce y placer. Él trataba de hacer su parte, aunque se encontraba en una posición desventajosa al tener un brazo alzado hacia el gotero o palo de suero; no obstante, intentaba una postura conveniente al momento.
En pleno apogeo del acto, Yarel tiró con energía de la otra mano y desprendió el gotero del suero. Los dos se entregaron con locura sin pensar en las consecuencias, habían olvidado el mundo que los rodeaba. Ella, con su sexo lubricando de excitación; él, con su virilidad tiesa en su más alto nivel, en el interior de su abertura externa. Estaban en la cumbre de su fogosidad sexual, al borde del clímax, cuando un ruido inesperado seguido de una fuerte imprecación los inmovilizó a ambos. Había entrado sorpresivamente el médico de servicio, el doctor Abraham Contero, quien al ver aquella escena impúdica reaccionó espantado, pronunció una fuerte grosería de enfado en voz alta, dio media vuelta y volvió sobre sus pasos, lanzando furioso “¡rayos y centellas!”.
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8.- Joselito cara de piedra
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Piedramar era un barrio donde residían unos cincuenta vecinos, todos se conocían y se trataban como en familia. Sin embargo, lo frecuentaban lugareños cercanos y distantes, era la ruta más corta para llegar a “Playa Muerta”, el principal balneario de mar de la ciudad. Con los transeúntes y bañistas hacían negocios vendiéndoles parte del cultivo de los conucos que abundaban en la comarca. Acudían también algunos hombres en busca de agenciarse algunas de las muchachas del sitio.
Los jóvenes y hombres más sobresalientes de Piedramar respondían a los nombres de José Guayo, Lilín El Cubano, José El Zurdo, los hermanos Papo y Vilo, Olan Siete Oreja, Valefué, Escama, Playita, Rayaero, Cunún, Morenaje, Coamo, Talía sonrisa, Yeito coge chiva, Vitico Jabalí, Julio Bré, Tórombolo el largo, Chiquitico el pimentoso, Mon el gacho, Benjamín el enano, Lilín el sucio, Pirín, Hombre Hoja, Banbán Gallareta, Jando el borrachón, Balay el haitiano, Bebe leche, Avelino cachumbambé, Pirulí el panzú, Erasmo, Chichi Langosta, Cándido mala paga, Pedro Joroba, los hermanos Sitico y Cristóbal, Luis Kelly, los hermanos Keko y Juan Ramón, Culí el brechador, los mellizos Bertico y Quequito, Papacito el cojo, Anko, Víctor Barbú y Joselito cara de piedra, entre otros.
Los sábados y domingos por la tarde se juntaban en grupo y se dedicaban al juego de la pelota de trapo; organizaban tertulias de donde salían expresiones provocativas que terminaban en riñas. También comían cangrejo y pescado u otro tipo de entretenimiento compartido. Eso sí, eran celosos con sus hermanas, parientes y amigas frente a aquellos que venían de otros sectores pretendiendo cortejarlas o conquistarlas. Los enfrentaban. Las chicas eran para los machos del barrio.
El carácter tímido de Yarel lo distanciaba de esa cofradía ruidosa. No sentía animadversión por ninguno, los respetaba en sus decisiones, no los enfrentaba ni contradecía. Evitaba asociarse a los grupos, aun así, sabía cómo expresarles su amistad. Las locuras de la pubertad las comentaban murmurando y urdiendo cualquier travesura que alterara su ánimo, decían que no se explicaban cómo un hombre que siempre andaba tiznado de cisco de carbón podía conseguirse tantas mujeres. Escuchaban sobre la dimensión de su miembro y se reían burlescamente.
Un domingo por la tarde, aprovechando que Yarel estaba dándose sus tragos de aguardiente, su vecino, Joselito «Cara de Piedra», se le acercó para entablar conversación. Yarel correspondió enseguida al diálogo y, a los pocos minutos, hablaba más de lo acostumbrado. Cara de Piedra notó que el alcohol lo hacía más sociable y aprovechó la situación al máximo.
—Dígame, Yarel, ¿cómo es que usted consigue a tantas mujeres? A mí eso me da mucha brega —preguntó Joselito.
Yarel le respondió en voz baja, aprovechando que Estaulina y los niños no estaban en casa:
—Las mujeres con las que estoy me recomiendan con sus amigas; se asombran del tamaño de esta vaina que marca el pantalón. Cuando la prueban, quedan con ganas de volver a sentirla.
Ambos soltaron una carcajada de complicidad.
—Dios me lo puso grande y me dio mi silbido. La gente cree que anuncio el carbón, pero no; es lo que tengo entre las piernas lo que promociono. A las mujeres les gusta, se pelean por mi cosa —añadió Yarel.
Rieron a mandíbula batiente.
—Tengo ese privilegio, cuando escuchan mi pito, ¡ay!, salen, no por el carbón, ¡qué va!, es por esto que tengo —se llevó la mano derecha y se tocó su genital—, y volvieron a reír.
Yarel entendía que era por su "cosa grande" que seducía a las mujeres, atribuía esa particularidad al éxito en sus pretensiones femeninas.
De inmediato aconsejó a Cara de Piedra sobre trucos y mañas para que cayeran rendidas a sus pies.
—Cuando la veas por primera vez no le pongas mucha importancia, trátala con disimulo; pensará que no le gustas y su amor propio le llevará hacia ti, te provocarán al sentirse ignorada y disminuida.
—Si tiene recursos, póntele a su orden para cualquier problema; en mi caso, como yo siempre estoy pelao, le ofrezco gusto y placer, ¡ja, ja, ja, ja!
—Cuando sean receptivas a tu propósito, nunca emplees malos modales ni la ofendas, trátala con respeto, hazla sentir bien, prométele de todo y evita intimar con la familia porque siempre aparecerá uno al que le caerás pesado, ese ha sido parte de mi fracaso con Estaulina.
—Hay que acostumbrarse a competir con lo que uno tiene, evitar la comparación; a las mujeres no les simpatizan los hombres fanfarrones.
Joselito Cara de Piedra lo oía con atención, era burdo y novato en esos asuntos, siempre quería las cosas por la fuerza, por eso acudía a Manola para satisfacerse.
A pesar de que Yarel, en su infancia y adolescencia, no tuvo acceso a la educación inicial, básica ni primaria —espacios donde se participa de un proceso de aprendizaje y socialización—, su roce social con personas cultas, a las cuales sirvió en su juventud realizando determinados trabajos duros, le permitió asimilar nociones elementales que más adelante desarrolló en su vida competitiva.
Yarel cultivó una cultura empírica, "de oídas". Su facilidad retentiva lo ayudaba bastante. Recordaba toda conversación, lo que opinaban los intelectuales, científicos y políticos que escuchaba por la radio, y las opiniones de la gente culta en su andar cotidiano por las calles. Todo lo retenía en su memoria y, aunque no era una persona locuaz, en su momento sacaba a relucir esos conocimientos para defenderse frente a cualquier contradicción social, orientar a sus hijos o contribuir a aclarar dudas en debates con amigos o la familia.
Era un hombre práctico y de experiencia, y esa cualidad la empleaba defensivamente para no dejarse fastidiar (o molestar).
El diálogo con Joselito «Cara de Piedra» resultó revelador para Yarel. No solo se puso al tanto de las tensiones del barrio, sino del escrutinio al que lo sometían los «tigueres». Supo entonces que sus aventuras, siempre resguardadas en el anonimato, eran objeto de envidia y vigilancia. Consciente de que cada uno de sus pasos era observado, juró mayor discreción; su desprecio por la chismografía lo empujó a blindar su vida íntima. Desde aquel día, su táctica cambió: los encuentros con las mujeres deseadas ocurrirían lejos de las miradas vecinales, conjurando así cualquier riesgo de celos o rivalidades.
A partir de aquel encuentro amistoso con el vecino mencionado redobló su prudencia de conquistador de faldas; evitaría que lo vieran cerca del barrio hablando con la deseada, para evitarse complicaciones de celos competitivos.
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9.- Yarel y la vieja Chola
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Yarel vendía su carbón recorriendo diariamente las calles del pueblo; rara vez lo hacía en su casa. No obstante, por las tardes, cuando ya estaba de regreso, algunos vecinos acudían de manera esporádica buscando media lata o una lata entera de aquel producto negro. Como Yarel lo adquiría al por mayor, podía ofrecerlo a un precio más bajo que doña Chola, una vecina pendenciera que vivía a la derecha de su casa y que siempre estaba vigilando la vida ajena.
La vieja lo miraba con desprecio y refunfuñaba cada vez que sus ojos se cruzaban con los de él. No le perdonaba que, por su culpa, los clientes prefirieran esperarlo para obtener un precio más módico; además, Yarel solía regalar el cisco como "ñapa". Para ella, aquello era competencia desleal. Por eso le guardaba rencor, y en cuanto se enteraba de sus amoríos callejeros, corría a contárselo a Estaulina, incitándola para que se fuera de la casa.
Cuando supo que Estaulina finalmente lo había dejado, Chola saltó de alegría: por fin Yarel estaba pagando sus deudas. A través de una sobrina suya apodada "Gladys la Deslenguada" —llamada así porque contaba lo que veía y lo que no, lo inventaba—, se enteró de que Yarel se veía con la mujer de Yangulí. Este último era un viejo inglés de Saint Croix que trabajaba como vigilante nocturno en el colegio episcopal San Esteban. Con el pretexto de comprar carbón, la mujer frecuentaba la casa de Yarel para planear sus encuentros furtivos.
La "Deslenguada" se enteró por casualidad al entrar de urgencia a un matorral para hacer sus necesidades. Allí escuchó susurros y gemidos; aguzó el oído, indagó y, ¡vaya sorpresa!, encontró a Coninga en pleno acto con Yarel. Al principio, Estaulina no quiso creerlo, pero la vieja insistió y buscó a su sobrina para que testificara. Entonces, Estaulina explotó: «¡Esto es el colmo! Nosotros pasando necesidades y este sinvergüenza malgastando lo poco que gana con bandidas». El incidente fue la gota que colmó el vaso en el expediente de infidelidades de su marido. Lo insultó, le impuso una "dieta sexual" absoluta y comenzó a preparar su huida hacia la casa de su hermana.
Posteriormente a aquel chisme, la señora, de 83 años, salió corriendo a enterarse de un escándalo escenificado por unas vecinas celosas, en el que una acusaba a la otra de quitarle el marido. En su prisa por asuntarse, enredó sus pies con unos bejucos de calabaza y cayó de bruces, hundiéndosele la frente. Murió de inmediato.
Pasado el funeral de la señora, los mozalbetes del barrio entonaban en coro el estribillo:
La vieja chola murió
averiguando vida ajena
al correr a pendenciar
para su contadera
de bruces cayó en una enredadera
¡Ay, ay, ay!
Ya no dirás más na'
¡Ay, ay, ay!
no contarás más na'
* * * * * * * *
10.- Toní y Capao
* * * * * * * *
Al frente de la residencia de Yarel vivía una pareja compuesta por una señora llamada Toní, de más de 35 años, súper prieta, una samanense cuya tez competía con el petróleo. La mujer se dedicaba a prestar dinero a los muelleros, es decir, trabajadores portuarios. Convivía junto a un hombre jorobado y tuerto, con más de 40 años, apodado Capao.
La mujer siempre buscaba la forma de desdeñar a Capao. La gente del barrio murmuraba que eran marido y mujer; ella se enfurecía y lo negaba. Sin embargo, llevaban nueve años conviviendo juntos, desde que su marido murió diez años atrás. Toní lo trataba con saña, lo maltrataba; por cualquier pequeñez lo agredía a golpes, lo molía a palos, le partía la cabeza. Descargaba su crisis de mal humor con el infeliz indigente arrimado en su hogar.
Los constantes gritos de insultos y malas palabras que a diario Toní le profería eran escuchados por los vecinos. Era algo habitual en el vecindario. El infortunado y apocado hombre realizaba todos los oficios del hogar: lavaba, trapeaba, hacía los mandados, limpiaba la casa, etc. Aguantaba las ofensas y agravios sin defenderse, no se quejaba ni tampoco intentaba marcharse. ¿La razón? La mujer le garantizaba sus tres comidas y dormitorio. La incómoda mujer pasaba poco tiempo en la vivienda; se la pasaba en la calle diligenciando el cobro y los réditos de su negocio de usura. La mayoría de sus clientes eran obreros portuarios (los que la gente llamaba muelleros), los cuales tenían fama de botar sus jornales en parrandas y mujeres en un santiamén. La deformación física de Capao le restaba presencia; la gente lo miraba con desdén. Sufría en su interior esa discriminación hacia su persona. El mayor pleito entre ambos era porque este a veces se emborrachaba y se ponía agresivo. Los vecinos chismeaban que cuando se embriagaba le reclamaba "la chocha".
Una Navidad, Capao comenzó su borrachera temprano; los jóvenes del barrio le daban ron, divirtiéndose a costa de su embriaguez. En esa ocasión, el alcohol le encendió el juicio y el deseo. Se dirigió hacia Toní con intenciones violentas y, al alcanzarla, la tomó del brazo mientras le sujetaba las nalgas. Ella, indignada, lo empujó con insultos, pero él reaccionó con una furia inédita; el alcohol lo había envalentonado para no soportar más desprecios.
Capao la atrajo hacia sí con fuerza, cubriéndola de besos desesperados en brazos, rostro y cabello. Ella retrocedía, intentando zafarse con insultos y manotazos, pero él la atenazaba con mayor violencia. El forcejeo se convirtió en una lucha encarnizada: ella le enterraba las uñas con desesperación y él la sujetaba por los cabellos con una energía salvaje. Poseído por una lujuria ciega y el rencor acumulado, Capao no cedía. Toní gritaba desesperada: «¡Suéltame, desgraciado! ¡Te emborrachaste para violarme, maldito jorobado!».
Entre el caos, ella tropezó y cayó sobre un viejo sofá. Capao se abalanzó, tomándola por el cuello y gritando fuera de sí: «¡Dámelo! ¡No aguanto más! Se lo das a Choto, que es un maricón, pero a mí me desprecias por jorobado». Le desgarró la ropa con ímpetu, dejando su intimidad al descubierto. Recordó los ocho años de abstinencia forzada, el desprecio sistemático y la humillación de ser tratado como un esclavo. Todo ese odio afloró en un instante. Con rapidez, se despojó del pantalón y, en medio de la resistencia agónica de la mujer, la sometió con brutalidad vengativa. Tras el estrépito de la batalla, el escenario quedó sumido en un silencio de muerte.
Los gritos de Toní y el ruido de los muebles cayendo alertaron a Yarel. Los pleitos de esos vecinos le eran frecuentes, pero en esta ocasión se habían prolongado demasiado, pensó. Ya no escuchaba nada, y esto le intrigó. Se inquietó, entonces decidió llamar a Joselito «Cara de Piedra», quien vivía en la casa de al lado y también frente a Toní, para que lo acompañara a ver qué pasaba. No se atrevía a entrar solo. Sabía que ellos estaban acostumbrados a ese show, pero ella nunca gritaba, porque era Capao la víctima constante de las palizas que le propinaba la vieja histérica y peleona.
Llamaron a más vecinos, que también salieron al sentir el escándalo. Entre todos van y abren la puerta de la casa. Allí estaba Capao sin pantalón, enseñando su verga húmeda junto al cuerpo de Toní tirado sobre un sofá, inmóvil, víctima del despiadado embriagado que la había convertido en cadáver. Enloquecido, comenzó a vociferar: «¡Coño, no me lo quería dar, tuve que cogerla a la mala! ¡Era mi mujer, mi mujer de nueve años, desgraciada, se negaba! ¡Ahora cogí lo que me pertenecía, lo mío, mi cuca, mi cuca prieta, huesuda y llena de pelo…
* * * * * * * *
11.- Yarel vuelve a su venta de carbón
* * * * * * * *
Al día siguiente, tras verse forzado a abandonar precipitadamente el sanatorio antes de que el médico le diera el alta como consecuencia del percance que ahora era comidilla en el vecindario, regresó Yarel a su habitual venta de carbón. Se justificó diciéndose: "Yo no tuve la culpa; fue mi falo que, al olfatear a una hembra, levanta mi bragueta y siempre se dispara, no puedo dominar su impulso.
Retornó a su ajetreo en la vía pública un poco avergonzado, pero al mismo tiempo ufano porque eso le atraería más mujeres que querrán probar la potencia de su "caobo", lo que aumentaría su fama de conquistador femenino. Se sentía orgulloso de este calificativo. De todas maneras, procuraría evitar incidentes de esta naturaleza para que la gente hablara menos sobre él. No le gustaba la "sonadera".
La trascendencia de sus levantes era resultado de la asechanza que tenían los pendencieros sobre él; lo hacían por envidia y egoísmo. Los varones no le perdonaban sus éxitos competitivos, y las hembras, al enterarse de que alguna vecina o amiga le había entregado su "clítoris", entraban en celo y salían a desacreditarlo por resentimiento y venganza. ¡Vaya dilema!
Su pensamiento estaba en intentar reconquistar a Estaulina, la madre de sus tres hijos; necesitaba con urgencia ese reencuentro. La soledad lo martillaba. Se sentía impotente. Achacaba la situación más a su miseria económica que a los cuernos que le ponía ella.
Cuando se juntaron como marido y mujer en su plena juventud, ella estaba consciente de que él no bromeaba en eso de acostarse con cualquier mujer que se le presentara fácil. Recordó que a los veintiún días de juntarse tuvo un encuentro con una de sus primas más querida; ambos lo negaron, pero siempre quedó la duda.
Las que se mostraban dispuestas a aceptar sus insinuaciones eran las cuarentonas y cincuentonas, aburridas de los hombres viejos y perezosos que tenían. Al conquistarlas, las ayudaba, las socorría del aciago hastío proporcionándoles el orgasmo a las infelices, liberando el estrés. Sus maridos deberían agradecérselo, pues, aunque se acostaba con ellas, se quedaban en el hogar atendiéndolos y sirviéndoles como mujeres, cavilaba para justificarse.
Yarel había sumado cuarenta y cinco años al almanaque, comenzaba a salirle los achaques de la edad; donde más dinero se ganaba era en la construcción de casas y haciendo ocasionales "“chiripas” " en el muelle levantando sacos de doscientas libras de azúcar. Ahora, por su dolencia en la columna, estaba limitado. No tenía posibilidad de agenciarse una labor más rentable que atrajera a Estaulina. ¡Estaba "cogío"!
Yarel vendía su carbón silbando alegremente mientras su carreta jalada por una mula iba recorriendo calles; las clientas lo esperaban y salían al escuchar su conocido pitido. Un lunes, en el trayecto, se le acercó un muchacho de unos once años, y le dijo: «Tengo un mandado para usted de parte de Elena».
Yarel se detuvo, un poco sorprendido. Se había enterado de que el esposo de esa mujer había fallecido dos meses atrás, y además no tenía ninguna confianza con ella. La respetaba porque era la mujer de un capitán pensionado del ejército. Identificó el rostro del muchacho; recordó que a veces le compraba carbón para ella. Se mostró intrigado y le dijo al enviado: «—¿Qué quiere ella?».
El muchacho contestó:
«—Me dijo que le hiciera saber que desea tener una conversación con usted, que lo esperará el viernes a las once de la mañana frente a la construcción abandonada de la escuela».
Yarel tragó en seco, sorprendido, y asintió con disimulo, bajando y subiendo la cabeza. Una lluvia de pensamientos corrió rápidamente por su cabeza:
«Ahora la gorda quiere lo suyo», se dijo para sí.
El viernes interrumpió el trayecto de su recorrido habitual y se presentó puntual al lugar convenido, en las afueras del pueblo. Parqueó el carromato cargado con su mercancía, amarró la mula a la empalizada más próxima y observó con cautela el área para asegurarse de que nadie lo viera. Simuló que entraba a hacer una necesidad para alejar sospechas.
Se detuvo en el umbral y prestó atención hacia el fondo del lugar para cerciorarse de que ningún extraño lo sorprendiera.
Cuando Yarel entró al sitio distinguió a la obesa mujer ubicada en la parte más discreta de la construcción abandonada, semi protegida por la penumbra, por si acaso, estaba vestida de hombre, tenía un sombrero que le cubría parte de la frente y le tapaba la cabellera. A pesar de sus 53 años le quedaban rasgos visibles de su atractivo de hembrota en su tiempo de juventud, su color canela le daba una tonalidad destacada, con los años y la gordura le creció aún más su trasero cuya voluptuosidad atraía la vista de los hombres, además era piernona. Años atrás le gustó, pero su timidez lo detenía y nunca se atrevió a decirle nada, ni siquiera le lanzó un piropo por temor al marido que en ese momento era un oficial activo del ejército, condición que constreñía cualquier tentativa de aventura. No pondría su integridad física en riesgo. Ahora se le presentó la oportunidad y la iba aprovechar.
Ella lo citó allí en un lugar poco frecuentado. Admiró su ingeniosidad al camuflarse con ropa de hombre y un sombrero para que nadie la reconcomiera. Se saludaron amistosamente, se dieron unas palmaditas por los hombros y se cogieron de las manos como si fueran viejos amantes. Fue algo espontáneo. Ella se notaba nerviosa, él inseguro. Pasado los primeros segundos de tensión entraron en confianza. Por su timidez se mantuvo en silencio mirándola y sosteniéndoles las manos. Ella fue la primera en decir palabras.
—Me enteré por «radio bemba» y los chismes de calle que estás solo, que tu mujer se te fue.
—Me imagino sabrás que mi esposo murió hace seis meses; su corazón no resistió la diabetes —respondió ella—. Me casé con él buscando estabilidad y seguridad. Nunca tuvimos hijos propios, solo los dos que él ya traía. Ahora, efectivamente, estoy sola, pero la pensión me permite vivir sin sobresaltos—. Agregó.
Siguió hablando sin parar:
— Me casé con él buscando mi seguridad, mi comodidad, no pude darle hijos, aunque ya él tenía dos de su primer matrimonio, ahora estoy sola de verdad, sin marido y sin hijos, pero me pasan la pensión de él y eso me garantiza vivir sin muchas preocupaciones, siguió parloteándole.
— yo sé que siempre te he gustado, pero tu labor de carbonero hace que uno piense varias veces hacerlo contigo, tú sabes, la lengua de la gente y la reputación de uno. Hay que cuidarse, indicó para explicarse.
Él la escuchaba en silencio mientras meditaba: El mundo da sorpresa inesperada.
Elena James era una joven de tez morena, hija de un robusto maquinista de Saint Croix que llegó a trabajar al ingenio Santa Fe. Su padre conoció allí a Mercedes Crispín, una mujer de tez trigueña nativa de la ciudad, con quien formó un hogar. De esa unión nació Elena, quien creció desarrollando una figura llamativa que la hizo destacar en su juventud. Con los años, su cuerpo ganó volumen, ensanchándose en caderas, piernas y vientre, pero manteniendo una presencia atractiva. Elena era hija única y se caracterizaba por su entrega en las relaciones amorosas. Tras la muerte de su padre, un evento que la afectó profundamente, experimentó periodos de depresión. Su madre atribuyó el aumento de peso a este duelo. Después de buscar ayuda profesional, Elena se recuperó y se sumergió en un estilo de vida de fiestas y diversión. Fue en este ambiente donde conoció a Carlos Guaracha, apodado así por su talento para bailar ese ritmo musical de origen cubano.
Carlos Guaracha la conquistó en los ambientes festivos que ella frecuentaba. Aunque muchos hombres la pretendían, ella eligió a Carlos por su carácter alegre y generoso. Él siempre la apoyaba económicamente sin pedir nada a cambio. Este apoyo creó un afecto especial en Elena, por lo que, cuando Carlos le propuso convivir, ella aceptó sin dudar. Él la ayudó a dejar la vida de excesos y le dio estabilidad. Los primeros dos años de convivencia transcurrieron sin mayores problemas, hasta que la constante embriaguez de Carlos afectó su relación íntima. Ante esta circunstancia, Elena se sintió atraída por Julito el pintor, un amigo cercano de su marido que siempre había mostrado interés en ella. La relación se dio de forma natural. Al principio intentaron mantener su romance en secreto. Sin embargo, cuando Carlos llegaba a casa muy ebrio, a veces acompañado por Julito, lo acostaban en la cama, esperaban a que se durmiera, cerraban las puertas y aprovechaban para estar juntos en el sofá. Esta infidelidad salió a la luz cuando Julito, queriendo alardear entre sus amigos, lo contó. Pronto, los vecinos se enteraron de la situación. Elena, al ver que los rumores se extendían, decidió no poner fin a sus aventuras, sino cambiar de estrategia: buscar hombres que vivieran lejos del barrio para evitar el chismorreo. Bajo su perspectiva, frente a un marido ausente en la intimidad, buscar satisfacción fuera de casa era comprensible. "¡Al diablo los vecinos!", se justificó a sí misma.
Tras la muerte de Carlos Guaracha, por quien sentía un sincero afecto, Elena entró en un trance de luctuosa soledad. Movida por la gratitud y afligida por la vileza cometida, se alejó del bullicio de las tabernas; después de todo, era humana y, ante todo, mujer. Sin embargo, la desprotección económica pronto la golpeó con penurias y necesidades extremas.
En medio de ese suplicio conoció a Ambrosio Fortuna, un oficial del Ejército dominicano de unos 35 años. Recién llegado a la ciudad y vestido de civil, coincidió con ella en la barra del restaurante “BB y VT”, donde ambos desayunaban un sándwich con jugo de lechosa. Ambrosio proyectaba un aspecto tranquilo y jovial. Al saludarla con una sonrisa agradable, ella respondió con cortesía, iniciando un diálogo ameno. Cuando Elena pidió la cuenta, él se adelantó y la pagó. Allí mismo comenzó una relación social y personal que culminaría en su unión como marido y mujer. Con el tiempo, ella descubrió que Ambrosio era sumamente condescendiente con las mujeres; su generosidad solícita solía despertar celos, aunque no era mujeriego ni asiduo a los cabarets, sino simplemente espontáneo y solidario.
Ese era el pasado inmediato de Elena James, una mujer dichosa cuyos maridos solían tolerar sus infidelidades, ya fuera por la incompetencia causada por el alcoholismo o por los estragos de la diabetes.
Aunque sospechaban de sus traiciones ocasionales, simulaban desconocerlas; la amaban con una ceguera absoluta.
Su fugaz reflexión se vio interrumpida cuando Yarel, ya encendido por el deseo, la tomó por los hombros y la estrechó contra su pecho. Se abrazaron con fuerza; él buscó su boca y la besó con ardor. Sus labios se fundieron en un beso profundo y entregado. Entonces, ella lo empujó suavemente hacia el fondo de la construcción, buscando refugio y seguridad, donde reiniciaron su apasionado besuqueo.
La intimida de Elena palpitaba, ansiosa por el encuentro con el carbonero. Sus manos, inquietas, buscaban alivio mientras despojaba al hombre de su pantalón con firmeza. No le importaba el rastro de tizne ni la suciedad; su único deseo era poseerlo, entregarse a ese instante explosivo donde los cuerpos se estremecen en puro erotismo. Tras semanas lidiando con la impotencia de su marido y encuentros fugaces que nunca alcanzaban el clímax, Elena necesitaba liberar el fuego que llevaba retenido.
Sumiso y obediente, Yarel se dejaba conducir. Ella llevaba el ritmo, dictando cada paso de aquella función improvisada. Cuando Elena lo tomó con su boca, sin preámbulos ni caricias previas, él se estremeció. Ella lo recorría con una maestría pausada, ajena a todo lo que no fuera el placer inminente. Tras una breve pausa para despojarse de su ropa —revelando que había acudido preparada para el encuentro—, se entregó a él con disposición febril. Él respondió recorriendo su piel, perdiéndose en sus besos y en la humedad compartida de sus bocas.
Entre paredes envejecidas que exhalaban olor a cemento y caliche, rodeados por el zumbido de las moscas, sus cuerpos sudorosos se fundieron en una pasión voraz. Era un incendio de piel y deseo, escalando la desnudez en aquel refugio tosco. El sexo lo transformaba todo: lo abrupto se volvía leve, los sentidos se agudizaban y la sangre corría encendida buscando un clímax irrepetible. En ese trance, perdidos en la agitación de la carne, el mundo exterior desaparecía. Era algo maravilloso. Se sentían en las nubes, estaban perdidos cogiéndose sus genitales y su carne en agitada fornicación.
Sus cuerpos se agitaban en un frenesí de placer. Ella soltaba leves gemidos de goce mientras él, con más fuerza, respondía a la intensidad de una temperatura sexual que alcanzaba su límite. En el momento más álgido, ella reclamó con voz desesperada: «¡Éntramelo, éntramelo ya, coño!». Pero justo cuando él se disponía a complacerla, listo para poseerla con su virilidad tensa, una intempestiva voz varonil irrumpió en el lugar, paralizándolos en seco. Sorprendidos, miraron al unísono hacia el origen del grito; el clímax había sido asaltado.
—¡Coño, carajo! ¡Tú, Elena, ¡revolcándote con este carbonero asqueroso! No sirves, eres una mujer baja, una ramera, una cualquiera... ¡Y yo como un pendejo loco por ti!
Quien los interrumpía era el chofer de su difunto marido, un sargento del ejército. Había irrumpido en el instante preciso en que los cuerpos se contraían, alcanzando el punto culminante de una fogosidad electrizante. El intruso había entrado al sitio por puro azar, buscando un rincón donde orinar, solo para encontrarse con la estampa de esos dos cuerpos desnudos, entregados locamente el uno al otro en aquella construcción abandonada.
Allí estaba ella: la mujer que siempre había desdeñado sus ofertas amorosas, rechazándolo con ofensas, entregándose ahora a un "carbonero insignificante". Lleno de rabia, el sargento salió corriendo mientras vociferaba encolerizado: «¡Coño, corran! ¡Vengan a ver! ¡El maldito carbonero se está tirando a la mujer del mayor!.
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12.- Los padres de Miriam enfrentados
—Oye, Jovita, yo tenía planes con Miriam, pero tus vagabunderías lo han arruinado todo. Te pusiste a sacarte barrigas para no tener más cría y que no te embromaran tu vida parrandera —le reclamaba Anselmo a su mujer. —Desde que vi a mi hija creciendo tan elegante, me dije: «Cuando sea grande la caso con un rico para que nos ayude». Pero mira, salió igual a ti: fiestona, parrandera y vaga.
—Deja de quejarte, hipócrita, que tú no aportas nada a esta casa —se defendía Jovita—. Aquí la que mantiene todo soy yo; tú ni sabes de dónde saco el dinero —ripostó ofendida—. Vivo contigo nada más por pena, tú nunca has servido para nada. Perdí mi juventud contigo; la pendeja he sido yo —continuaba atacando.
—Tú dices eso después de mi accidente. Fue buscando los pesos para la casa, para el moro, para que tú y mi niña no pasaran hambre, malagradecida —contraatacaba Anselmo.
El padre de Miriam había quedado inválido. Trabajaba como chuchero de máquinas en el Ingenio Porvenir cuando cayó en la línea y perdió la pierna izquierda. Además de otras lesiones graves, salvó la vida por milagro.
Al verse él limitado, su mujer se descontroló y comenzó a hacer lo que le venía en gana. Usaba a Miriam como señuelo para atraer enamorados y sacarles dinero; ellos le pagaban las cervezas y sus borracheras. Le ponía los cuernos a la franca; los hombres iban a la casa sin importar la presencia de Anselmo, quien también se hundió en el alcoholismo para ocultar su vergüenza.
Miriam sufría esta situación que, sumada a la pobreza, constituía una carga emocional pesada. Cayó en una vida indecorosa, y con ello castigaba la estupidez y cobardía de sus padres, quienes, refugiados en el alcohol, pretendían ignorar la realidad que los golpeaba.
El deseo carnal que sentían los tigres por « Miriam, “la Caliente” » era obsesivo y vulgar. Cada vez que la veían por las calles, la bombardeaban con lenguaje obsceno. Sus ansias por mancillar aquel cuerpo seductor eran incontenibles. Su caminar lascivo y el movimiento de sus caderas incitaban al acoso. Desde los nueve años se vislumbraba que tendría un cuerpo sexy y una tentación pecaminosa para los hombres. Se crió rodeada de mujeres libertinas donde la infidelidad era rutina. Las andanzas de su madre nunca parecieron preocuparle a su padre, quien se mostraba indiferente. Así, Miriam asimiló la costumbre de parrandear, bailar bachata y las borracheras escandalosas de su progenitora.
Su madre la lanzó tempranamente a la calle para que «se la buscara» con los hombres, sin interesarse jamás por su educación. El accidente de su padre fue un duro golpe; antes del suceso, él era un hombre entregado al hogar, pero la invalidez lo convirtió en un "mequetrefe" y en el pelele de su mujer.
Tilón fue el primero al que la vendieron; su madre la entregó por treinta pesos para poder seguir bebiendo. A partir de ese momento, Miriam no paró de estar con quien le pagara, e incluso de gratis con el hombre que le gustara. Gozaba su vida y se divertía en el mundo donde su madre la había confinado. Se lamentaba de ser hija única, pues no tenía quién la protegiera. Su único amigo de verdad era el pobre de Miguelito, un joven indefenso postrado en una silla de ruedas. Con él iba a lamentarse y a desahogar sus culpas a cambio de escuchar sus aburridas lecturas poéticas y charlas filosóficas. Aunque por lo regular no las entendía, allí mataba el tiempo; junto a él encontraba un mundo distinto, sin competencias desalmadas ni acechanzas siniestras.
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13.- Miriam, “la Caliente”: Bajo el asedio del tigueraje
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Miriam desarrolló un miedo profundo al maltrato masculino; temía ser azotada o esclavizada por cualquiera. Poseía un temperamento rebelde que apenas se ocultaba tras su apariencia coqueta. En sus relaciones sentimentales era impulsiva, explosiva, juguetona y soberbia, utilizando la frivolidad como su principal arma de dominio. Trataba a los hombres con indiferencia, viéndolos como simples juguetes sexuales a quienes culpaba con rabia por su anorgasmia; para ella, ellos debían pagar por su propia incapacidad de satisfacerla. Se entregaba más por necesidad material que por deseo o amor.
En sus indagaciones, escuchó hablar del carbonero, un hombre con fama de poseer un falo imponente y una destreza especial para complacer a las mujeres. Sus amigas le comentaban sobre él con morbosidad picaresca: decían que, tras ese hombre manchado de tizne que pregonaba su mercancía silbando, se escondía un "macho de verdad". Sintió una curiosidad irreprimible.
Cuando Yarel la vio por primera vez, comenzó a galantearla con piropos. Ella se mostró difícil, queriendo probar hasta dónde llegaba su persistencia. Quería observar si era igual al "tigueraje" callejero que la importunaba con pleberías, o si resultaba ser tosco y aburrido. Su malicia femenina salió a flote.
Miriam se divertía fingiendo importancia ante los hombres; mediante esa simulación, aumentaba su valor de mercado. Sin embargo, la miseria la había obligado a aceptar proposiciones descabelladas, yéndose a la cama con tipos por los que no sentía atracción alguna. La pobreza imponía el sacrificio. Cuando decidió mudarse con Ramón Goñé, lo hizo acorralada por las deudas y la precariedad. Desde que abandonó el hogar materno a los quince años tras una relación de apenas seis meses con Tilón, juró no volver a compartir las penurias de sus padres. Se abriría camino a toda costa, y para ello solo disponía de su cuerpo seductor.
Su atractiva figura era codiciada; los hombres competían por poseerla sin importarles cuántos otros hubieran pasado por ella. Al principio, se lo ponía fácil, pero con el tiempo y la práctica del oficio, comenzó a ser más selectiva. Sus colegas de profesión la aconsejaban, algunas se mostraban celosas porque Miriam solía acaparar a los clientes.
A sus veintitrés años, llevaba ocho recorriendo un camino de hombres de todos los pesos y colores, la mayoría ordinarios y carentes de cortesía. Pagaban por su carne y actuaban con una rapidez egoísta, ignorando que ella también necesitaba sentir, transportarse a ese mundo alucinante de estremecimiento trémulo y profundo. Eyaculaban con un arrebato desaforado, dejándola estropeada, insatisfecha y tensa. Su vida era una tortura.
Por eso se ilusionó con el carbonero. Quizás él lograría elevarla hasta la cima de su deseo. Lo intentaría; no tenía nada que perder. Su pudor estaba arruinado; habían invadido tantas veces su "monte de Venus" que el sonrojo se había escapado de su rostro para siempre. Comprobaría por sí misma si eran ciertos los rumores sobre aquel silbador de carambola.
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14.- Yarel no desaprovechaba oportunidad
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Yarel había hecho del sexo una constante de su trajinar cotidiano; en esa cuestión no perdía oportunidad. Pregonaba la venta de carbón al tiempo que iba lanzando su anzuelo, aunque a veces encontraba ciertas dificultades debido al aspecto tiznado que deslucía su apariencia. La suciedad del trabajo distanciaba su objetivo.
En contadas ocasiones se cambiaba de ropa y salía de noche; en la penumbra se sentía inseguro, podrían vigilarlo sin que lo notara. Por eso, gustaba de "pescar" a sus hembras de día; daba menos sospechas y podía confundirse con su tarea diaria. Además, el salir "cepillito" en horas nocturnas llamaba la atención de los mirones. «La noche es para el descanso», opinaba.
Nuna, "La Pelirroja", era una vecina arisca, vivía con un zapatero dado a los tragos. En los últimos días se notaba simpática con él, buscaba cualquier pretexto para acercársele y preguntarle cualquier tontería. Su experiencia le indicaba que algo querría la cuarentona. Nunca le pasó por la mente que ella estaría interesada por él, pues se daba aires de buena y era "comparona". Le gustaba murmurar a las amigas, las difamaba y cuestionaba su acercamiento con otros hombres que no fueran sus maridos. Le tenían miedo, se daba de muy recta.
Yarel se sintió intrigado ante el acercamiento inusual de Nuna, quien en los últimos días buscaba cualquier pretexto para prolongar el breve diálogo que mantenían mientras él vendía su mercancía de carbón y leña. La afluencia de clientes solía obligarlo a abreviar aquellos encuentros interrumpidos por la mujer de cabello teñido de rojo; sin embargo, el inesperado interés de aquella mujer, conocida por ser censurante, lo puso en guardia.
Dedujo que su comportamiento ocultaba una intención clara: ella buscaba «lo suyo». Él, por su parte, no dejaría escapar la oportunidad de agregarla a su lista de conquistas. Por ello, cada vez que pasaba frente a su casa, redoblaba el volumen de su silbido, procurando llamar su atención para que ella saliera a su encuentro.
Una mañana de sirimiri, Nuna le hizo señas para que detuviera la carreta. Cubriéndose la cabeza con una toalla, se acercó a él con un envase para el carbón y le dijo:
—Oye, ¿me puedes fiar quince centavos? Estoy «pelá». Wilfredo lleva cuatro días sin coser un pantalón ni arreglar nada. El azaroso se la pasa bebiendo con Tilo Cuenca y Papito Barriga; se bebió hasta lo que ganó hace tres semanas. Es un fracaso. No te imaginas cómo he pasado estos días.
—Te cuento, así de rápido —continuó, bajando la voz—, que ese sinvergüenza se la pasa de parranda con sus amigos mientras yo me quedo en la casa aburrida. Las ganas me vienen y se me van. Es más, me atrevo a confesarte algo íntimo: lo peor es que él ya no funciona. Vivo ansiosa. Perdona que te diga esto, pero tengo que desahogarme, y creo que tú, como hombre y con la fama que tienes, me puedes ayudar.
Yarel la escuchó con atención, sumido en un silencio de asombro. Nunca imaginó que Nuna le confiaría sus intimidades de una manera tan cruda; en el fondo, se sintió un privilegiado.
—Te diré algo: si un hombre no funciona como su mujer espera, ella tiene todo el derecho a defenderse —sentenció él—. No seas tonta y búscate a otro. Olvídate de tus hijos, que ya son mayores.
—Lo dices así de fácil porque eres hombre —ripostó ella con amargura—, pero nosotras tenemos que cuidarnos más.
—Cierto, pero no tienes por qué sacrificarte. A los cuarenta y cuatro años todavía puedes disfrutar la vida. Levanta el ánimo —aconsejó el carbonero.
—Es que en este pueblo se habla demasiado... ¿Crees que no lo he pensado?
—Pues hazlo con alguien discreto. Todo es posible si se sabe planificar.
—¿Y tú? —le soltó de golpe.
Yarel no esperaba esa insinuación tan pronto; esbozó una amplia sonrisa y le dijo:
—Yo me la paso haciendo esos favores, ja, ja, ja.
Se sintió avergonzada y se marchó con rapidez.
Una semana después volvió a encontrarse en la ruta con Nuna; esta vez lucía una falda ajustada y el cabello revuelto, lo que le daba una apariencia más joven. Yarel detuvo su carreta vendedora y procedió a llenarle el envase a Nuna. Al momento de entregárselo, ella le susurró:
—Deseo verte mañana.
—Dime cómo nos vemos, iré donde me digas, estoy loca por ti —agregó.
Yarel fingió no escuchar para obligarla a repetir.
—No te hagas el distraído, dime dónde nos vemos —exigió la mujer. Había una urgencia vibrante en su voz, cargada de un deseo que no admitía esperas.
—Te esperaré por las uvas, cerca de Los Coquitos. A las seis de la tarde es buena hora; estamos en febrero, anochece temprano y pasa poca gente. Además, mañana es martes y esa zona es poco frecuentada. Trata de ser puntual, no quiero que me agarre la noche por ahí —respondió Yarel con aire de satisfacción.
El carbonero desconfiaba de la oscuridad para sus conquistas; sentía un lúgubre presentimiento ante las profundidades de la noche, escenario ideal para la acechanza de los envidiosos que sufrían ante el éxito de sus aventuras. La nocturnidad atentaba contra el sigilo de sus encuentros. Por eso insistió en el horario crepuscular, y así quedó acordado.
—Haré el esfuerzo, la interesada soy yo. Y no te burles ni te aproveches de mi sinceridad —indicó Nuna a la defensiva.
—Para mí es riesgoso. No acostumbro a salir de noche; los tigueres están al acecho de lo que hago, se imaginan que voy al encuentro de una mujer. Cuando me ven por la calle de noche se ponen "chivos"; son atrevidos y me pueden seguir si adivinan que voy a una cita —contestó él.
—Busca la forma de que no te vean. Yo iré preparada; ve, por favor —suplicó ella. Esta última expresión cargaba un acento de angustia que delataba su desesperación.
Yarel prosiguió su recorrido, silbando quedamente y sonriendo para sí: «Las mujeres, mientras más esquivas, más fáciles». Y lanzó una fuerte carcajada.
La luna, con su reflejo misterioso, exhibe su potencia majestuosa sobre el crepúsculo del anochecer, encaminándose a ser dueña absoluta de la suma del tiempo en su tránsito orbital, administrando la duración de ese ciclo temporal asignado por la heterogeneidad de su intrínseca materialidad. Satélite iluminante desde millones de kilómetros, astro de luz ubicado a 385.000 km de nuestra ubicación, formada hace más de cuatro mil millones de años.
Muda testigo de millones de travesuras del género humano y de toda vida bajo su observación infinita, su absoluto hermetismo la hace cómplice de los desmanes y tropelías de todos los hijos de la Tierra. Bajo el asomo nocturno de su maravillosa y mágica luz delatante, Yarel y Nuna llegaron al lugar convidado en intervalos aproximados, encontrándose en la arboleda del uveros acordado. Ella había llegado primero. Él vio su rostro bajo los nacientes y azulados reflectores de este planeta incomparable.
Yarel dejó escapar una sonrisa, mezcla de triunfo e inseguridad; no estaba acostumbrado a citarse con las elegidas en lugares escabrosos y tan apartados. Para él, la noche, que ya se iniciaba con prontitud impulsada por la rapidez del invierno, representaba un peligro potencial. Por eso huía de la oscuridad, evitaba las citas en horas tenebrosas; la veía como una tempestad durmiente, temía su ocaso absorbido por el amanecer, cuya claridad pondría al descubierto las acciones indignas perpetradas bajo la sombra.
Llegado el momento, salió de su hogar con pasos lentos y seguros rumbo a la cita acordada. Al llegar al entorno, lanzó su vista hacia la maraña de árboles de almendras, cocos y uvas. Ya en confianza, siguió avanzando hasta que pudo divisar a Nuna, y con cierto recelo instintivo se le fue acercando. Después de haber concertado la cita, sintió un mal presentimiento, sobre todo cuando observó que a las cinco de la tarde las nubes habían adelantado la oscuridad del día, que había sido lluvioso hasta las dos. Debió hacerlo más temprano, pero ya no era posible volver atrás: si la dejaba plantada, dudarían de su hombría, temía caer en la lengua difamatoria de las mujeres. Por eso había ido al lugar, a pesar de que desconfiaba de la noche, la cual se asomaba vertiginosamente.
—Te noto frío, ¿no te gusto?, dime —dijo Nuna al llegar hasta él.
—Yo soy la que debería sentirse avergonzada al ofrecérteme, por mi reputación de mujer seria —indicó ella.
—Y sé que el que quiere gusto tiene que estar dispuesto a lo que sea —agregó.
Él la escuchaba con reserva.
—Bueno, tú sabes lo que dice la gente de mí, sobre todo las mujeres —respondió Yarel, un poco indeciso.
—No tengo la culpa de ser agraciado con "esta cosa" que me puso Dios —dijo, y se topó la bragueta.
Ella también la miró y le acercó su cuerpo. Él la agarró por ambas manos, la atrajo hacia sí y la abrazó. Ella se estremeció, deseosa de sentir sobre ella unos brazos corpulentos como los de ese macho. Se sintió regocijada y, al mismo tiempo, avergonzada.
Sus cuerpos se entrelazaron entre besos y abrazos; sus labios se encontraron en un juego lúdico cuyos leves sonidos avivaban el deseo. Nuna estaba decidida a demostrar su entrega absoluta. Al probar Yarel aquellos labios carnosos, su libido emergió con fuerza; no imaginó que fueran tan sensuales. Introdujo su lengua en la boca de ella, explorando cada rincón de su laberinto gustativo. Nuna, conteniendo el aliento y suspirando de deleite, se preparaba para liberar el fuego acumulado tras tanto tiempo de abstinencia. El carbonero —el sucio carbonero— le hacía el favor, y ella le correspondería con creces, demostrándole que era una mujer capaz de llevarlo al límite.
Sus alientos se fundieron mientras las caricias se volvían más insistentes. Ella se agitaba entre sus brazos.
—Hagámoslo de pie —propuso ella.
Nuna se entregó incondicionalmente. Estaba a punto de consumar el acto cuando varias voces irrumpieron con violencia: «¡Suéltala, maldito carbonero, es nuestra!». El asalto los paralizó un instante. Él reaccionó con rapidez y huyó a toda prisa mientras se ajustaba el pantalón. Nuna intentó seguirlo, pero resbaló sobre las hojas secas, quedando a merced de aquellos malhechores que la atacaron y violaron hasta el agotamiento.
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15.- Los Cabuleros de Piedramar
En Piedramar, el barrio donde residía Yarel, el «carbonero fornicador», existía un grupo de individuos sórdidos, cobardes y abusadores, con edades de entre veinte y cuarenta años. Estos ganaron fama como «brechadores» furtivos y violadores; la barriada los denominaba «los cabuleros». Eran solteros empedernidos a los que todos temían y nadie se atrevía a enfrentar. Ejecutaban sus crueldades con total impunidad, protegidos por el miedo de sus víctimas.
La camarilla padecía de voyerismo, parafilia que desarrollaban a través de su conducta desviada. Sus creencias fetichistas y su devoción por la santería los interrelacionaban; los unía un culto esotérico que vinculaban al condicionamiento de su excitación sexual. Su trastorno psicológico era explosivo.
Este grupo de antisociales estaba integrado por sujetos apodados Fello Balazo, Picoteón, Vicente el Fuerte, Plácido el Bugarrón, Joel el Pinto, Culingo el Sucio, Chulo Pata Raja, Prindongo el Pescador, Domingo Tirigüillo y Juan Pelao, junto a otros que venían de sectores vecinos como refuerzos. Pasaban el tiempo en patios y callejones, apostando en juegos de azar, frecuentando prostíbulos y cometiendo toda clase de maldades. Su especialidad era acechar por las noches en zonas boscosas para asaltar a parejas de enamorados y violarlas. Actuaban con total descaro y luego alardeaban de sus actos execrables en las esquinas del barrio.
Varios integrantes de la banda de "Fello Balazos" y "Picoteón" fueron capturados y condenados a treinta años de prisión tras violar a una pareja de jóvenes en los uveros de la zona costera. Las víctimas —ella, hija de una autoridad prominente; él, hijo de un reconocido comerciante— lograron identificarlos, lo que permitió que la policía los capturara y la justicia les impusiera la pena máxima.
Tras la sentencia, el grupo se replegó. Durante semanas mantuvieron un perfil bajo, esperando, según decían, a que "la marea bajara". Sin embargo, dos meses después, se reagruparon para retomar sus violentas andanzas.
Yarel y Nuna fueron sus primeras víctimas tras el retorno. Aquella noche, los delincuentes acechaban ocultos entre el follaje costero, tendidos en el suelo a la espera de alguna pareja de novios o amantes. Llevaban dos días de vigilia cuando, cerca de las seis de la tarde, divisaron a Nuna. La mujer, de unos 30 años y conocida en el barrio por su afición al bingo, avanzaba con paso lento hacia su escondite.
Su presencia en aquella zona solitaria durante una tarde invernal despertó la curiosidad de los facinerosos. Nuna caminaba impaciente, de un lado a otro. Sospecharon de inmediato que esperaba a alguien, pues era conocida por ser selectiva con sus pretendientes. Vicente "El Fuerte", el líder de cuarenta años que ya había purgado siete de cárcel por feminicidio, quiso arrojarse sobre ella de inmediato. Sin embargo, Joel "El Pinto" lo detuvo, aconsejándole esperar para descubrir quién era el hombre de la cita. Vicente asintió con un gesto brusco y el grupo guardó silencio, aguardando a su próxima presa.
Grande fue su sorpresa al ver llegar a la zona al conocido carbonero, el cual caminaba receloso hacia Nuna. Ellos siempre envidiaban la fortuna de este en cuanto a conseguir mujeres y le atribuían un poder sexual apabullante. No lo podían creer: la pelirroja presumida se había citado con este. Se extrañaron porque en el barrio se comentaba que sus relaciones extraconyugales eran selectivas y que el marido era un 'guanajo' dominado por ella, razones por las que hacía lo que le venía en ganas. Esperaron el momento preciso, sacaron sus cuchillos y garrotes para atacar en el instante más emocionante y descuidado. Así lo hicieron.
Quizás por el alarido de terror de Nuna o por la agilidad defensiva del carbonero, no pudieron de inmediato sujetarlos con fuerza; la pareja forcejeó. El hombre tenía una contextura fuerte y respondió lanzando trompadas. Sus atacantes no esperaban esa reacción de coraje, por lo que la mayoría se concentró en la mujer. Vicente, el fuerte, exhibió su filoso cuchillo moviéndolo contra el carbonero; este esquivó el primer cuchillazo y, al ver la superioridad de los bandidos, no vaciló y echó a correr lo más veloz que pudo, dejando a Nuna a merced de los violadores.
Al salir Yarel despavorido con una velocidad parecida a la de un campeón olímpico, los cabuleros se dedicaron a Nuna. Ella gritó desesperada, le taparon la boca introduciéndole hierbas recogidas del suelo. Luego de inutilizarla y lograr su rendición, se dieron un rico festín sexual.
Aquella jauría inmunda la retuvo con manos brutales; era la presa de la cacería. Le rasgaron la falda y la blusa antes de tenderla a la fuerza contra el suelo. Mientras uno la besaba con violencia, otro la ultrajaba con los dedos y uno más la sometía por los cabellos. En pocos minutos, la dominaron por completo y comenzaron a profanarla sin piedad. Uno tras otro repitió su infamia, obligando a la indefensa mujer a todo tipo de vejaciones.
—Tú quieres que te cojan, ¡toma! —le gritaba Culingo «el Sucio», que ya la tenía sometida.
—¿Tú quieres gozar? Pues goza ahora —decía Chulo «Pata Raja», mientras se burlaba.
—Ponte cómoda, desgraciada comparona, que ahora va el mío —sentenciaba Prindongo «el Pescador» entre bofetadas—. Tu mierda de marido es un impotente; ¡disfruta ahora, maldita engreída! —añadía ímpetu.
—Dámela a mí, vente conmigo —rugía Vicente «el Fuerte».
La rodeaban con sus cuerpos, profiriendo insultos y amenazas. Ella, quebrada, se entregó a lo que quisieran con tal de que le perdonaran la vida.
El horror sobre la mujer se extendió durante media hora eterna. Saciados, los agresores la abandonaron entre la inmundicia y el escarnio de su propia humillación. El cuerpo de Nuna, lapidado y roto por las innumerables agresiones, quedó inerte en la penumbra. Allí permaneció, avergonzada de su propia existencia, llorando el tiempo que tardó el mundo en volverse ajeno. El destino quiso que Chino Moreno, un pescador que buscaba la calma del fondo marino, interrumpiera su camino al oír el llanto. Con la misma piedad con la que trataba al mar, la envolvió en su saco de henequén y la rescató del fango, llevándola en su bicicleta hacia un refugio incierto.
El silencio cobarde se convirtió en el pacto de los sobrevivientes. El miedo a los verdugos selló los labios de Nuna y del pescador, otorgando a la bestialidad el regalo de la impunidad. Yarel, espectador cobarde de aquella noche, también eligió el olvido. Se convenció de que su huida fue un acto de supervivencia y no de traición, aunque en la quietud de sus noches el remordimiento le recordara que la dejó sola, indefensa, frente a aquellos lobos humanos.
Yarel no se quedó atrás, también decidió guardar silencio sobre lo sucedido, no quería volver a confrontarse con esos delincuentes violadores, y como Nuna más nunca lo buscó ni escuchó a nadie hablar de aquel asunto, dejó las cosas así, aunque si le remordía la conciencia por haberla dejada sola en manos de esos facinerosos. Se reconfortaba al saber que gracias a su huida logró salvar su vida, y eso era, para él, lo que valía.
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16.- Yarel Con Adela la Cocola
Adela era una mujer madura, de unos cuarenta y siete años y una estatura de 5/8. El tiempo del almanaque parecía no afectarle, exhibiendo un cuerpo bien conservado. Era hija de un cocolo inglés, maestro de mecánica, de nombre Alberto Thibauld Dennis, nativo de Samaná, y de una híbrida trigueña dominicana de nombre Matilde Bernhard Bustamante, una mezcla de francés y español, oriunda del oriental pueblo costero que albergó al popular carbonero, codiciado por mujeres frígidas para satisfacerse. Quizás por su mezcla sanguínea, la muchacha desarrolló un carácter autoritario y mandón.
Fue el último parto de su madre, cuyos dos primeros hijos varones habían fallecido: el primero a la edad de tres años, al atragantársele una semilla de limoncillo, y el segundo, a los cinco años, afectado de dengue hemorrágico.
Tras la muerte de su padre en un accidente mientras trabajaba en el ingenio Porvenir, un vacío que pareció afectar poco tiempo a su madre, esta se mudó rápidamente con Jaime Albrincole, un amigo que frecuentaba el hogar para jugar dominó con su padre y sus amigos más cercanos. Los rumores sugerían que ella mantenía una relación con Andrés desde hacía tiempo, e incluso que buscaba otras compañías con frecuencia. Su madre falleció siete años después.
Los últimos siete años que pasó junto a su madre fueron una escuela de sensualidad y desenfreno. Esta se empeñaba en enseñarle las interioridades del sexo en sus variantes más prácticas, bajo la premisa de que así no se dejaría dominar por ningún hombre; sostenía que una mujer capaz de complacer plenamente a un hombre en la cama, lograba atarlo y obtener grandes beneficios. Le insistía en que, más allá de las conveniencias materiales o los compromisos, el placer reclamaba un espacio propio, lejos de la artificial comodidad del hogar. Con insistencia casi pedagógica, le explicaba que el goce sexual era una necesidad fisiológica cuyo orgasmo liberaba las tensiones más íntimas. Por ello, no debía haber inhibiciones, sino un abandono total por encima de la rutina para saciar el instinto carnal. En ese aprendizaje, Adela «la Cocola» resultó ser una alumna brillante: terminó superando a su maestra.
Adela cambió de marido una vez más, siguiendo el rastro de su difunta madre. Abandonó a José James, harta de sus celos y tacañería, para mudarse con Wilfredo Alcántara.
Este último era un hombre discreto que había heredado la fortuna y la casa de sus padres tras la muerte de su único hermano en un accidente de tránsito. Adela no podía dejar pasar semejante oportunidad.
Su inclinación al capricho provenía de una infancia marcada por la indulgencia. Creció bajo la exclusiva y solícita atención de un padre que toleraba todas sus ñoñerías, compensando así la temprana pérdida de sus otros dos hijos. Aquella crianza fue la respuesta a su condición de única sobreviviente.
Los rumores del vecindario atribuyeron la desgracia al descuido de la madre, quizá motivado por su excesiva complacencia.
Adela desarrolló un temperamento infantilmente mimado, exigente e impositivo, y a la vez extravertido. Al superar la pubertad y entrar en la etapa de desarrollo, su físico adquirió una forma que despertaba interés. La curiosidad sobre el sexo ocupaba horas de su imaginación temprana; a los 13 años, un maestro del colegio anglicano donde recibía clase de inglés, atraído por su apariencia y evidente coquetería, fijó sus ojos e intención sobre ella. Con habilidad, comenzó a manipularla argumentando pretextos ocasionales para decirle cercanamente algunas palabras insinuantes y sugestivas, tendiendo así la trampa de su propósito. Así logró interactuar con la joven. Había heredado la intensidad de su madre, visible a medida que aumentaba su edad y su singularidad femenina.
Teniendo estas características consigo, Adela se convirtió en deseo trofeo de los libidinosos. Así llegó aquella inesperada ocasión que supo aprovechar el maestro inescrupuloso. Fue una tarde azotada por un fuerte aguacero otoñal, con la particularidad de que la única escolar que acudió a recibir la clase de inglés fue Adelita. Lo hizo bajo el temporal, con su descarga de truenos y relámpagos asustadizos. A su madre, una cuarentona cachonda, no le importó el tiempo lluvioso; para ella, la ocasión era ideal para pasarla en el hogar haciendo sexo con el cuarto marido que se había conseguido en el lapso de tres años tras el fallecimiento de su padre, un cincuentón con variadas entradas de dinero que no exigía exclusividad sexual. Solo le interesaba que le cocinaran, le lavaran la ropa y le dieran comodidades en el hogar; para él, lo otro era secundario. No obstante, su madre siempre estaba lista para entrar en acción en cualquier circunstancia. La calentura de su edad demandaba privacidad con su pareja. Se encontraba en el ápice del deseo sexual, una etapa crítica en la madurez de la mujer. Además, ella creía en la vitalidad regenerativa implícita en la liberación de tabúes impuestos por la religiosidad absoluta, incluso al margen de la asexualidad como recompensa afectiva.
Jorge Anderson Mejía, alias «Pepillito», era el nombre de aquel maestro impúdico. Su apodo se debía a su esmero por vestir siempre impecable, con la ropa perfectamente planchada y el cabello engominado con vaselina; era un hombre sumamente presuntuoso. Ese día, llegó al colegio media hora antes de que estallara el chubasco, coincidiendo con el cambio de turno del personal docente y administrativo. Había poca gente en el recinto a esa hora, por lo que se acomodó tranquilamente en su escritorio a esperar el inicio de la clase.
La entrada de la alumna al salón con su estilo chocante y alborotado le imprimió alegría a la apacibilidad del cuadrante formativo. El maestro sonrió maliciosamente. La presa codiciada estaba a su alcance en la soledad lluviosa del entorno.
La irrupción de la traviesa, indócil y alegre Adelita, interrumpió las reflexiones de vida del maestro. La joven entró al aula como siempre, irradiando un encanto natural y desafiante. Llevaba la picardía a flor de piel, y su sola presencia capturaba la atención. Allí estaba ella, con su juvenil vitalidad, con el ropaje adecuado cubriendo su cuerpo, protegida por la inocencia de su edad de las percepciones inadecuadas, proclive en las miradas morbosas.
El maestro contempló con fascinación el desarrollo de sus atributos, ahora más definidos y sensuales. Aquellos botones seductores, tan rebeldes como su propia dueña, captaban cualquier mirada y despertaban el deseo de ser cubiertos de besos y mordiscos amorosos.
La ocasión pecaminosa se le presentó al maestro de manera inesperada, ideal, en aquella tarde lluviosa. Un pálido clima tenue con pocos alumnos, maestros y empleados en el recinto escolar. No podía pedir más. Se sintió íntimamente agradecido del regalo que el tiempo de agua había puesto a su alcance de transgresión.
—¡Ah, la brevedad de la vida! ¡Hay que gozarla con su merecido riesgo de imprevistos!— dijo para sí.
La muchacha, al percatarse de que era la única alumna en el aula, preguntó con curiosidad:
—¿Y los demás? ¿No han venido?
—¿No vendrán? —insistió.
—¿No ves cómo está el tiempo? —ripostó el maestro—. Fuiste muy audaz al venir bajo estas condiciones —agregó.
—Yo llegué media hora antes, visualicé el panorama e imaginé que llovería a cántaros. Pese a ello, salí de mi casa hacia acá para cumplir con mi obligación y responsabilidad con ustedes; para eso me paga el colegio. Sepan eso, mis queridos discípulos: necesitan aprender y cumplir con el programa de clases establecido por la dirección del centro —concluyó alzando un poco la voz.
—Mi madre insistió en que viniera, aunque yo me resistía. Cuando llueve, prefiero la calma de mi cuarto para pensar —replicó ella.
—Le encanta la soledad porque así puede llamar a sus amigos especiales. Es una egoísta que solo busca su propio bienestar. No piensa en mí, a pesar de ser su única hija... pero ¿qué importa ya? —exclamó, dejando ver su resentimiento.
El maestro, aprovechando la situación, le sostuvo la mirada con ojos encendidos. Tras un breve silencio, le habló con una entonación cargada de malicia.
—Parece que a los demás el clima los sembró en su casa, la lluvia los dejó acurrucados. Bueno, mejor así, estaremos solo nosotros dos, así podemos hablar tranquilamente, podré decirte cosas que hace mucho deseo confesarte. ¿O es que no te has dado cuenta de lo interesado que estoy por ti? ¿No ves cómo miro tu cuerpo, tu trasero llamativo, ¿eh?
Hablando con franqueza y en confianza, te pregunto: ya que sabes las razones que tuvo tu buena madre para quedarse a solas en el hogar bajo este tiempo de agua, ¿no te gustaría disfrutar el ambiente lluvioso como ella?
La pregunta fue lanzada desde una estrategia abiertamente provocadora y sugestiva.
La muchacha permaneció inmóvil por un instante, una leve inquietud cruzó por su rostro. Sin embargo, se recompuso rápidamente y ofreció una sonrisa enigmática. Las lecciones de la vida, aprendidas en su entorno, le habían otorgado una perspicacia que superaba la ingenuidad propia de su edad. Poseía una comprensión de la complejidad de las situaciones, percibiendo las posibles intenciones ocultas tras las palabras pronunciada por el profesor.
Gracias a esos conocimientos pudo enseguida percatarse de la pretensión del taimado educador. No obstante, aquellas palabras entonces le agradaron. Le encantaba que los hombres se fijaran en ella, que trataran de conquistarla. Por ello no se ofendió ni alteró; por el contrario, asumió una actitud de aceptación cómplice. Instintivamente se ruborizó y, del asombro, pasó a una postura solícita.
Además, ella acostumbraba a emplear un lenguaje inapropiado, divulgando abiertamente su insatisfacción en sus relaciones y la incomodidad que sentía al vivir con su padre diabético, quien padecía de una condición que afectaba su virilidad. Se pasaba el día aburrido y peleaba con frecuencia, sintiéndose frustrada por él; una situación que le provocaba enojo. Era el precio a pagar por tener un marido sexualmente inepto, sin vigor para darle bien duro por su chocha, como siempre deseaba.
Cuando éste falleció mudó otro hombre en la casa, mucho más joven, luego lo botó, mudó otro y otro, a los pocos meses también lo botaba, ahora iba por el número cuarto.
Al parecer los años con sus padres dejó en ella una insatisfacción continua, y eso que les pegaba los cuernos abiertamente.
Su madre era una cantamañanas compulsiva. La escuchaba claramente cuando conversaba con las vecinas y amigas delante de ella, sin respeto por su edad. Cuando se juntaban, intercambiaban la incapacidad de los maridos para darles fuerte y calmar el calor. 'Mi hija, todo se puede hacer siempre y cuando lo hagas con discreción', le aconsejaba. Y allí estaba ella, con alguien que le decía palabras motivadoras para que se le entregara sin miramiento alguno.
Con rapidez, Adela la Cocola rememoraba la primera vez que su vagina fue penetrada; nunca olvidaría aquel hecho en circunstancias tan particulares. Siempre que se lanzaba a una aventura donde la tensión rodeaba el escenario, volvía a su memoria aquel trance con el profesor Jorgito Anderson (Pepillito). Fue algo explosivo. Todavía su interior se sobrecogía ante el chillido de dolor y placer que lanzó cuando el durísimo pene le taladró su vagina.
La afortunada mantenida de Wilfredo, inteligentemente, optó por mudarse con él a la confortable vivienda legada de sus padres. Rápidamente le dio dos hijas. Al agotársele el dinero heredado, el infeliz se dedicó entonces a hacer algunos negocios en sociedad con amigos, mas los resultados fueron frustratorios: lo engañaron. Finalmente, se dedicó a criar cerdos para la venta; en ese ajetreo, tenía que ir a campos lejanos a comprar marranos, los cuales encerraba en un corral y engordaba hasta ponerlos en condiciones para ofertarlos a los clientes.
El negocio tenía sus altibajos. Superando las contradicciones, la pareja arribó a quince años de concubinato, una relación caracterizada por las caprichosas imposiciones de la mujer. Durante ese tiempo, a ambos se les dobló la edad; empero, él lucía mucho más golpeado por los años encima. La embriaguez continua de alcohol, las malas noches, la depresión, los problemas, entre otros factores, lo envejecieron con rapidez marcada.
El brusco cambio de vida alteró la actitud personal de Wilfredo, disminuyendo su disposición por las cosas; ya nada le importaba. Frustrado por haber malgastado los bienes heredados, los pésimos negocios iniciados, los engaños y traiciones de los amigos, etcétera, cayó en un estado de indiferencia humana. A pesar del esfuerzo y la presión de su mujer, todo a su alrededor era tormentoso. Entonces se refugió en la bebida y se convirtió en alcohólico. Su estilo de vida lo volvió impotente, razón por la cual Adela se la pasaba aburrida, insultándolo por cualquier motivo y gritándole improperios al desgraciado marido incompetente.
En medio del opresivo clima hogareño, Adela comprendió que su vida emocional no podía depender de un marido desinteresado por el sexo. Ella se sentía motivada para disfrutar plenamente esa parte significativa de la existencia humana, un momento especial de intimidad que se comparte con un hombre lleno de vigor y carácter.
Como mujer interesada en la problemática social del entorno barrial, se enteró de lo que se decía del carbonero, su carbonero, el principal carbonero del barrio. Las variadas chismografías de las mujeres indicaban que, detrás de su apariencia tiznada, había un hombre poseedor de un estilete de carne muy potente, y que la mujer que recibía su punzada vibraba de placer, un placer nunca sentido. Por eso, también se sumó entre las que pujaban por echarse sobre su cuerpo a ese hombre cuya fama de saca orgasmos no tenía igual.
En esa tesitura, se interesó por el famoso carbonero. Así las cosas, procuró la forma de encontrarse con este con discreción. Logró pactar el encuentro; no podía hacerlo en su casa, pues la compartía con Wilfredo y sus hijos, y sería más que una temeridad, un acto de locura extrema. Además, su marido, aunque inmerso en su vicio incontrolable, era espléndido, no desmayaba para que en la casa no faltara nada, y había sido muy bueno con ella. Por lo menos, debía tenerle cierta consideración de gratitud.
En ese propósito, acordó con Yarel verse en el Colegio San Esteban, ubicado en el barrio Miramar y propiedad de la Iglesia Episcopal, donde ella llevaba seis semanas trabajando como supervisora de conserjería. Era temporada de vacaciones y ella acudía allí a inspeccionar las labores de mantenimiento que ejecutaba el personal de limpieza, ante la aproximación del inicio del año escolar, que sería dentro de una semana.
Convinieron en que el carbonero pasaría por su trabajo a cobrar una deuda acumulada por la compra de un producto. Ese sería el pretexto para justificar la presencia de Yarel en el colegio y que le facilitaría acceder dentro del recinto. Acordaron el encuentro a la hora del almuerzo, pues todos se desplazaban al comedor, que estaba en la parte de atrás del amplio patio. Ella lo esperaría en la segunda aula a la derecha del primer nivel; además, por lo regular, ella le cubría la entrada al portero brevemente a esa hora para que pudiera almorzar.
La pareja estaba sumergida en una ardiente entrega, sus cuerpos fundidos en un solo ser, encendidos por el erotismo y jadeando al compás de su respiración compartida. Sentían la aceleración de sus latidos vitales mientras sus manos exploraban la desnudez, recostada sobre el duro suelo de mosaicos del aula. Allí, se entregaban a sensaciones lascivas, moviendo sus cuerpos en apasionados y estremecidos vórtices. Ella se retorcía de placer, él saboreaba el deleite de aquel cuerpo voluptuoso y fogoso, que se abría por completo, recibiendo las punzadas implacables de su miembro, anhelado por la insaciable pasión. Las manos de ambos se deslizaban con frenesí sobre la piel. Estaban perdidamente entregados, acariciándose los muslos, pechos, piernas, y cada rincón del cuerpo; por todas partes, con una locura posesiva.
Sus labios y lenguas se buscaban impetuosamente, fundiéndose en un solo anhelo. En ese momento, se pertenecían con exclusividad. Ella, multiorgásmica, volaba y volaba como jamás lo había sentido. El carbonero, sabiendo su oficio, le daba con potencia enfebrecida. Alcanzaron el rendimiento máximo de su ambrosía, en el umbral del explosivo sacudimiento total de sus cuerpos; el fugaz segundo buscado en el rítmico ir y venir del bálano estericado del carbonero, sudado y ardiente, incursionando con su cosa especial la entraña de aquel óvalo, abriéndose paso con punzadas certeras entre el útero y la vagina, llevando a Adela a una emoción sin precedentes en su sicalíptica vida profana.
Ella disfrutaba al máximo el castigo amoroso del macho apresado sobre su pecho. La emoción la encabritó. Entonces, perdieron el sentido de la prudencia impuesta por las circunstancias del encuentro en aquel centro de enseñanza privado. Soltaron los amarres de la cohibición, elevando sin control su grito de placer; ella lo lanzaba con palabras en inglés, el idioma de los cocolos, voceaba el nombre de su mamá:
—¡Ay, Matilde, coño, esto sí es bueno! ¡Gracias, Matilde, por enseñarme a rapar bien, coño! ¡Matilde, revive para prestarte a este macho! Si te hubieras mudado con este en vez de papá, hubiese sido superfeliz, no tendría que pegarle cuernos, ¡guay, Matilde, Matilde!
...decía el nombre de su madre, lo voceaba, mientras abría las piernas lo más que podía. Se aferraba con fuerza al cuerpo del hombre; se sacudía y seguía con sus alaridos de placer. Entraba al ámbito del más excitante y sensacional clímax jamás alcanzado por ella, cuando se escuchó un cimbronazo estridente al tiempo que un ronco vozarrón de espanto estallaba:
—¡Pero, Adela, coño, te has vuelto loca! ¡Qué falta de respeto es esto, cogiéndote a un hombre aquí, y peor, a este carbonero asqueroso! ¡Te jodiste, perdiste tu trabajo por bandida!
Y enseguida comenzó a vocear y a llamar gente:
—¡Corran, corran, vengan, vengan a ver este cachondeo repugnante! ¡Aquí está Adela, la conserje, cogiéndose en un curso con un hombre! ¡Corran todos, vengan y vean, coño, lo que está haciendo esta maldita cocola del diablo!
Los asustados amantes salieron como un bólido, él con parte de su ropa en las manos, Adela se vistió malamente con prontitud, mientras corría detrás del carbonero chorreándole el semen derramado entre sus piernas, y al correr, sus dos grandes nalgas se movían como si fueran abejones enloquecidos.
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17.- Yarel Con Lola la flaca
Yarel se ocultaba de lenguas las habladoras, subido sobre la caza lograda; la sorpresa lo apremiaba, dejando en suspenso el éxito alcanzado, salía huyendo con el miembro inflamado.
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Lola la Flaca, la segunda hija de Tilo Panza y la haitiana Dodó, vivía intrigada por los decires y chismes sobre el grosor del pene de Yarel el carbonero. Por lo tanto, decidió averiguar de manera personal si eso era realmente cierto, disponiéndose a entrar en la competencia para probar la verdad de tales comentarios. Por consiguiente, buscó la forma de acercarse al famoso "domador de vaginas insatisfechas". Ella vivía un poco distante, en la sabana de Siguitín, un extenso potrero en cuya única residencia vivían sus padres, quienes cuidaban aquel fundo, propiedad de los Mendoza.
Lola, la Flaca, acortó la media distancia y se ubicó en el trayecto del acostumbrado recorrido que hacía el carbonero, mostrando un envase en clara señal de que quería comprar carbón. Lo esperó durante un corto tiempo que, por su ansiedad, le pareció largo. Para llamar de una vez la atención, se puso ropa ligera y sexi. Al divisar la carreta, apuró el paso y llegó hasta él. Yarel detuvo la marcha de la mula ante la señal de la mujer, delgada como una canquiña.
¿Dígame, cuánto quiere de carbón? —preguntó.
—Dame cinco centavos.—¿Y dónde vive? Nunca la había visto —preguntó el carbonero con intriga.
—Qué raro, yo siempre estoy por aquí —dijo ella para despistar.
—Ah, bueno; es que yo conozco a mis marchantas y nunca la había visto.
—Tú borra; será porque te estás poniendo viejo. Yo te he comprado otras veces.
—No recuerdo —reiteró él al devolverle la vasija llena de carbón. La flaca aprovechó para agarrarle la mano mientras decía—: Oye, es verdad lo que dicen de ti.
—¿El qué? —respondió él.
—Tú sabes, no finjas.
Él la miró de soslayo y enseguida adivinó su intención. «Qué jodienda», pensó, y se dispuso a lo que sea.
Lola tenía veintinueve años. Era flaca, espigada, morena y madre de una hija. Su cuerpo estirado, las huellas de la viruela en su cara y su excesiva delgadez no eran del gusto común de los hombres.
—Me detuve a esperarte porque me gustas —le dijo ella sin preámbulos.
—Me lo imaginé, pues nunca te había visto por aquí.
—Dicen por ahí que tu mujer te dejó por infiel y por estar en mala racha. Si estás solo, puedes contar conmigo.
La flaca evidenciaba con rapidez su interés.
—¿Y cómo te la pasas solito? ¿No piensas llevarte a vivir a otra mujer? —preguntó insinuante.
—Eso de mantener a una mujer sale caro; lo que gano no me da para tanto. Por ahora, puedo arreglármelas así —respondió él.
—Sí, pero es bueno tener una compañera que te cocine y te atienda, ya sabes…
—Eso depende de la persona —respondió el carbonero.
—Qué va, eso depende de la mujer.
—Bueno, ¿y tú? ¿Tienes marido?
—Vivo con Pinto, el carnicero —confesó ella.
—¿Y no te va bien con ese tipo? ¿Se la quieres pegar, ¿eh?
—Es que a veces hay que tener su aventurita, ¿comprende? Eso de estar solo con uno no cuadra conmigo; además, él funciona a brega, el cigarrillo y el ron acabarán pronto con su vida. Estoy con él porque me mantiene a mí y a mi hija.
—
—Su olor a tabaco me revuelve el estómago y me desagrada su cercanía. Su propio peso lo agota enseguida —confesó ella.
—Entiendo. No te satisface... Ya veo por dónde van los tiros —comentó él.
—Yo no voy a ninguna parte. Lo que deseo, me lo puede dar usted aquí mismo.
Yarel abrió los ojos de par en par y la observó. Esta vez dejó escapar su acostumbrado silbido, pero no era por el trofeo, sino de puro júbilo. Sin proponérselo, había pescado a una mujer escuálida, oscura y de rostro marcado; pero a él no le importaba. Su misión era satisfacer a esas mujeres insatisfechas por hombres egoístas que las abandonaban a mitad de camino, dejándolas frustradas y con el deseo a flor de piel.
—Aquí no —murmuró él, atento a los transeúntes—.
Pasa demasiada gente; busquemos un lugar más discreto.
—Daré un rodeo. Espérame en aquel bosquecillo de bambú —señaló con un ligero movimiento de cabeza.
Ella asintió.
—Está bien —accedió, antes de emprender la marcha hacia el lugar indicado.
Yarel se ocultaba de lenguas habladoras, subido sobre la caza lograda; la sorpresa lo apremiaba, dejando en suspenso el éxito alcanzado, salía huyendo con el miembro encendido.
El carbonero anduvo durante unos diez minutos, observando que nadie estuviera pendiente de él. Con disimulo, dejó la carreta donde había yerba para que la mula comiera y caminó a pie, lentamente, hacia el bosquecito de bambú acordado. Mientras avanzaba hacia su objetivo, cantaba en voz baja:
Soy el hombre idealizado, del deseo de las fastidiadas; con mi pichón estericado, las pongo dóciles en mis manos.
Llegó al lugar acordado y repitió su conocido silbido de identificación.
Lola, la flaca, salió de donde estaba y llegó hasta él. Iba a probar personalmente lo que decían del sucio carbonero; además, estaba harta de Pinto: la dejaba con todas las ganas adentro. Bertico, con el que le pegaba cuerno, tampoco servía. Y él, sería su bombero que le apagaría el fuego con su fuerte mazo viril.
El carbonero se le acercó y la sostuvo por los hombros, sintió todo el hueserío de su fisiología. Lola le pegó su esquelética anatomía y lo besó en los labios; él correspondió, abrazándola y besándole el rostro por todas partes.
La apartó con delicadeza y comenzó a desvestirse; ella hizo lo mismo. Quedaron desnudos por completo. Yarel observó aquella escualidez de donde sobresalía una vulva grande y peladita. Le gustó, le puso su mano derecha y la paseó lenta y suavemente.
Lola, la flaca, salió de donde estaba y llegó hasta él. Iba a probar personalmente lo que decían del sucio carbonero; además, estaba harta de Pinto: la dejaba con todas las ganas adentro. Bertico, con el que le pegaba cuerno, tampoco servía. Y él, sería su bombero que le apagaría el fuego con su fuerte mazo viril.
El carbonero se le acercó y la sostuvo por los hombros, sintió todo el hueserío de su fisiología. Lola le pegó su esquelética anatomía y lo besó en los labios; él correspondió, abrazándola y besándole el rostro por todas partes.
La apartó con delicadeza y comenzó a desvestirse; ella hizo lo mismo. Quedaron desnudos por completo. Yarel observó aquella escualidez de donde sobresalía una vulva grande y peladita. Le gustó, le puso su mano derecha y la paseó lenta y suavemente.
La Flaca apretó con más fuerza su cuerpo contra él, bajó la mano y le agarró su monumental miembro. Sintió su dureza y tamaño, y un "guau" escapó de sus labios: "Es verdad lo que dicen", comprobó, "pero ahora me toca a mí, lo disfrutaré", dijo para sí.
Al sentir aquella protuberancia dura y puntiaguda contra su cuerpo, la excitación la embargó. Lo sujetó de nuevo, se arrodilló y lo acogió en la boca con delicia. Durante instantes, sus labios se movieron con destreza, acariciándolo con la lengua, en un ir y venir acompasado. Mientras lo besaba, pensó: "Ahora eres mío, mío. Te gozaré y saciaré esta insaciabilidad tormentosa que me consume
El carbonero les hizo una seña para que se tendieran sobre la hierba. Allí, entre caricias y jadeos, se entregaron el uno al otro, perdidos en el apogeo de una excitación desbordante. Sin embargo, en el punto más álgido de aquel encuentro sofocante, un grito de dolor desgarró la garganta de la flaca. Con una fuerza inesperada, la mujer empujó el robusto cuerpo del hombre y se puso en pie violentamente.
—¡Me pica, coño! ¡Me pica mi nalga! ¡Ay, madre mía, cómo me duele! —gritó a todo pulmón, enrojecida por el ardor, antes de salir corriendo despavorida. Un ciempiés la había atacado, hincándole el veneno en las nalgas.
* * * * * * * *
18.- Miguelito y Miriam, “la Caliente”
Miriam, "la Caliente", entabló una amistad especial con un joven de diecinueve años, cuya vida quedó marcada por la invalidez y la epilepsia tras contraer polio a temprana edad. Su madre, Jovita, solía trabajar en la casa de Cristina Alabí, madre del muchacho. En aquellas jornadas de limpieza y orden, Miriam solía acompañar a su madre a la confortable casona.
Miguel, hijo único y alma sensible, encontraba refugio en la lectura de filósofos clásicos y en la escritura de versos. Entre ambos nació una amistad profunda y sincera. A Miguel le dolía la vida errante de la muchacha y, con el tiempo, el afecto se transformó en amor. A diferencia de otros hombres, su interés no era carnal ni predador; su propia fragilidad física le había otorgado una sensibilidad excepcional, convirtiéndolo en un hombre que despreciaba la injusticia y la falta de empatía.
Miguel Fauré Alabí (Miguelito) buscaba en la lectura un refugio propio que lo distanciara de la contradictoria realidad que vivía desde que, a los cuatro años, la poliomielitis lo dejó paralítico. Su existencia se desarrollaba en contraste con las trabas impuestas por el virus, constituyendo un calvario agotador. Veía en los libros una fuente para levantar su ánimo en la lucha contra su padecimiento.
Prefería autores prohibidos o polémicos: el colombiano José María Vargas Vila, D.H. Lawrence con El amante de Lady Chatterley, el Marqués de Sade, Franz Kafka con La metamorfosis y Samuel Beckett con Esperando a Godot. Al releer estos títulos, cultivó una cultura literaria fuera de lo común que dio sentido a su vida y le dio notoriedad ante su familia y amigos. En su postración, desarrolló un estilo avispado y defensivo. Siempre memorizaba un pasaje de Lawrence: «Había estado tan cerca de perder la vida, que la que tenía ahora le parecía sagrada». También leyó a la ocultista Madame Blavatsky, cuya "Doctrina Secreta" fue objeto de debates y persecuciones. Estos libros llegaban a sus manos gracias a los viajes de sus padres o mediante los envíos de un tío materno, anarquista residente en España, quien le proveía de textos tildados de "urticantes" y "tremendistas".
De todas las poesías y poetas consumidos por el joven discapacitado en su lectura cotidiana, los emblemáticos italianos Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Giovanni Pascoli (1855-1912), Giosue Carducci (1835-1907), premio Nobel de Literatura en 1906, y Guido Gozzano (1883-1916), gozaban de su preferencia. Eran autores que encajaban en su crítico pensamiento del mundo, un mundo visto desde su limitado cuadro clínico, y donde quizás, brotaba algún resentimiento de frustración ante el penoso drama de su vida surgida de su dolencia emocional.
Cuando Miriam, "la Caliente", visitaba la casa de Miguel para ayudar a su madre con los quehaceres, este aprovechaba para entablar largas conversaciones. Sin reparar en la limitada formación de su interlocutora, Miguel abordaba temas de una profundidad que la dejaba perpleja. Ella, incapaz de seguir la retahíla de conceptos y términos literarios del ingenioso tullido, lo escuchaba solo por complacencia, aunque terminara abrumada por el tedio. Pese a ello, disfrutaba la compañía del hijo de Cristina Alabí y Odette Fauré, un matrimonio de comerciantes de raíces árabe y francesa. Lo percibía distinto al "tigueraje" burdo y a los hombres que frecuentaba por necesidad. Así, entre la compasión y el afecto, Miriam terminó admirando al desdichado, lamentando siempre el penoso calvario de su estado físico.
Miguelito se encontraba en una edad donde el apogeo del apetito sexual potenciaba un mayor deseo. Sin embargo, su reconocida limitación física le obstaculizaba conocer más el mundo en su patética práctica competitiva. No estaba apto para inmiscuirse en esa atmósfera de sordidez inhumana que caracteriza el mundo de la calle, propenso al boato y al placer, con encrucijadas, traiciones y sorpresas libertinas. Él prefería mantenerse en la soledad de la postración impuesta.
Se enamoraba recogido en su aflicción irreparable, refugiado en sí mismo, y se dedicaba a componer versos y conmovedoras cartas de amor. Se inspiraba en las escasas relaciones que cultivaba con jóvenes allegadas a la familia. Se esmeraba en su creatividad romántica sin obtener resultados positivos al anhelo de su corazón: ninguna aceptaba su propuesta. ¿Qué mujer se atrevería a cargar con un inválido? Era algo torturante.
Miguelito hizo mentalmente un esquema psicológico y físico de Miriam: era dubitativa, incoherente y emotiva en su actitud de vida, por eso no consolidaba sus proyectos. El ambiente la atrapaba; se debía a la manifestación social del entorno. La promiscuidad donde circulaba rutinariamente carecía de olfato estético para valorar su bello y atractivo cuerpo femenino; su apariencia sensual era explotada miserablemente. Su baja cultura contribuía a su desvalorización. Sentía indignación por la desgracia que la afectaba.
La joven fue penetrando en su sentimiento; cuando estaba con ella, quería detener el tiempo para que nunca se evaporara. La colmaba de halagos y regalos, le leía poemas, le daba charlas de sus lecturas preferidas, quería instruirla y transmitirle parte de los conocimientos que cultivaba en los libros.
El esfuerzo era inútil: esta remedaba a su madre en su trasgresión pagana, estaba apegada a los ritmos musicales de bachatas y salsas, era una experta en esos bailes y lo disfrutaba al máximo. Ese era su mundo, el mundo del libertinaje: frívolo, de infidelidad y traición. Esa vida de sinsabores arruinó su corazón, acorralado por pasiones ultrajantes.
Miguelito «el Tullío», como le apodaba la plebe barrial, no concebía que una muchacha sana de corazón, indefensa ante las asechanzas y peligros de la vida e incapaz de hacerle daño a nadie, se dejara impeler hacia la impudicia. No; su temperamento jovial no admitía una inconducta procaz, propia de personas malvadas; a pesar de los golpes de la vida, ella tenía sentimientos nobles. Él era ingenuo y torpe en asuntos de mujeres; abría espontáneamente su interior en toda su dimensión sentimental. Vio en Miriam la posibilidad de un amor comprensivo y generoso: la mujer que lo acompañaría en su infausta existencia. «¿Quién cuidaría de él cuando desaparecieran sus padres?», se preguntaba apesadumbrado. Miriam sería la ideal, pensaba en sus prolongadas vigilias de desconsuelo; ella poseía un alma buena y llegaría a quererlo, se consolaba en sus meditaciones de insomnio. De esta manera, concibió el propósito de atraerla, de rescatarla y de hacerle comprender que necesitaba a un hombre de su condición social y alto valor humano; un hombre que la amara de verdad.
Cada vez que Miriam necesitaba dinero para fiestas o satisfacer alguna urgencia económica, acudía a la residencia de Miguelito en busca de su ayuda generosa; la madre de este comenzó a preocuparse por las continuas visitas de 'La Caliente', desconfiaba de su sabiduría callejera. Su hijo la justificaba diciéndole que la estaba alfabetizando y enseñando la importancia espiritual de la poesía, le leía versos y prosas en su afán de sensibilizarla hacia el drama de su persona. Los temores de su madre se agudizaron ante la asiduidad de la visita de esta, bajo cualquier pretexto irrelevante. 'Esa muchacha jamás entendería esa cultura, no está al nivel de mi hijo, actúa como un imbécil', exclamaba angustiada.
Una tarde en que los padres de Miguelito estaban fuera de la ciudad, participando en una feria comercial en La Romana, Miriam se presentó en su residencia. Sabía que él estaba solo, por lo que llegó vestida de manera más llamativa de lo habitual, con una minifalda que casi mostraba su ropa interior; él la observó con una avidez contenida. Su vestimenta cautivó al joven tullido, quien de inmediato la cortejó con palabras poéticas, fúlgidas y resplandecientes. Ambos se acomodaron en un lugar estratégico de la confortable vivienda.
—Quiero ser tu protector ante la delincuencia que te amenaza en la intemperie. Refúgiate en mí y sálvate de la vulgaridad que asedia tus pasos. No dudes, ven a mí y libérate—, le dijo con enternecimiento solidario.
—Déjame amarte y creer en tu atención especial, déjame amarte lejos de la competencia del mundo ordinario donde pululan seres carentes de sensibilidad humana. No me digas nada que contraríe mi ánimo, pues por encima de todo yo solo existo y viviré para hacerte feliz. Ella sonrió con amabilidad y pensó: este pobre inválido se está volviendo loco. Mas los acentos de la gratitud la acercaban a este con docilidad piadosa.
—Sí, callas —le decía con voz trémula—, eres mi amada. Respóndeme con ese silencio que esconde tu sufrimiento; yo adivino tu suplicio y voy a redimirte, aunque mis padres se opongan. Vámonos lejos de todo lo mundano, de este mundo dominado por la infamia, el egoísmo y la miseria de sentimientos. Vámonos a una distancia remota, donde prevalezcan el amor y la solidaridad humana.
Las lecturas de los libros habían sumergido a Miguelito en un mundo imaginario, y por ello creía tener la capacidad para leer el alma humana, salvarla o regenerarla de su perdición, adivinar tras cualquier rostro impávido las líneas del futuro y liberarla del tormento. Y eso se proponía hacer con Miriam, solo que ella se aprovechaba de su extravagancia para obtener beneficios materiales.
De pronto, ella le interrumpió su perorata con una pregunta incómoda y provocativa:
—Nunca ha estado con una mujer, nunca lo has hecho —.
Él la miró sorprendido detenidamente y respondió:
— ¿Tú te atreves a hacerlo conmigo, con este inválido?
—Tú nunca me lo has pedido, solo hablas y hablas. ¿Es que eres impotente? —.
Calló, y las lágrimas corrieron por su rostro. Ella se le acercó, piadosamente lo abrazó con ternura y lo besó en la cabeza con dulzura, al tiempo que se le sentaba sobre las piernas. Él se estremeció; ella lo apretó con su cuerpo como si fuera a protegerlo. Sintió una aflicción singular por aquel joven tan bueno y tan ingenuo.
Permanecieron cerca de un minuto fundidos en un abrazo, sin decir palabra. Ella, quebrando el silencio, exclamó:
—Estoy aquí para ti, aprovéchame. Te agradezco tanto que, de alguna manera, debo recompensarte.
—Te amo sin malicia, con la pureza con la que aman los poetas —respondió él—. Mas, si hubiera de degustar tu erotismo, lo haría para inyectarte mi pasión y asfixiar la hipocresía que las bestias del oprobio han clavado en tu alma.
Ella se estremeció. Tras contener el aliento, acarició su cabeza con suavidad y le besó el rostro.
—Bésame —le susurró al oído—, yo también siento algo por ti.
Y volvió a entregarse a sus labios.
Miguelito se quedaba impertérrito, indeciso. La tenía en sus manos y no sabía qué hacer.
Miriam le sostuvo la cara con ambas manos y lo besó en los labios; él simplemente aceptaba el gesto con frialdad. Ella recorrió sus mejillas y oídos con la lengua. Le abrió la camisa y le besó el pecho. Luego, subiéndose la minifalda, tomó la mano izquierda de él y la colocó sobre su zona íntima. Él comenzó a tocarla mientras su cuerpo temblaba ligeramente. Ella se puso en pie, se quitó la ropa interior y se alzó más la falda. «Soy toda tuya», susurró. Se inclinó, bajó el cierre de su pantalón. Sin desanimarse, lo estimuló con las manos. Poco a poco, la firmeza aumentó y él empezó a agitarse en la silla, entregándose al placer.
Ella arreció procurando darle mayor excitación, la albondiguita se levantaba aún más. Miguel comenzó a sentir una sensación extraña, como nunca.
La experiencia de 'La Caliente' se imponía sobre la torpeza del joven, quien, marcado por su limitación física, reaccionaba con timidez ante el ardor de La Caliente. Para él, aquel mundo de deseo era algo completamente desconocido.
Miriam continuaba jugueteando, distraída, mientras el pedazo de carne estirado entraba y salía de su boca.
Se hallaban en el punto más alto de aquel deleite cuando, de improviso, el cuerpo de Miguel se sacudió en una convulsión violenta. Un temblor incontrolable lo invadió, la espuma brotó de sus labios y su cabeza cayó inerte hacia atrás. Ella soltó un chillido desgarrador: el joven acababa de sufrir un ataque epiléptico.
Tres semanas más tarde, una multitud compungida escoltó al matrimonio Alabí-Fauré en el funeral de su único y adorado hijo. Entre los asistentes se encontraban Miriam y su madre, hundidas en el pesar. La joven lloraba sin consuelo; sentía un afecto profundo por el difunto, quien había sido el único ser capaz de distinguirla y tratarla con respeto, a pesar de su conocida inclinación al libertinaje.
Lo lloraba con el remordimiento de quien se sabe preso de una "imbecilidad existencial", impotente al no poder arrancar de raíz su vida errática y oblicua. La muerte de su único amigo verdadero la enfrentó a la crudeza de la realidad. En medio de la aflicción, brotó en ella una llama de conciencia fugaz pero penetrante, que sacudió cada fibra de su ser. Sin embargo, el frenesí de su subsistencia —plagado de incertidumbres, simulaciones sórdidas y tentárseos sociales que la absorbían— continuaba atenazándola, hundiéndola cada día más en la vorágine de sus propias pasiones.
Tras aquella tarde de intimidad, el joven sufrió ataques convulsivos constantes hasta que finalmente sobrevino la muerte.
Posterior al fragoroso encuentro íntimo, el joven se sumió en espasmo de convulsiones sucesivas que solo la muerte logró detener. Un mes después del sepelio, la madre del difunto la citó para entregarle una herencia póstuma: un extenso manuscrito, copiado febrilmente de una obra ajena, con ella como único destino. Las páginas, de un aura mefistofélica, abrían con una sentencia fatalista: él sabía que ella acabaría buscando una voz extraña para desentrañar aquel código. El mensaje era un dardo envenenado hacia los padres de la joven, cuya embriaguez perpetua los había despojado de toda ternura, arrojándola al acecho de hombres infames. Aquel texto no era una carta, sino una condena contra la cobardía de esos progenitores a quienes ella aún amaba con una gratitud trágica. Ese mandamiento sagrado, arrancado de su autor predilecto, fue el último vestigio de lucidez antes de que la pena lo devorara.
“Honra a tu padre y a tu madre, porque tu padre te engendró en un rapto de pasión; porque tu madre te concibió en un arrebato de lascivia.”
“Honra a tu madre y a tu madre; porque ambos se ayuntaron en el espasmo del placer y te impusieron la carga de la vida.”
“Honra a tu padre y a tu madre; porque naciste de
ese beso de los labios impuros y de los cuerpos ardientes.”
"Honra a tu padre y a tu madre; porque tu madre te dio su sangre corrompida, germen de histeria, levadura de vicios; porque tu padre te dio su temperamento sensual, su celebridad dolorosa, todo el hastío de su alma insaciable.”
“Honra a tu padre y a tu madre; porque tu madre te hizo vil; porque tu padre te hizo triste.”
“Honra a tu padre y a tu madre; porque ambos te hicieron flor de pecado, morbosa, enferma y sensual.”
“Honra a tu padre y a tu madre; porque tu madre al darte su nombre, te dio uno infame por sus vicios; porque tu padre al quitarte el suyo, te quitó uno, ilustre por sus luchas.”
“Honra a tu padre y a tu madre; porque tu madre te dio la infamia con el suyo; porque tu padre te quitó la gloria con el de él.”
“Honra a tu padre y a tu madre; por haberte legado tu madre el estigma de su conducta; por haberte legado tu padre la mancha de la bastardía.”
“Honra a tu padre y a tu madre; por haberte condenado tu madre a la deshonra; por haberte condenado tu padre al abandono.”
“Honra a tu padre y a tu madre; por haberte criado la una para el pecado, por haberte abandonado el otro para el vicio.”
“Honra a tu padre y a tu madre; por haberte dado la vida así: infame, enferma, envenenada y ruin.”
“Honra a tu padre y a tu madre; por el histerismo vil de la una, por el egoísmo cruel del otro.”
“Honra a tu padre y a tu madre; y, mañana, cuando hayas caído cediendo a tu temperamento, a la sangre corrompida, a la ley ineluctable de la herencia ¡oh víctima inédita!”
“Honra a tu padre y a tu madre; y cuando sientas el hedor, el hastío, el abandono, la tristeza de esa gleba de fango, a que te condenaron dos seres sensuales y egoístas.”
“Honra a tu padre y a tu madre; bajo la pesadumbre, bajo la infamia, bajo el dolor de la vida que te impusieron. Honra a tu padre y a tu madre; y, mañana, cuando sucumbas bajo el peso de tu cruz.”
“Honra a tu padre y a tu madre ; y, cuando agonices en un Hospital, con la podredumbre de la sangre dañada que te dieron por herencia, llagadas las carnes por la corrupción hereditaria, moribunda de los gérmenes que te dieron vida, no olvides a los seres generosos que por darse el lujo del amor, te impusieron esa existencia vil, esa sangre envenenada, esa agonía dolorosa, esa muerte atroz, y, con tu alma donde llorarán todos los dolores, con tus labios tumefactos donde supurarán todos los humores, no olvides orar, niega por ellos.”
“Honra a tu padre y a tu madre; ¡oh creatura del Dolor! “
“Honra a tu padre y a tu madre!”
Cuando Gabriel Colomé terminó de leerle la larga lectura a Miriam, ésta estalló en un llanto desconsolado. Tras apaciguar sus lágrimas recordó una parte de la canción de Tomás Méndez, cantada por Pedro Infante:
“Dejen que el llanto me bañe el alma
quiero llorar, traigo sentimiento
quiero gritar a los cuatro vientos
que no soy nada, que no soy nadie
que nada valgo sin tu querer...”
* * * * * * * *
19.- El encuentro de Yarel con Miriam, "la Caliente"
* * * * * * * *
Yarel, tras oír las innumerables habladurías sobre Miriam, "la Caliente", se dispuso a confirmar si de verdad ella era ardiente en el sexo, según las conjeturas del tigueraje del barrio. Supuso que le sería difícil, dado que ella lo hacía por dinero y él era un arrancado. De todas maneras, haría el esfuerzo. Le dio valor a su silbido —su pitar del amor—, sonrió maliciosamente y confió en que le daría buen resultado en esa caza especial. Deducía que las mujeres eran amorosamente impredecibles.
Se enteró por los rumores de que Miguelito, el único hijo de los Fauré-Alabí, un joven epiléptico, había muerto supuestamente tras ser violado por Miriam. No dio crédito a los chismes; lo consideró una calumnia de quienes envidiaban la amistad entre ella y el inválido. Aunque la muchacha le parecía algo errática, la creía incapaz de cometer semejante atrocidad.
Así que Yarel continuó con su lento recorrido ofertando su carbón y silbando su cacería sexual. En los últimos días no había logrado nada, huy. Su oficio empolvaba su cuerpo por todas partes con el cisco del producto, haciendo más oscuro su cutis, y el sol golpeaba su rostro con intensidad; para aplacar un poco el molestoso problema, se cubría la cabeza con un gran sombrero. Aun así, el sol le daba duro. La suciedad de lo que vendía le distanciaba las pretendientes.
Cuando conoció a Estaulina trabajaba en construcción y otras faenas, y andaba limpio cuando concluía cualquier faena; si fuera como ahora, ella jamás le hubiese hecho caso. Pero así es la vida, sube y baja, y ahora él estaba en baja: en baja por la escasez de dinero y los años que le estaban cayendo encima.
Confiaba en su habilidad para cautivar a Miriam. Más que un hombre impecable y elegante, ella necesitaba a alguien que pudiera conectar con ella a un nivel profundo, y él se consideraba el indicado por su experiencia particular. Se decía que ella no encontraba satisfacción con otros. Él, a este respecto, se consideraba un experto en conseguir esa conexión con las mujeres, razón suficiente para que ella se interesara en su compañía; una compañía que solo él podía ofrecer.
Una tarde, cuando Yarel iba de regreso a su hogar, luego de agotar la jornada del día, se encontró con la popular y famosa Miriam, "La Caliente". Pasó por su lado y la ignoró; era su treta para darse importancia. Ella voceó con fuerza:
— ¡Hey, hey, carbonero, carbonero, párate, párate!
Yarel detuvo la marcha de la mula y dijo:
— Dígame, joven, ¿en qué puedo servirle?
— Soy Miriam, ¿no me conoces? ¿Puedes darme un aventón en tu carreta? Estoy cansada, vengo de lejos caminando.
El carbonero simuló titubear y le dijo:
— Bueno, si te ven montada aquí a mi lado, pensarán que somos algo; ya sabes la lengua viperina de la gente.
— No me importa —dijo ella—, no vivo con ellos.
Acto seguido, extendió un brazo para que la ayudara a subir. Sorprendido por el gesto decidido de la joven, cooperó para hacerle menos difícil el esfuerzo. Iban en silencio cuando ella soltó su lengua:
— ¿Qué raro que tú no me conozcas? Yo a ti sí; te veo por las calles vendiendo carbón. Además, oigo lo que dicen las mujeres y los tigueres de que eres un "cabrón pimentoso" con las mujeres. ¡Guay, ja, ja, ja! —chilló ella ligeramente.
—No te lleves de la gente, eso es jabladuría del tigueraje —dijo él.
—Soy la hija de Jovita y Anselmo —respondió ella para entrar en confianza—. Ahora mismo no tengo marido; me dejé hace poco de Ramón Goñé por tacaño y poco hombre —agregó.
—¿Y cómo te mantienes? ¿Qué haces? —preguntó él.
—Bueno, tengo algunos amigos que me meten la mano y a veces ayudo a mi mamá cuando la contratan para lavar o limpiar casas.
—¿Y con eso te basta? —intervino Yarel.
—No, pero se malvive. Me alcanza para irme de rumba; me gusta bailar, bailo salsa y bachata, llevo eso en la sangre.
—Yo no sé hacer nada de eso. Me gustan las rancheras; oigo a Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, Amalia Mendoza, María Luisa Landín y Marco Antonio Muñiz. También a Toña la Negra, Lucho Gatica, Felipe Pirela, Rolando Laserie, Tito Rodríguez, José Feliciano y el Trío Los Panchos. Soy amante del bolero y la ranchera, pero cuando me estoy bajando mi aguardiente, prefiero la música de acordeón. A veces oigo el perico ripiao de Guandulito, Isidro Flores, Ñico Lora, Toño Abreu, Tatico Henríquez o El Ciego de Nagua. De todos ellos, Guandulito, ese higüeyano, es mi preferido. Dicen que Isidro Flores es de por aquí cerca, de Pajarito, del ingenio Quisqueya —respondió él con tono explicativo.
—¡Uy! Te sabes eso de memoria, pero ese tipo de música es para gente triste —replicó Miriam.
—Para nada. Tienen letras bonitas, de sentimientos; le gustan a la gente serena como yo —dijo él y soltó una carcajada antes de añadir—: En cambio, tú tienes un gusto veloz, acorde a la vida rápida de tu juventud.
—Bueno, cada quien tiene sus gustos —dijo ella.
—Ponte un día a escucharlos y verás —enfatizó Yarel.
—Hay una de tu Pedro Infante que me agrada; la canto cuando estoy desanimada. Esa que dice:
«Dejen que el llanto me bañe el alma» —comentó ella.
—Se ve que sufre mucho —interrumpió el carbonero.
—Es la vida de nosotros los judíos. Tú sufres también, ¿crees que no sé nada de ti? Las malas noticias vuelan —sentenció la mujer.
—Yo no sé hacer nada de eso. Me gustan las rancheras; oigo a Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, Amalia Mendoza, María Luisa Landín y Marco Antonio Muñiz. También a Toña la Negra, Lucho Gatica, Felipe Pirela, Rolando Laserie, Tito Rodríguez, José Feliciano y el Trío Los Panchos. Soy amante del bolero y la ranchera, pero cuando me estoy bajando mi aguardiente, prefiero la música de acordeón. A veces oigo el perico ripiao de Guandulito, Isidro Flores, Ñico Lora, Toño Abreu, Tatico Henríquez o El Ciego de Nagua. De todos ellos, Guandulito, ese higüeyano, es mi preferido. Dicen que Isidro Flores es de por aquí cerca, de Pajarito, del ingenio Quisqueya —respondió él con tono explicativo.
—¡Uy! Te sabes eso de memoria, pero ese tipo de música es para gente triste —replicó Miriam.
—Para nada. Tienen letras bonitas, de sentimientos; le gustan a la gente serena como yo —dijo él y soltó una carcajada antes de añadir—: En cambio, tú tienes un gusto veloz, acorde a la vida rápida de tu juventud.
—Bueno, cada quien tiene sus gustos —dijo ella.
.—Ponte un día a escucharlos y verás —enfatizó Yarel.
—Hay una de tu Pedro Infante que me agrada; la canto cuando estoy desanimada. Esa que dice:
«Dejen que el llanto me bañe el alma» —comentó ella.
—Se ve que sufre mucho —interrumpió el carbonero.
—Es la vida de nosotros los judíos. Tú sufres también, ¿crees que no sé nada de ti? Las malas noticias vuelan —sentenció la mujer.
—Yo disfruto de los ritmos rápidos: el rock and roll, el twist, la salsa, el mambo... Cuando los tragos se me suben a la cabeza, termino imitando el baile del cubano Benny Moré —comentó ella entre risas.
—Sin embargo, hay orquestas con una energía contagiosa, como las que tocan guaracha —replicó Yarel—. Escuchar a la Sonora Matancera, a Pérez Prado, al Gran Combo de Puerto Rico o a Tito Puente es invitación segura para bailar y sudar cuando el cuerpo está en su punto.
—Pero cuando oigo un merengue de Joseíto Mateo, Johnny Ventura o Vinicio Franco, me vuelvo loca. La música que ellos tocan lo pone a uno a vibrar; no importa la edad, es para viejos y jóvenes —ripostó Miriam en tono defensivo, soltando una carcajada.
—No me crea tan pariguayo. A veces escucho al boricua Ismael Rivera; me encanta «Las caras lindas» —respondió él, y acto seguido, para demostrarle su talento, le cantó una estrofa.
“Las caras lindas de mi gente negra
Son un desfile de melaza en flor
que cuando pasa frente a mí se alegra
de su negrura, todo el corazón.
Las caras lindas de mi raza prieta
tienen de llanto, de pena y dolor
son las verdades, que la vida reta
pero que llevan dentro mucho amor…”
—Eres un diablo —rió ella con ganas—. Debiste dedicarte al canto en lugar de al carbón, aunque con esa voz ronca no sé yo... ¡ja, ja, ja!
—Ha sido un placer, de verdad. Dicen que no hablas mucho, pero conmigo te desataste.
—Déjame aquí mismo, frente a lo de Papi Quijá. Me voy a tomar una fría y a poner algo de salsa en el tocadiscos. Nos vemos luego.
Se bajó de la carreta y Yarel se quedó mirándola. Su figura se le había quedado tatuada en la retina. «Está agradable», se dijo para sus adentros, «tengo que ver qué sucede».
El carbonero era aficionado a las canciones rancheras; Pedro Infante era su artista predilecto. No salía de su hogar sin escuchar el programa de esa música que se transmitía por HIZ, AM, 'la pionera', y de noche se dormía oyendo boleros de Roberto Ledesma, Daniel Santos, Lucho Gatica, Orlando Contreras, Altemar Dutra, Tito Rodríguez, Nat King Cole, Julio Jaramillo, Bienvenido Granda, Leo Marini, Agustín Lara, Armando Manzanero y el trío Los Panchos. Se deleitaba, memorizaba letras de sus canciones y se aprendió 'Cielito lindo', de Pedro Infante, que repetía en alta voz cuando estaba caliente por los tragos de aguardiente.
De la Sierra Morena, cielito lindo, vienen bajando
Un par de ojitos negros, cielito lindo, de contrabando
Ay, ay, ay, ay
Canta y no llores
Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones
Ay, ay, ay, ay
Canta y no llores
Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones
Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca
No se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca
Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca
No se lo des a nadie, cielito lindo, que a mí me toca
Ay, ay, ay, ay
Canta y no llores
Porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones
Ay, ay, ay, ay
Canta y no llores.
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20.- La cita de Yarel con Miriam, “la Caliente”
Ojos acechantes perseguían al carbonero deseado, obligándolo a consumar su caza faldera en ruinas y montes lejanos; escondido de las insidias morbosas, disfrutaba apresurado la presa atrapada, haciéndolo rápido abreviaba lo galanteado.
Tras varias semanas persuadiendo a Miriam, «la Caliente», Yarel obtuvo el sí deseado. Acordaron verse en las ruinas del Club Sirio-libanés, el antiguo Country Club; un lugar abandonado donde darían rienda suelta a su pasión. La joven se lo puso difícil, pero finalmente cedió. Él quería comprobar si era verdad lo que decían quienes la probaban: que nadie se la sacaba. A sus 45 años, se sentía sexualmente potente; su falo no le fallaba y, cuando era necesario rendir al máximo, su energía aumentaba con el fuego vibrante de su erotismo.
Ese domingo, Yarel despertó alegre y, al mismo tiempo, nervioso. Por primera vez, una mujer lo había a coger lucha, y más aún esta mujer libidinosa. Sintió vergüenza de sí mismo, pues desde el primer momento que ella le puso objeciones, debió desistir de la conquista. Mas su orgullo y machismo prevalecieron y continuó cortejando a la mujer que atraía todas las miradas.
Iba a involucrarse con una mujer de mucha experiencia, que a pesar de su juventud sabía manipular a los hombres. Hacerlo con ella era un reto a su capacidad viril y la confirmación de su reputación. No debía fallar.
Yarel fue a un rincón de la habitación, levantó un macuto y sacó su botella de aguardiente. Sujetó la botella de medio litro en su mano izquierda, la alzó brevemente y miró aquel líquido con especial atención y delicadeza. Besó el pequeño frasco de vidrio y se dio un trago largo; lo disfrutó sonriente y se sintió un hombre nuevo, con la energía renovada y listo para un nuevo «combate», ahora con la famosa Caliente.
De las bebidas alcohólicas que degustaba, la ginebra era su preferida; empero, su alto costo lo obligaba a inclinarse por otras opciones más cercanas a su bolsillo. Le agradaba la ginebra por su sabor amargo y ligeramente seco, y cuando la misma no aparecía a la brevedad de su urgencia, optaba entonces por el ron blanco, cuya sensación suave y dulce lo obligaba a beberse más de una botella, produciéndole un rápido efecto embriagador, situación que lo ponía eufórico.
¡Cuántas vacilaciones había vencido gracias a aquellos tragos! Contribuían a calentarle las entrañas, estimulaban su cuerpo subiéndole la temperatura interna. Actuaban como un estimulante para las ocasiones especiales. No quiso repetirse otro trago porque estaba en ayunas; tan pronto le echara algo al estómago, volvería a tomarse otro.
En ese instante, meditó en Estaulina y en sus hijos, y en cómo la pasaban sin su presencia. Pensó en el varoncito, que ya iba camino a formarse; era un hombrecito. «Ah, qué niño ese, inteligente y despierto; es mi herencia perfecta», se dijo. Le subió un poco el volumen al radio para escuchar las rancheras de Pedro Infante. El programa había iniciado y no se lo perdía: en ese instante sonaba "Amor de mis amores". Las letras llenas de amor y tristeza lo estremecieron.
Escuchó la canción y su melodía con los ojos llorosos y sintió pena por Estaulina y los niños, se culpaba de su desgracia, de su estrechez y de lo duro que se había puesto la vida. Guardó silencio y al rato sonó la ranchera que decía:
Poniendo la mano sobre el corazón
Quisiera decirte al compás de un son
Que tú eres mi vida
Que no quiero a nadie
Que respiro el aire
Que respiro el aire
Que respiras tú
Amor de mis amores
Sangre de mi alma
Regálame las flores
De la esperanza
Permute que ponga
Toda la dulce verdad
Que tienen mis dolores
Para decirte que…
Permite que ponga
Toda la dulce verdad
Que tienen mis dolores
Para decirte que tú eres
El amor de mis amores.
Esta y otras canciones puntuales, con claros propósitos amorosos, solía cantárselas a su amada Estaulina cuando eran novios. Con esas letras y su gruesa voz entonándolas, se apoderó de su corazón. ¡Ah, aquellos tiempos, por qué no vuelven!
Yarel, el carbonero, se debatía en las contradicciones de sus deseos, buscando ternura y cariño que ocuparan el lugar de la mujer escapada. Agotado, bostezaba el abandono, sin encontrar el leteo a su sufrir. Era hombre y era humano, fuerte y débil; el placer de la eyaculación predominaba en su haber como estandarte de su virilidad. A ello se debía, y por ello resonaba su nombre en los labios de las anorgásmicas insaciadas.
* * * * * * * *
21.- Los números sexuales del doctor Alam
El deseo inmenso por poseer a "La Caliente" puso a Yarel en tensión; su apetito por esa mujer se introdujo en su psique con voracidad tormentosa. La joven, con su provocación y encanto seductor, se había incrustado en su mente con signos patológicos. Su obsesión lo mantenía inquieto: el insomnio y un dolor de cabeza se convirtieron en una molestia inesperada que lo obligó a acudir, preocupado, a un médico. Hizo un alto en su habitual venta de carbón y se presentó al principal centro de salud de la ciudad. Acudió muy temprano para obtener uno de los primeros turnos y obtuvo el número seis. Esperó con impaciencia el llamado de la secretaria, una señora de unos cuarenta años que ejercía su labor con cortesía y atención. Tras sesenta y cinco minutos de espera, lo invitó a pasar. No había privilegios: cada paciente debía entrar según el orden de llegada, a excepción de algún caso de extrema urgencia.
Yarel Green, ingresó al confortable consultorio donde el prestigioso y popular facultativo de raza árabe (libanés) recibía sus pacientes para examinarlos y auscultar su complicación de salud.
Al ingresar al despacho del doctor Alam, un profesional de la salud tenido como el medico de los pobres, y quien además de atender a sus pacientes en el hospital conocido como “Rancho Grande”, construido en 1937 por el afamado médico ortopeda alemán Carl Theodor Georg (Mister Yor) 1884-1966, también lo hacía a domicilio. Un frío de tensión se apoderó de todo el cuerpo de Yarel Pastel, interiormente lamentó su decisión de ir a ver al médico, que pendejo soy, teniéndole miedo a un simple dolor de cabeza, pensó. Pero ya estaba allí y no había vuelta atrás. El doctor Alam al observarlo se percató de inmediato de su nerviosismo.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo? ¿Qué le sucede? —interrogó el facultativo con voz autoritaria.
—A decir verdad, doctor, no sé por dónde empezar. Me invade la vergüenza —admitió el hombre—, pero entiendo que a un médico hay que hablarle con total franqueza. Seré directo.
—No se preocupe, buen hombre. Lo ubico bien: usted suele pasar por la calle Salcedo, donde resido, ofreciendo su carbón. Mi empleada suele comprarle. De hecho, he escuchado por ahí que es usted un galán empedernido, que no deja pasar a ninguna y que posee un atributo... imponente.
El comentario rompió el hielo y ambos estallaron en una carcajada.
—¡Ay, doctor! No se lleve de los chismes ni del decir de la gente. No le voy a ocultar que, cuando veo a una mujer que me atrae, le lanzo su piropo; lo hago para motivarme, para pasar el rato. No soy uno de esos tigres que andan por ahí incomodando a las damas. ¡Qué va! Yo respeto a las casadas y a las señoras, pero si aparece alguna «fácil»... bueno, soy hombre, ya usted se imaginará.
—Bien. Dígame ahora, ¿a qué ha venido a verme? ¿Qué le pasa?
Tras un breve silencio, decidió contarle su problema:
—Bueno, eh... como estamos en confianza, le diré que hace unas cinco semanas conocí a una chica media atronada, de unos 22 a 25 años. Pero ¡ay, doctor!, qué cuerpo más seductor tiene la dichosa; vuelve loco a cualquiera. Me ha sacado de quicio. Le tiré a ver qué pasaba; usted sabe mi condición y no creo que a muchas les agrade un pobre carbonero. Pese a ello, le hablé a la joven y, ¡vaya sorpresa!, casi «estamos en eso».
Al pronunciar las últimas palabras, levantó ligeramente el rostro, sonriendo con malicia y aire triunfante para proseguir con su confesión.
Desde el día que pude hablar con ella y noté que le atraigo, no duermo. Me siento tenso, loco porque llegue el momento de estar con ella. Ya hablamos y quedamos en vernos el domingo. Ay, doctor, creo que ese día me voy a morir, porque las ganas que tengo de poseerla son terribles; nunca me había pasado algo así. Y sepa, doctor, que llevo en mi haber una larga lista de fornicadas—y ambos rieron con morbo.
Según los rumores de los muchachos, esa joven tiene una dificultad; dicen que no logra alcanzar el orgasmo. Siento que tengo un gran desafío, pero temo fallar, doctor, y que ella me desprestigie. Casi no duermo pensando en cómo evitar quedar mal —afirmó Yarel.
Después de escuchar al paciente, el conocido médico le interrogó:
—¿Dígame, usted se toma su tiempo con las mujeres durante el acto o simplemente se confía le entra de una vez atento al poder de su calembo? —.
—No, doctor, ya por los años de práctica uno va adquiriendo experiencia en esos asuntos para quedar bien y con prestigio. Si se actúa de manera rústica, la mujer sale huyendo y desacredita a uno; eso lo sé por mi veteranía. Además, en los últimos meses, con la única que lo hacía en una cama era con mi mujer, y me abandonó hace varios meses. Yo, por lo regular, me defiendo en los montes, en lugares inhabitables, en construcciones abandonadas... En esos sitios lo hago más parado: la inclino con la cabeza para abajo y el trasero para arriba, me agacho y se lo como. Usted sabe, no me alcanza para pagar un hotel o una casa de citas, por lo que tengo que resolver a mi manera —.
—Lo admiro, porque un hombre económicamente arruinado como usted y que le aparezcan mujeres que se le ofrecen en esas condiciones, la verdad es que usted es un héroe en esa vaina, ja, ja, ja—.
Tras pausar la risa, el doctor Alam le manifestó, ahora en un tono profesional y orientador:
—Las mayorías de las mujeres tienen ese problema, que según la especulación, padece la chica de la que usted me habla, su enamorada, no lo exteriorizan, sienten vergüenza confesarlo y menos a su pareja, más del 90 por ciento no se viene, les fijen al hombre porque les da vergüenza no lograrlo, creen que si confiesan la botan, en su caso, corrijo, el de esa muchacha de la que usted me habla con tanta pasión, amerita un tratamiento sexológico y psicológico, aunque soy médico y poseo varios conocimientos vinculados a mi área, no me considero con la capacidad suficiente para hablar con profundidad de ese tema, sin embargo, mi cultura asociada a mi profesión me permite dar algunos consejos y orientaciones, una especie de antesala, al final recomiendo visitar a un profesional exclusivo de esa área.
Sepa usted, amigo carbonero, que la inventiva es fundamental en las relaciones. A muchas mujeres eso les fascina. Es importante romper la rutina, en cualquier lugar y, de cualquier forma. Aquellas que parecen rehuir la franqueza a menudo esconden sus verdaderas preferencias. Se valora al hombre con experiencia y capacidad para explorar el mundo de las fantasías eróticas; valoran la innovación, al hombre que rompe la monotonía y no se limita a lo predecible. La repetición genera aburrimiento, lo que deriva en situaciones indeseadas, a menudo ocultas bajo apariencias.
El médico se deleitó con la charla. Jamás un paciente se había presentado en su consulta tan atribulado por un lance de amor, ni con tal disposición para desnudar su intimidad sentimental.
—Escuche lo que le voy a decir, amigo carbonero: existen diferentes posturas sexuales. Unas se pueden ejecutar en la cama y otras no necesariamente; uno actúa según las condiciones, tal como hace usted. Lo que se busca es excitarla, entusiasmarla.
—He escuchado eso de los números, pero cuando estoy en lo mío se me olvida todo lo que oigo en la calle; actúo a mi manera y ya. Le soy franco: yo me valgo de mis mañas y mis trucos —interrumpió el carbonero. Ambos se echaron a reír.
—Comprenda que la misión sexual del hombre es buscar cualquier forma de excitarla y lograr que alcance el orgasmo; ese es su trabajo en la relación: satisfacerla. Sin embargo, la mayoría, en cuanto se vacía, se desentiende de ella sin que le importe si sintió placer o desagrado —continuó explicando el médico.
—¿Dígame, amigo, usted ya conoce sobre el número 69?
El paciente se quedó helado ante la inesperada pregunta; no esperaba que el médico fuera tan directo y crudo. Se quedó mudo de momento, sin saber qué decir.
El doctor Alam no le dio tregua y, seguidamente, entabló una plática chispeante y provocativa.
—Claro, seguro que lo ha practicado; es la postura más particular en las relaciones sexuales. Pero debe saber que existen otras decenas de posiciones, cada una representa una variación, algo distinto para la mujer. Por si lo ignora, le hablaré de algunos de esos trucos, aunque cada cultura étnica tiene sus formas particulares: los indígenas tenían las suyas, los indios, los de China, los africanos, los americanos, los europeos, etc. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas posturas ya son conocidas internacionalmente, e incluso se ha escrito mucho sobre eso; las revistas sexológicas y pornográficas las han difundido con una amplitud llamativa. Hay muchos expertos o profesionales sobre este tema.
—Además del sesenta y nueve, como le dije, están el perrito, el misionero, la esfinge, el sacacorchos, la mariposa, la sirenita, el pulpo, la bicicleta, el enchufe, la vaquera, la vaquera invertida, la cucharita, el gato, la silla caliente, la peonza, el cara a cara, camino al cielo, el vago, el trono, la bailarina, la carretilla, el dragón, el surfero, la solución rápida, el misionero enganchado, el regalo envuelto, la X, el ángel de las nieves, la fusión, la araña y la libélula…
Los dos soltaron una carcajada de complicidad.
—Espere, déjeme seguir, hay más. El ascensor; el torpedo suizo, el estandarte, pirata generoso, las tijeras, perro tumbado, el gato, catarata, entre otros. Y volvieron a reír con entusiasmo picante.
—Espere, déjeme seguir, hay más: el ascensor, el torpedo suizo, el estandarte, el pirata generoso, las tijeras, el perro tumbado, el gato, la catarata... —enumeró, provocando que ambos volvieran a reír con un entusiasmo pícaro.
—Eso es divertido. Y las mujeres de verdad —añadió—, las que se entregan con seriedad y liberan su libido sin ambages, entienden que el sexo canaliza energías interiores, que alivia el estrés y funciona como un bálsamo psicológico. Por eso actúan con disposición, cooperan e incluso piden que se haga de esa manera.
Las risas de ambos volvieron a estallar, llenando el espacio con un timbre alborotado.
— Creo que usted es un artista por lo que me dice de sus aventuras románticas en los lugares apartado y escondido, donde se encuentra o lleva sus hembras cazadas. Usted utiliza con mayor frecuencia la solución rápida, es una de las más apropiadas para emplearlo en las condiciones en que usted actúa, según me confiesa. Además, en ese escenario puede aplicar el ascensor, el chef, el dragón, el estandarte, el perrito, el surfero, la bailarina, la estantería, la G, la mantequilla, la vaquera, el misionero, el perro tumbado y servicio de habitación —, y ambos volvieron a reír con estridencia.
—Discúlpeme, doctor; cuando entro en acción no tengo tiempo para pensar en esas cosas. Según me voy calentando, voy actuando. No sé si hago alguno de esos «números» de los que usted me habla; es posible que ocurran sin darme cuenta. Es más, creo que los he hecho en ocasiones sin percatarme. Si uno se pone a pensar en eso, se le «enfría el tabaco» por los nervios. De todas maneras, trataré de seguir sus consejos; quién sabe si pronto los necesite. Si le narro mis experiencias y los sustos que he pasado en esos sitios, se reiría de mí y pensaría que soy un bellaco. Pero no, lo que sucede es que el sexo es una locura; una locura buena, agradable y beneficiosa para la mente, el cuerpo y la salud. Es vida; se lo he escuchado a los que saben, como usted.
—Veo que es usted un mañoso y un pícaro. ¡Uy! Usted no se detiene ante nada; de verdad que se las trae. Está listo para pelear por su hembra en cualquier terreno. Lo felicito, por algo tiene esa fama de «fornicador callejero» que le entra a lo que aparezca sin pensar en las consecuencias.
—Para nada, doctor —replicó Yarel—. Soy un hombre pacífico. No me gustan los líos de barrio y trato de mantenerme al margen. Eso sí: el que me busca, me encuentra. Evito los conflictos, pero a veces los problemas lo persiguen a uno, ¿me comprende?
Luego de escuchar las explicaciones sobre el sexo del doctor Alam, Yarel, el carbonero, se despidió de este. En el trayecto de regreso a su hogar, iba meditando sobre la larga conversación que recién había sostenido con el sabichoso profesional de la salud. Nunca antes había entablado un diálogo a ese nivel; aunque era un amante compulsivo del sexo, le daba vergüenza hablar de ello en público o con personas a las que no les tenía confianza. «Pero los médicos son una excepción», se dijo. La gente dice que son consejeros profesionales y por eso no se les puede ocultar nada; así pueden curar con más facilidad al enfermo. «Pero yo no estoy enfermo», pensó de inmediato. Un dolor de cabeza por el hambre de una «chocha» deseada no puede considerarse algo grave. «No, qué va, yo estoy bien; son los nervios por la ansiedad. Esto se me pasará el domingo cuando le arrempuje mi daga de carne dura a esa tiguera comible.
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22.- Miriam, “la Caliente” preparándose para cumplir la cita con Yael, el carbonero
Miriam sufría en silencio su incapacidad para alcanzar el orgasmo; cada encuentro sexual la dejaba sumida en la frustración. A menudo recurría a la masturbación para intentar satisfacerse, un acto que le provocaba una profunda vergüenza interna. Desesperada por experimentar ese estremecimiento de los sentidos, se preguntaba con amargura si sus amigas lograban ese deleite que a ella le era esquivo.
Culpaba a su madre, Jovita, quien jamás abordó esos temas con ella ni compartió secreto alguno, ni siquiera cuando la entregó al «negro de Tilón». Jovita actuó como celestina, embaucando a un padre que solo vivía para emborracharse y olvidar la invalidez que le dejó aquel accidente, tras haberse gastado el dinero del seguro. En los últimos días, Miriam evitaba salir con sus compañeras; sabía que la noche terminaría inevitablemente con un hombre y la misma sensación de vacío: el deseo encendido, pero nunca consumado.
Entonces pensó en el carbonero. Era cierto que siempre andaba sucio y tiznado, pero estaba segura de que, si se citaba con él, iría limpio y perfumado, al menos para esa ocasión. Además, ¿con cuántos hombres malolientes no se había acostado ya? Se decidió: saldría con él. El inconveniente era que el hombre no solía parrandear, bailar ni beber en grupo; prefería tomarse su aguardiente a solas. 'Bueno', meditó ella, 'ya veré la forma de convencerlo para que me invite a unas cervezas o un ron; seguro que él también querrá entrar en calor antes de hacerlo'.
Acudió donde su amiga Rosita «la Plebe» para que la asesorara y le prestara una minifalda que la hiciera sentir segura y atractiva. Sus propias prendas ya estaban muy vistas y sabía que Rosita tenía un gusto especial para elegir ropa que realzara su figura. Además, necesitaba unos tacones para ganar altura, pues el dichoso carbonero le sacaba demasiada ventaja. Con ese plan en mente, llegó a casa de su amiga y, sin rodeos, le soltó:
—Tengo una cita mañana domingo a las once, y quiero que en cuanto me vea le agrade mi apariencia.
—¡Ja, ja, ja! —rio la Plebe—. Ojalá te vaya mejor que con Miguel «el Flaco». Ya me enteré por las malas lenguas que él anda en otra cosa ahora.
—Es que hay que tener a alguien que cuide de uno. Esos tigueres de la calle son unos frescos; quién sabe cuál de ellos me quiere hacer una maldad, violarme o hacerme algún daño solo porque me niegue a dárselo de gratis o porque no me guste.
—El Flaco me compra mi cerveza, me da para arreglarme el pelo y me ayuda, tú sabes. No es buena vaina en la cama, pero es lo que hay por el momento —y las dos volvieron a reír.
—¿Y qué te trae por aquí? Hace días que no venías —comentó Rosita.
—Ya te dije: me veré con un hombre. Pero no es cualquier "tigre"; este tiene fama de tenerlo grande y de hacer gozar a las mujeres.
—¡No me digas que es con el carbonero ese! —exclamó Rosita.
Ambas intercambiaron miradas rápidas, cargadas de una complicidad adivina. Miriam musitó:
—Sí, es con él. ¿Qué me dices?
—Sabes que yo también siento curiosidad por ese carbonero —comentó—, aunque ya se nota que los años le están pesando. A lo mejor es puro "buchipluma" y cuentos de la gente.
—No creo —respondió la otra—, sé de varias amigas frígidas a las que les ha quitado el frío.
—Bueno, si lo compruebas, préstamelo después de que lo goces —dijo La Plebe soltando una carcajada.
—A cambio, te prestaré una minifalda que solo me he puesto dos veces; tú y yo somos la misma talla.
—Gracias, sabía que no me fallarías. Luego te cuento, pero si el carbonero da en el clavo, te lo recomendaré para que te toque lo tuyo.
Ambas rieron y se abrazaron. Miriam salió hacia su casa para ponerse atractiva para su cita de placer. En el mundo de las "mujeres alegres", es una práctica común prestarse la ropa.
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23.- Miriam, "la Caliente". sale a encontrarse con Yarel el carbonero
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La Caliente se jactaba de domar hombres aciagos; los probaba y los dejaba con una relación frustrada. Se quedaba en la cama ansiosa de ganas.
Miriam, apodada «La Caliente», era una mujer sumamente supersticiosa. Aunque no frecuentaba la iglesia, se consideraba una ferviente católica; por ello, acostumbraba a persignarse antes de acostarse y al levantarse. Como muchas mujeres de su entorno, visitaba a brujos para que le adivinaran la suerte. Nunca faltaba al funeral de algún conocido del barrio y rezaba con profundo recogimiento en los novenarios; irónicamente, esa puntualidad contribuía a que otros la juzgaran como una mujer vulgar de la calle. Sin embargo, no era una prostituta de oficio; solo se marchaba con hombres en contadas ocasiones, cuando la apremiaban necesidades que requerían una solución obligatoria. En el fondo, era una mujer consentida.
El domingo fijado para su encuentro con Yarel, el carbonero —aquel de quien tanto murmuraban sus amigas—, ella despertó antes de lo previsto. Se quedó tendida, con la mirada perdida en el techo de zinc, repasando las breves conversaciones con el hombre que pronto la poseería. Le asaltaban las dudas: «¿Y si no me satisface? ¿Y si todo es solo palabrería y resulta ser otro como los demás, dejándome frustrada?». Se aferró a la esperanza de que él fuera el amante excepcional que prometía ser. Sin embargo, una sospecha la inquietaba: ¿por qué citarla en aquella ruina? ¿Acaso era tan tacaño o estaba tan quebrado que no podía costear una habitación donde Antonia la Jaba o Pablo Arias? Pese a las dudas, ya había aceptado; la intriga por descubrir la verdad era más fuerte que su recelo.
Se levantó y se bañó. Mientras se enjabonaba, volvieron a asaltarla las dudas. Recordó lo amable y decente que él se mostró cuando se conocieron en la carreta; aquel día notó que, tras el hombre tiznado de carbón, se escondía una persona inteligente y culta. Además, nunca había oído nada malo de él: era tímido y callado, pero eso no era una ofensa, sino su forma de ser. Terminó convenciéndose de sus virtudes y sonrió con optimismo.
Para darse importancia a sí misma, Miriam, "La Caliente", se contempló en el espejo de la coqueta. Dio unos pasos cortos y rió: estaba "comible" para el carbonero. Quería confirmar si él era un experto dándoles gusto a las mujeres; vivía ansiosa por sentirlo y estaba dispuesta a cualquier sacrificio. A veces ofrecía su cuerpo por dinero o necesidad, pero cuando un hombre le gustaba, se le entregaba sin pena. Con aquel pobre diablo lo haría por puro placer. Iba a gozar, y eso valía más que lo que ese arrancado podría darle. Cuántas veces se había regalado para quedar igual de insatisfecha. Esta vez, el gusto era lo único que importaba. Estaba eufórica.
Bajo el peso de su propia leyenda, Miriam «la Caliente» emprendió el camino hacia Yarel. El encuentro prometía fundir la negrura del oficio del carbonero con la temperatura febril que ella siempre desprendía.
Salió de su casa y se detuvo brevemente donde Mayra, la 'maipiola', para que le pusiera un toque de su perfume, el Chanel de 1921 que le obsequiaban sus amigos adinerados; tenía que embriagarlo con su aroma. Se sintió a gusto; su transformación física era visible. La cita era a las once de la mañana. «¿Por qué carajo el jodido ese puso esa hora?», reflexionó. El lugar elegido eran las ruinas del club de los árabes; ahí no entraba gente, solo animales. «Bueno, él sabrá; será que está acostumbrado a meterse en ese escondite», caviló."
—¡Fuii fuio! Mami, ¿para dónde vas tan guapa? —le voceó Pedro el Cojo, un vecino que siempre la enamoraba.
—Voy a casa de mis padres; saldré con mamá a una diligencia —respondió ella con picardía para despistar.
—Qué bien, veo que hoy es un día familiar. Pero estás bomba; te daría lo que no tengo, ya tú sabes… —añadió él soltando una carcajada.
—Ustedes los tigueres no cambian, solo piensan en cómo metérmelo. No les importa nada de mí, se creen los dueños de mi vida.
—Es que nosotros no tenemos la culpa de que estés tan buena —respondió el Cojo—. Eres la codicia carnal de todos en el barrio, tú bien lo sabes.
—Yo contigo no lo haría ni por todo el dinero del mundo. No me gustas; tendrás que violarme —sentenció ella antes de alejarse con rapidez.
Miriam apresuró sus pasos mientras pensamientos eróticos invadían su mente. Recordó conversaciones con hombres que se jactaban de ser expertos en coger mujeres; sin embargo, solo se apresuraban en eyacular, dejándola insatisfecha y con un deseo inconcluso. Ellos afirmaban que el placer femenino terminaba con su propia culminación. Miriam, no obstante, desconocía las explicaciones del ginecólogo Frank Desueza Fleury, quien detallaba la existencia de las glándulas de Bartolino, que segregan lubricante vaginal, y de las glándulas de Skene, responsables de liberar el fluido blanquecino durante la eyaculación femenina.
Además, durante la excitación, la mujer recorre varias fases en las que su cuerpo experimenta cambios fisiológicos súbitos, como el aumento del ritmo cardíaco y la respiración. La zona genital se humedece y expande, el clítoris se lubrica y aumenta de tamaño, los pechos se hinchan y los pezones se endurecen. El cerebro libera sustancias como endorfinas, oxitocina y dopamina, impulsando emociones intensas. Finalmente, al llegar al orgasmo, el cuerpo se sacude con espasmos, incluso en los pies, y las pupilas se dilatan.
Todos esos fenómenos químicos y fisiológicos ocurren en fracciones de segundo. El orgasmo femenino transforma la estructura muscular en un proceso tan veloz como intenso, culminando en una sensación maravillosa y sin igual; un deseo inmenso de prolongar ese instante especial. Miriam, "La Caliente", había oído hablar de las mujeres multiorgásmicas. ¡Ah, qué feliz sería si fuera una de aquellas que no se detienen, permaneciendo suspendidas en ese mundo de placer ininterrumpido!
Las pocas amigas de Miriam que practicaban esa faceta sexual le confesaban que, mientras las penetraban, se tocaban los pechos, las nalgas y hasta le metían un guebo de gomas por el trasero; se masturbaban al mismo tiempo que recibían lo suyo. «Cuántas vainas hay que hacer para sentir gusto de verdad», se dijo.
—Hoy será mi gran día, coño. Sabré lo que es sentir placer, volaré al cielo —exclamó para sí, abriendo los brazos y mirando hacia arriba mientras apuraba el paso hacia su encuentro con la felicidad. Quien la viera en ese momento, pensaría que estaba loca.
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24.- Yarel rumbo al encuentro con la deseada Miriam, "la Caliente"
Ese domingo Yarel el carbonero amaneció de lo más contento; iba a verse con la mujer que más brega le había dado para tener algo íntimo, y eso había que festejarlo. Tenía ganas de embicarse su botella de aguardiente, pero como estaba en ayunas, decidió aguantarse. Primero tenía que ir a jondearse un plato de cocido donde Mon.
Salió al patio a echarles un vistazo a las gallinas, a la mula y a la existencia de carbón, y se dirigió a la letrina a hacer sus necesidades. Ya evacuando, volvió a meditar sobre el reto que significaba estar con esa joven; temía ser un fiasco. Desde que Estaulina lo abandonó, eran contadas las veces que su "anzuelo" lograba pescar algo; las mujeres atractivas lo evadían por los chismes de las habladoras que, en cuanto se enteraban de algo, lo difundían por malicia. Le era difícil convencer a una joven de treinta para abajo, por eso prefería buscar a las de cuarenta en adelante y, si tenían marido, mejor, pues garantizaban el secreto. Se la jugaría ahora con esta diablilla.
Buscó en su baúl sus prendas negras; solía usarlas de noche para cultivar un aire de misterio. Aunque bajo la luz del día desentonaban, el negro era su color de la suerte. Se vistió con parsimonia mientras planeaba cómo complacer a la mujer, decidido a que ella jamás pudiera olvidarlo.
Estaba listo para enredarse con aquella mujer tan fogosa como apetecible. Su atuendo negro le otorgaba el aire enigmático necesario para realzar su imagen ante la joven que, en las últimas horas, le había revuelto los sentidos. ¿Se habría enamorado? No, no creía en semejante disparate. Recordó haberle oído decir al farmacéutico, don Fello Kidd —un hombre de muchas lecturas—, que el amor era "la gloria de las bestias". Para él, el sentimiento era un estorbo, algo propio de hombres cursis, débiles o poetas; y él se consideraba, ante todo, un macho.
Recordó que, cuando flirteó a Estaulina, lo hizo interesado en tener a una compañera que lo atendiera y le pariera hijos. Sobre todo, buscaba una relación segura y permanente para no tener que «lanzar el anzuelo» cada vez que sintiera el deseo sexual. De su padre aprendió el rol que le correspondía a la mujer en el hogar y el suyo propio como jefe de familia. A su juicio, ella se había desviado de su papel al exigirle fidelidad y celar sus andanzas ocasionales. No le bastaba con la satisfacción en la cama; lo quería solo para ella, y eso no era posible. La costumbre era clara: el hombre es de la calle y la mujer de la casa.
Para él, los hombres que se enamoraban eran flojos e idiotas, sujetos chapados a la antigua. Se consideraba un macho en toda la extensión de la palabra. Escuchaba a los boleristas y rancheros mexicanos para relajarse, no por inclinación sentimental. Su vida era el sexo, y lo confirmaría dentro de poco cuando se juntara con la más codiciada de los tigueres. Estaba por demostrarle la gran diferencia: mientras otros estropeaban úteros, él daba en el blanco con exactitud hasta extenuarla. Su labor era complacerla con una penetración experimentada; conocía el punto preciso. Con su miembro erecto de 13,24 centímetros, frotaba la pared vaginal frontal en el lugar exacto. Dominaba la técnica; por eso lo buscaban y por eso tenía esa fama.
Era domingo y, a diferencia de otros días, no saldría a vender carbón. Aprovecharía la ocasión para ejercitarse caminando con sus características pisadas lentas. Motivado por su objetivo, recorrería pausadamente el kilómetro y medio que lo separaba de su cita con " Miriam, “la Caliente” ", intentando sudar lo menos posible.
En el trayecto se detuvo en la fonda de Mon y se jartó un plato de cocido de pata de vaca con cuatro yaniqueques. Se pasó la mano por la barriga y se dijo: "Ahora estoy listo para la pelea". Acto seguido, se apartó a un lugar discreto y sacó la botella chata de aguardiente que traía en el bolsillo izquierdo del pantalón; la empinó y se dio un buen trago. Lo saboreó con una satisfacción encantadora.
Al salir del comedor donde desayunó el suculento cocido, se encontró con Papá Cintura, un ebanista cincuentón que, cuando estaba ebrio, resultaba muy amistoso y zalamero; sin embargo, en esta ocasión estaba sobrio.
—Oye, Yarel, ¿qué te traes tan temprano con esa ropa de «combate»? Je, je, je.
—Voy a la iglesia a acompañar a una amiga —respondió.
—Ya ni las cristianas se te salvan, ¡ja, ja, ja!
—No sea tan malpensado, sabe que soy creyente y no me atrevería a tanto —contestó él, y los dos rieron con picardía.
Yarel continuó su camino hacia su encuentro con Miriam, «la Caliente». Más adelante se topó con Erasmo «el Averiguo», uno de los tigueres del barrio, quien le soltó:
—Yarel, se ve que hoy tú no estás en carbón, ¿eh? Dime, ¿cuál es la movida? ¿Qué es lo que hay? A ti casi nunca se te ve tan lejos del barrio los domingos.
—Hay que variar para que la gente vea que, detrás del embarre de cisco, hay un hombre limpio; que si estoy en esta condición es por obligación del trabajo —le respondió.
—Sí, pero no me refiero a eso. Es que casi no sales sin la carreta, solo se te ve en la calle vendiendo carbón. Pero ahora se nota otra cosa... no te me hagas el pendejo, cabrón, que tu fama habla por sí sola, ja, ja, ja. —Ripostó Erasmo «el Averiguo».
—Oye, ustedes los tigueres nada más viven pendientes de mi vida, me tienen envidia. Yo no me meto con la suya, así que déjenme tranquilo. Vivan su vida, que yo vivo la mía y en santa paz —respondió Yarel, y siguió lentamente hacia su meta.
—Erasmo —le voceó—, por más que escondas tu amarre, al final ellas mismas te delatan. ¡Ja, ja, ja!
Más adelante se encontró con Sarampico, el famoso entrenador de boxeo y masajista del equipo de béisbol profesional Los Verdes, quien lo saludó con su estilo habitual:
—Hola, ¡salve, salve! ¿Cómo le va, Yarel? Qué bien verlo sin esa suciedad de carbón; luce elegante con esa ropa negra, sin importar que sea de día.
—Gracias, don Sarampico. Me place verlo; es usted un hombre de respeto que no se mete con nadie.
—Me pongo esta ropa oscura porque combina con mi tono de piel y me ayuda a verme un poco más delgado. Ya sabe, hay que engañar la vista de las mujeres —dijo, soltando una carcajada.
—A las personas hay que llevarles la corriente para evitar chocar con ellas; así uno nunca tiene problemas —añadió Sarampico.
—Aunque yo no me fío mucho, y menos en temas de mujeres. Cuando uno cree que la tiene más segura, es cuando se la pegan —concluyó.
—Mire, usted es un veterano y quizás sepa más que yo de eso; pero la mejor forma de asegurarla es dándole bien duro —y soltó una carcajada.
Sarampico se extrañó por la respuesta y los gestos del carbonero, a quien nunca había visto con un lenguaje depravado. «¿Qué le pasará a este?», pensó. «Se cree que por su fama puede con todas, pero ya verá cómo se estrella al final». Sin decir más, se alejó con rapidez de su interlocutor. Al parecer, los dos tragos de aguardiente que había ingerido ya le estaban haciendo efecto a Yarel.
Cada vez que cruzaba una esquina, miraba hacia todos lados, sacaba su chata y se daba un trago; «para calentar los motores», decía. Continuó caminando hasta que oyó una voz que lo llamaba. Al detenerse y mirar atrás, vio que era Rafaelito Amalia, un eterno enamorado sin éxito, quien se le acercó.
—Hola, ¿qué tal, Yarel? Me place verlo por la avenida Independencia. ¿Va hacia la Policía o para la misa en la iglesia del Colegio Cristo Rey? Yo voy camino al ingenio Porvenir a visitar unos amigos; vengo a pie para quemar grasa. Si sigue por esa ruta, me encantaría acompañarlo.
Yarel guardó silencio para meditar su respuesta, buscando cómo evadir su compañía; no quería que se enterara de lo que se proponía hacer ni de su encuentro con Mirian, 'la Caliente'. Sabía lo hablador que era.
—No, no seguiré por aquí. Doblaré en la próxima esquina para visitar a un amigo que vive cerca y me ha invitado a almorzar.
Continuaron caminando juntos hasta la siguiente esquina. Amalia rompió el hielo e inmediatamente inició una charla sobre mujeres; conocía la fama del carbonero y quería aprovechar para asesorarse.
—Dígame, ¿cómo se le hace tan fácil conseguir mujeres?
Yarel pareció ignorar la pregunta, que en ese momento le resultó necia y molesta. Sin embargo, ante la insistencia de su acompañante, se vio obligado a responder solo para quitársela de encima.
— Pero tú también logras tus cositas, según oigo.
— ¡Qué va! Eso me cuesta. Soy un chorro; mi sueldo del ingenio se va en eso, dijo sonriendo Rafaelito Amalia.
— Hay que ser atrevido, estar dispuesto a lo que sea. En mi caso, no creas que me es fácil: mi trabajo de carbonero, la suciedad de mi ropa, no me ayudan. Empero, parece ser que cuando logro una, esa riega la voz por lo bien que se lo hice y las demás muestran interés en que se lo haga—, replicó Yarel.—Ambos rieron a carcajadas.
—Bueno, yo no pago porque no puedo. Tengo que ingeniármelas; me valgo de mi silbido. El pitar las atrae, aprovecho y... ¡fua! —Ambos volvieron a reír.
Ya cerca de la zona donde Yarel debía encontrarse con «la caliente», este aprovechó una esquina próxima y dijo:
—Perdóneme, pero tengo que desviarme por aquí; también aprovecharé para visitar a otra persona.
Yarel se separó con rapidez y cruzó la calle rumbo al norte.
Rafaelito Amalia no esperaba la interrupción brusca de su amena conversación; se quedó intrigado y continuó su camino. "Hu, creo que ese carbonero me está despistando, yo no soy un bobo. Si no fuera porque el pelotero Walter James se me va a ir y necesito que me preste 20 pesos para salir esta noche con Alida, lo seguiría.
Yarel caminó dos esquinas más hacia el norte para despistar cualquier curiosidad de Rafaelito Amalia; giró a la izquierda y volvió hacia la avenida Independencia, retomando la ruta por la que venía.
Continuó su ruta confiada en que nadie más lo abordaría y que llegaría a tiempo para encontrarse con "la Caliente". Debía adelantarse para acondicionar el lugar. De pronto, el "tilín-talán" de las campanas de la iglesia Cristo Rey resonó con fuerza; por coincidencia, pasaba justo frente al colegio homónimo, a unos ciento veinte metros de las ruinas donde sería la cita.
Las campanadas, que convocaban a la liturgia dominical, lo sobresaltaron. Su tañido impactó su ánimo, reviviendo en su memoria las reiteradas cantaletas de curas y predicadores que, invocando al Señor de los Altísimos, pedían misericordia y sumisión. Los primeros ofrecían el purgatorio como tregua a las atrocidades cometidas a cambio de ofrendas millonarias; los segundos amenazaban a los pecadores con la hoguera del infierno si no mediaba el arrepentimiento.
No sabía a cuál obedecer, ni dónde terminaría al morir. Al purgatorio no podía ir, pues carecía de riquezas para pagar su estancia. En cuanto a arrepentirse, su vida de goces y travesuras era tan fantástica que no pensaba renunciar a ella; después de todo, la mudez absoluta de los muertos impedía saber qué había en el "más allá". Convencido de que los difuntos ni sienten ni padecen, decidió continuar con su estilo de vida hasta recibir detalles más precisos.
Por lo tanto, seguiría con sus atrevimientos. Si, como todos decían, Dios dispone el destino de cada hombre como su verdadero dueño, entonces él quedaría absuelto de todo pecado. Mirando al cielo, exclamó con ironía: «¡Alabado sea el justo y buen Señor que protege a los poderosos y abandona a los desamparados! Grande es tu misericordia para quienes pagan su perdón, e implacable tu castigo para el montón de fanáticos que creen en ti con reverencia incondicional». En ese instante, puso en duda, definitivamente, la benevolencia de aquel Todopoderoso.
Esa tarde, entre el eco de la liturgia y el deseo de la carne, su poca fe terminó de desmoronarse.
Yarel continuó caminando con firmeza hacia su objetivo sentimental, bañado en una alegría inmensa. Saboreaba de antemano su triunfo conquistador: la joven se enredaría con su cuerpo y mezclaría su sudor femenino con el suyo hasta convertirlo en una amalgama.
En ese instante de suspenso y expectación, pensó que, por sus dificultades económicas, no podía acompañar su encuentro con la joven de fuego uterino con algo agradable y romántico en una intimidad especial. ¡Vaya desdicha la suya! Estando próximo a una ocasión tan esperada, donde pondría a prueba una vez más la potencialidad de su falo, carecía de los medios para disfrutar esa cita en un lugar secreto. Por su falta de dinero, estaba compelido a exponerse e improvisar a riesgo de imprevistos.
Abrumado por estas reflexiones, le brotó de la memoria uno de sus boleros preferidos: Sinceridad. Recordó la canción con emoción; valía la pena cantarla, aunque fuera para sí, en medio del presagio que envolvía su encuentro con Miriam "la Caliente". Esta canción conllevaba un significado de ablandamiento frente al desamor; para él también entrañaba nostalgia, pues la utilizó como táctica cuando cortejaba a Estaulina. Lleno de aquel recuerdo, comenzó a canturrearla en voz baja. Sinceridad es un bolero compuesto por el nicaragüense Rafael Gastón Pérez, apodado “Oreja de Burro”. Le satisfacía oírlo en la interpretación de Altemar Dutra. Cuando se daba sus tragos o quería contentar a su entonces amada mujer, soltaba las tonadas desbordado de afecto.
Sinceridad
“Ven a mi vida con amor,
Que no pienso nunca en nadie más que en ti,
Yo te lo juro por mío honor
Te adoraré”
“¡cómo me falta tu calor!,
Si un instante separado estoy de ti;
Ven te lo ruego por favor,
Que esperándote estoy”.
“Sólo una vez,
Platicamos tú y yo;
Y enamorados quedamos,
Nunca creímos amarnos así,
Con tanta sinceridad”.
“No tardes mucho por favor,
Que la vida es de minutos nada más;
Y la esperanza de los dos,
Es la sinceridad”.
* * * * * * * *
25.- Yarel y Miriam, "la Caliente” terminan montados en el paroxismo de la lujuria
Hay sexo de muerte, y muerte por sexo; el goce del placer que mata la vida. El deseo de carne, de la hembra, es absorbido en la lujuria desenfrenada; el anhelo es fulminado antes del umbral del éxtasis, y el clímax, arrebatado por la muerte. Gritos de asombro, espanto y llantos de locura estremecida cubren la escena frustrada: por el golpe del espasmo, el cadáver yace allí, sacudido por la histeria.
Miriam «la Caliente» llegó a los escombros del desaparecido Country Club con la puntualidad acordada; ella y el carbonero se habían citado a las once de la mañana. Se hallaba un poco sudorosa por la caminata y sobresaltada por la emoción. Hizo un giro furtivo de cabeza hacia los lados para cerciorarse de no ser vista al entrar a la insidiosa ruina abandonada. Avanzó con cautela hacia el interior mientras trataba de visualizar la silueta del hombre deseado. En ese momento, escuchó su silbido conocido y sintió un ligero estremecimiento en todo el cuerpo. El silbido se repitió, por lo que se dirigió hacia el lugar de procedencia. Allí estaba él, Yarel el carbonero, agazapado bajo un flamboyán. Cuando este se levantó, ella se sorprendió al notar su vestimenta: camisa, pantalón y sombrero negros, el color del luto y del dolor, que le daba un matiz más sombrío a su corpulento cuerpo moreno. Tras dudar por una fracción de segundo, se aproximó con ligereza y lo saludó con un rápido beso en sus gruesos labios. Se la veía ansiosa; quería entrar en acción cuanto antes.
El humilde carbonero llegó a aquella ruina, impregnada del silencio del total abandono, arrastrado por su obsesión sexual y el olor juvenil de la pícara jovencita seductora. Contempló la escena, satisfecho por haberla atrapado con el lazo carnal creado por el saliente de su falo corrompido; herido por el obcecado desliz de su obscena calentura, una temperatura que iba subiendo a medida que avanzaba hacia la presa dominada. El encuentro lúbrico se materializaba, prometiendo unir momentos estremecedores, soñados e imaginados. Ahora ambos se fundirían en impetuosas y desbordantes pasiones. Las llamaradas del amor físico tomarían sus cuerpos, derritiéndolos en el placer del coito, consumiendo ilusiones encarnadas.
Al principio, solo se hablaron con la mirada. Así lo imponía aquel escenario discreto, donde el deseo los convocó al amparo de una vegetación cómplice. Unieron sus respiraciones en una conjunción física absoluta, encendidos por la ansiedad y el placer imaginado. Estaban allí, el uno para el otro, reconociéndose a través del olfato y el tacto, vibrando bajo el hambre de su propia entrega. Fue un instante único que acopló sus cuerpos, dispuestos a materializar sueños eróticos y fantasías desbordadas; vuelos zigzagueantes en pos del pecado. Anhelaban un clímax explosivo, capaz de estremecer cada fibra de su ser.
El carbonero la tomó con suavidad por la cintura, estrechándola contra su cuerpo mientras le devolvía el beso con ternura. No fue un roce superficial como el de ella, sino una entrega total; recorrió su boca con un beso pausado, húmedo y posesivo. Entre caricias y el juego de sus lenguas, el ardor creció, preparándolos para la anhelada faena erótica. En el aire se mezclaron sus aromas: ella exhalaba el Chanel 1921 que la celestina Mayra le había rociado, mientras que de él emanaba la "Sudorina Estrella Azul", fragancia humilde de los pobres. Allí, en su cabal intimidad, ambos quedaron expuestos, entregados el uno al otro.
De inmediato, la acomodó bajo la sombra de los matorrales, sobre la suavidad de la maleza, y volvió a estrecharla contra su respiración agitada. Dio un paso atrás y le pidió que caminara un poco para contemplar la armonía de su figura y el vaivén rítmico de sus caderas. Con suavidad, le rogó que se desvistiera y repitiera la pasarela; quería admirarla como a una Eva moderna y explorar con la mirada cada detalle de su fisonomía. Ella modeló para él, girando su cuerpo con pose insinuante y avivando en el febril carbonero el apetito por su carne libidinosa.
Una sensación extraña penetró en las fibras nerviosas de Yarel; sintió un deseo ardiente dominando su ser en busca de un placer distinto, uno que encarnara todos los placeres tenidos y por haber. Recordó a las mujeres que se le entregaron por encima de la vergüenza de su condición de carbonero, haciéndolo con una pasión obsesiva ante el macho que tenían sobre su cuerpo. Recordó cómo se alborozaban con la penetración de su robusta naturaleza; él saciaba el deseo que maridos y amantes mediocres habían dejado truncado.
La carne castiga al amor y desata los instintos; una tortura disfrutada en su libidinosa maceración. Ahora sostenía entre sus manos aquella perla carnal, codiciada por hombres que, en su ardor, fueron víctimas de su propia incapacidad para encantarle. Él era, por fin, el protagonista de la escena; cuando los demás se enterarán, sufrirían de envidia y celos mientras él los miraría con el regocijo aplastante de su triunfo. Allí la tenía: una entrega efímera pero aprovechable con intensidad, donde sus ansias se fundían para entregarse a un erotismo desmedido.
Contempló la tersura de sus senos, pequeños y erectos como su propia juventud, y sus caderas de curvas armoniosas que ni la maternidad logró alterar. A sus veintitrés años, emanaba una atracción envolvente; una locura que despertaba en los hombres una avidez impulsiva. Yarel estaba allí con ella, disfrutándola, listo para poseerla. Había vencido a otros con más dinero y a quienes se jactaban de facciones apabullantes. Él, un humilde carbonero, la tenía rendida a su voluntad. Se había impuesto con la fuerza de su naturaleza, su silbido conquistador y su habilidad para seducir a mujeres de fogosidad ardiente, que no buscaban a un galán cursi, sino a un hombre de virilidad dominante, como él.
Tras la breve sesión de pasarela, volvió a abrazarla y, al sentir aquel cuerpo fogoso de deseo sobre su pecho protector, besó sus cabellos con una esplendidez amorosa. La apretó con intensidad cariñosa y la despegó suavemente; ella se sintió protegida, mimada, y se abrazaron entregados sin temor alguno a lo que podría pasar.
Intensificaron sus caricias, solo se oía el roce de sus labios al besarse. No hacían falta las palabras; el misterio de la atmósfera imponía el silencio. Inhalaban el salitre de sus sudores secos, unidos en una profunda complicidad.
Hicieron una breve pausa y volvieron a mirarse. Fue un tiempo fugaz que empleó el carbonero para susurrarle emotivas palabras halagüeñas, acrecentando la motivación de ella. —Espera —dijo él—, me quitaré la ropa, así estaremos mejor. Procedió de inmediato para evitar que el ímpetu del momento se evaporara.
Ya desnudos y parados, se abrazaron con renovado ardor. Él la apretaba contra sí, ella por igual. Sus respiraciones se cruzaban con el roce de sus narices, se comprimían las nalgas, se pasaban las lenguas por el cuello, las introducían en los oídos. Él le besaba los cabellos, los ojos, le lamía y absorbía las tetas. Ella le besaba la frente, sostenía el pene entre sus manos como si se le fuera a escapar, se bajó y lo besó seguidamente, mientras decía emocionada: —Es mío, ahora es mío, me darás tu crema blanca y te daré mi chocha súper caliente. Se arrodilló, lo introdujo en su boca sensual, lo impregnó de su saliva y lo lactó con avidez, lo suapeó con la lengua saboreando su felación.
El intenso calor de aquel mediodía de agosto no parecía afectarles; permanecían entregados el uno al otro, compartiendo lo mejor de su repertorio erótico sin prisa por terminar, tal como lo habían imaginado.
Yarel dirigió su mirada hacia un espacio más tupido de la vegetación y, sosteniéndola de las manos, caminó con ella hasta allí, donde previamente había colocado un amplio pedazo de cartón que serviría para acomodar sus cuerpos. Reiniciaron sus placenteros intercambios voluptuosos con mayor ahínco, retomaron sus caricias y sus cuerpos vibraron, arrebatados por su concupiscencia.
Miriam, "La Caliente”, disfrutaba como nunca; jamás había tenido a su disposición un falo de ese calibre, tan imponente. El simple hecho de contemplarlo y sentirlo la encendía, por lo que, incapaz de esperar, le suplicó que la poseyera sin reservas. El carbonero, sin embargo, parecía ignorar sus ruegos, empeñado en prolongar aquel preludio que ambos paladeaban. La recostó con suavidad y comenzó un recorrido lento con sus labios: besó sus muslos, sus piernas y cada rincón de su vientre, hasta perderse en su anatomía. Su lengua recorría cada centímetro de su piel con una parsimonia casi estremecedora.
El fuego de sus pasiones aceleró la velocidad de sus átomos, disparando la energía de sus protones, neutrones y electrones. La sensación magnetizaba sus cuerpos, mezclando los elementos químicos y moleculares de su materia procesada en el torrente de sus energías.
Ella, trepada en su afán de conseguir el orgasmo, una instantánea fugaz cuya sensación explosiva nunca había probado. Vibraban en la colisión de sus edades. Inhalaban el oxígeno transmutado en la copiosidad de sus sudores. Estaban postrados ante ese instante irreverente y especial que permite toda invención en aras del placer.
Se entrelazaron de forma invertida para recorrer con besos desde los pies hasta las piernas. Con cada caricia pausada, la intensidad crecía hasta que sus bocas hallaron al otro. Él exploraba su intimidad con una técnica prodigiosa; cada movimiento de su lengua generaba en ella corrientes eléctricas que la hacían vibrar de placer, una sensación inédita y abrumadora. Ella, contagiada por el ardor, respondió con la misma maestría, explorando la virilidad de él con fervor. Permanecieron así, entregados el uno al otro en un vaivén de lujuria y complicidad.
Él la invitó a cambiar de posición y, al recostarse boca arriba, la acomodó sobre su vientre. Con suavidad, la atrajo por el cuello para fundir sus labios en un beso de pasión desenfrenada. Se buscaban una y otra vez, recorriendo con sus bocas los ojos y la frente; en cada contacto, sus cuerpos vibraban de placer. Entre susurros y caricias íntimas, intercambiaban ternuras mientras se miraban con ojos nublados, entregados por completo a un ardor absoluto.
El carbonero jugueteaba y humedecía con su lengua el interior de su chocha. Le daba mordiscos en sus lóbulos, recorría su cuello, muslos, piernas y caderas en un pausado subir y bajar amatorio, demostrando habilidad y experiencia en la práctica. Ella se agitaba enloquecida y frenética en un éxtasis de placer.
El Carbonero decidió practicar el cunnilingus con entusiasmo; sus manos se deslizaban con suavidad, explorando cada relieve de su anatomía. La succionaba con fogosidad, intensificando el placer mientras sus dedos recorrían la delicadeza de su piel. Besó sus muslos y nalgas, perdiéndose en su intimidad con la maestría que solo da la experiencia.
Inmersos en una exploración mutua, ella respondía con gestos cómplices. Finalmente, él se acomodó boca arriba y le indicó que se situara sobre él. Ella aceptó de inmediato. La sensación ascendió por ambos cuerpos. Estaban perdidamente entregados el uno al otro.
Al sentir Miriam "la Caliente" aquella gruesa viga humana penetrar su intimidad, exclamó un ligero grito de satisfacción; todas sus ansias retenidas se exteriorizaron, su ser completo se transformó, y su apetencia orgásmica desbocó la fogosidad de su sustancia hasta un punto irracional.
Estaba con el “macho" que había anhelado durante largos años. Aquel encuentro desencadenó en su interior un exorcismo frenético sobre el cuerpo tendido bajo ella, recibiendo con un estremecimiento cada embestida de su miembro exuberante. El grosor rozaba sus paredes vaginales, sacudiéndola por completo. Cerró los ojos y, a medida que disfrutaba y gozaba, iba apretando el cogote del carbonero, acostado de espaldas en el suelo. Se mecía y jadeaba con la mirada perdida, cabalgando sobre aquel varón que la tomaba sin piedad. Sentía algo grandioso, inusual; la potencialidad aumentaba según se acrecentaba la sensación recibida, la fuerza emocional la estaba sacando de sí.
—¡Dame, dame, dame más duro! —exclamaba ella en el paroxismo de su lujuria—. ¡Acábame! —le gritaba descontrolada.
Se agitaba y empujaba sus manos con fuerza sobre el cogote del carbonero, que también estaba perdido en la gozosa experiencia. Ella presionaba el gañote de su fornicador con una intensidad desproporcional; la fuerza que ejercía superaba su capacidad física.
En la cumbre del placer, Miriam, "La Caliente", fue poseída por un conjuro demencial. Ante la contundencia de su embestida, Yarel le agarró las manos por instinto, intentando mitigar la presión; pero ella arreciaba, sobreponiéndose a la fortaleza del hombre. Nada la detenía: cuanto más goce sentía, mayor era su ímpetu.
—¡Dame, dame, coño! —gritaba fuera de sí, mientras le apretaba el cuello con saña desmesurada.
Él luchaba por zafarse, pero la opresión le cortaba el aire. Entre tosidos y con la mirada vidriosa por la asfixia, sintió cómo ella, extraviada en el paroxismo, seguía presionando con mayor intensidad.
—¡Tómala, tómala! ¡Soy tuya, maldito carbonero! ¡Guay, Jovita! ¡Maldita madre mía, nunca me dijiste lo bueno que era esto!
Mientras el carbonero se desvanecía, perdiendo la fuerza y la vida, Miriam ignoraba su agonía, perdida por completo en el abismo de su propio orgasmo. Había alcanzado un orgasmo de muerte .
Miriam "La Caliente" pasó un largo rato abofeteando al hombre que yacía desvanecido bajo su cuerpo. Lo llamaba por su nombre entre insultos, recriminándole que hubiera dejado de embestirla. «¡Te rendiste!», le gritaba, «¡Poco hombre! ¿Dónde quedó tu fama de machote? Ya viste, puro "buchipluma" nomás. Te derroté, para mí eres una mierda igual que todos. ¡Vamos, no me mires ahí tieso!.
Lo escupió con desprecio. «Recarga esa cosa, sigamos, pendejo. Yo soy Miriam "La Caliente", la sin igual, con más fama que tú. Mi fuego no tiene bombero, aguajero. Soy la reina del sexo, la dominadora de hombres; ahora tienes el mérito de habérmela sacado, pero te vencí. ¡Vamos, dime algo! No te quedes ahí callado.
Pero, lamentablemente, aquel orgasmo explosivo había matado al carbonero. El éxtasis vibrante de Miriam se había transformado en un frenesí homicida; su clímax acabó siendo un orgasmo asesino.
Mirian, La Caliente, estuvo largo rato llamando a Yarel, cuyo cuerpo yacía inmóvil bajo ella. Lo meneaba y lo volteaba, le agarraba y le jalaba el pene caído, quería parárselo para que volviera a entrárselo. De repente, soltó un chillido espantoso y salió corriendo desnuda, veloz como un bólido, gritando obscenidades y frases absurdas. Corría como Eva por las calles hasta que llegó al barrio vociferando: «¡Me cogí al carbonero! ¡Lo rendí! ¡Le gané, sépanlo todos! ¡No pudo conmigo!.
Varios transeúntes la detuvieron, la vistieron y la trasladaron al Hospital Carl Theodore George. Allí, los médicos le diagnosticaron demencia: la intensidad de aquel orgasmo, su "orgasmo de muerte", no solo había desbordado sus sentidos, sino que había fracturado su mente para siempre.
El velatorio de Yarel, el carbonero, fue un espectáculo ruidoso; entre el duelo y el morbo, los vecinos y el tigueraje del barrio se mezclaron en el cumplimiento fúnebre. Las viejas comentaban entre murmullos: «Murió haciendo lo que le gustaba, tuvo una muerte gozada». Mientras tanto, los tigueres daban rienda suelta a la malicia, pregonando a los cuatro vientos: «la potente verga del carbonero volvió loca a Miriam de verdad, se lo cogió para ella, y vean, lo mató»..
Estaulina, madre de los tres hijos de Yarel, quien abandonó el hogar harto de sus infidelidades, lloraba histérica y desconsolada junto al ataúd. Entre gritos escandalosos, le increpaba al difunto: «¡Por eso te dejé, por mujeriego! Me satisfacías a mí, pero seguías insaciable; tenías que buscar a otras. Mira cómo terminaste, cazado en tu propia vergüenza. ¡Ay, guay! Como a Timoteo, la carne te mató. ¡Azaroso, malnacido! Me desgraciaste la vida el día que me hiciste mujer; me abriste con ese miembro de caballo y más nunca he podido estar con otro. ¡Ay, guay! Solo el tuyo me ajustaba. ¡Egoísta! Me la pagaste. Mira cómo tu fornicar de loco te mató…
Letras de la canción "El Carbonero" interpretado en ritmo de merengue por Johnny Ventura (1940-2021, de la autoría del comediante Freddy Beras Goico (1940-2010).
"El Carbonero"
Como cansado buey de carretero
haciendo yunta con su propia vida
va tiznado de negro y cuesta arriba
boceando su carbón el carbonero
Lento, sucio, sudado y cabizbajo
con su saco en la espalda
que lo inclina
el pobre carbonero así camina
monumento viviente del trabajo.
Cada día menos gente lo utiliza
sólo se habla hoy en día
de gas y estufa
y su vida futura muy difusa
por su roto zapato se desliza.
A veces va cantando tonadillas
que escuchara en la radio
de algún cliente
como cubriendo todo lo que siente
porque se le rompió su carretilla.
Antes de que te vayas Carbonero
en las blancas paredes de la vida
escribe con carbón tu despedida
para que te recuerde el pueblo entero.
Que a ti el progreso te causó una herida
donde yacen tus cosas más queridas
cubiertas por el hombre y el dinero.
Anjá!
Carbonero… carbonero…
Carbonero…
Antes de que te vayas Carbonero
en las blancas paredes de la vida
escribe con carbón tu despedida
para que te recuerde el pueblo entero.
Que a ti el progreso te causó una herida
donde yacen tus cosas más queridas
cubiertas por el hombre y el dinero.
Anjá!
¡¡¡Carbón… carbonero!!!
Carbonero… carbonero…
* * * * * * * *
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