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miércoles, 26 de junio de 2019

Avelino Stanley rescató a Colón y a Guacanagaríx de su viaje al fin del mundo

Avelino Stanley  rescató a Colón y a Guacanagaríx de su viaje al fin del mundo

Escrito por: Enrique Cabera Vásquez (Mellizo)

SAN PEDRO DE MACORIS,.- miércoles.- 26.- junio.- 2019.- .- Tuvo que montarse en una de las tres calaveras que salieron del Puerto de Palos de la Frontera aquel recordado 3 de agosto de 1492,  comandada por el  persistente y osado Cristóbal Colón,  para encontrarse con él en medio  de agravios, infamia y desdén,  contemplarlo en actitud defensiva en  la conmiseración de la historia. Ya sobre la nave procedió a  tocarlo, abrazarlo, descifrar su enigma y sentimientos maltratados y  escudriñar su interioridad quebrantada, contrariada, por aquel indígena amoroso y entregado a él con una docilidad tierna y  un cariño sospechoso. Llegó hasta  el descubridor del Nuevo Mundo con una postura comprensiva. Sin ambages se unió a  su travesía de mar para atestiguar las vicisitudes enfrentadas durante  el largo recorrido de su empresa resonada.  Lo vio en su fornicación gozosa envuelto en un solo cuerpo con Aimaicua la mujer  de su amigo  jefe taino que se la entregó en un gesto desmesurado y prueba del intenso amor que le profesaba.  Desde la cima desafiante de la nao del almirante sintió al igual que los marineros que les acompañaban el ímpetu embravecido de aquellas aguas oceánicas con su bruma y borrasca  y convertidas en observatorio de la sangre generada por la hueste que luego volvieron a recoger los frutos de su viaje heroico. El comportamiento a posteriori de esos hombres malvados, ladrones y criminales, que desde  la cultura de su codicia y ambición material violaron y diezmaron  las tierras de  Ayitíy ( Haití) y que luego  de manera antojadiza, burlona  y cruel,  denominaron Hispaniola,  y más tarde,  Santo Domingo; y convirtieron su  virgen hermosura en un extenso cementerio de aborígenes sucumbidos por el miedo, el terror,  el trabajo forzado, la esclavitud, las violaciones sexuales, el escarnio, la felonía, y  la muerte tenebrosa,  con cuyo accionar pisotearon la naturaleza original de su esfuerzo, intención y propósito,  que no fue otro que de llegar y dar a conocer el reino del Cipango.  

Es la lectura épica de la novela "Al fin del mundo me iré, del escritor, cuentista, ensayista,  y economista, Avelino Stanley,  nacido en la ciudad de La Romana,  pero criado en el Ingenio Consuelo de San Pedro de Macorís hasta la edad de 15 años, razón por lo que proclama con emoción y  aire ufano  que se siente petromacorisano de sentimiento y compromiso cultural. Este libro  tiene 239 páginas distribuido en 51 capitulo, con auto diálogos, narraciones,  monólogos,  meditaciones, reflexiones y ponderaciones cualitativas de los personajes que se mueven en una vivencia de suspensos e interrogantes eclosionado  en los sentimientos  que motivaron  y justificaron su acercamiento, intimidad, amistad, movilidad, sociedad, y comunicación transmitido  en  el  encuentro de dos civilizaciones  diametralmente diferentes.  El  contraste y contrapuntos de dos razas en actitudes y cultura de entendimientos y socialización de intereses distantes.

(Foto del escritor y novelista  Avelino Stanley).

Avelino Stanley autor además de: Tiempo muerto, 1998, La máscara del tiempo, 1996, Equis, 1986, Catedral de la libido, 2000, Por qué no he de llorar: novela, 2003, La piel acosada: cuentos, 2007, El clamor de la chimenea: diez cuentos fundamentales de autores romanenses, 2005, La novela dominicana, 1980-2009: perfil de su desarrollo, 2009, La novela dominicana contemporánea, 2013, Los disparos: (cuentos), 1998, Valores en Juan Pablo Duarte,  2013, Antología personal, 1998, y Al fin del mundo me iré, 2006, que es el objeto de nuestros comentarios y opiniones, nos conduce por flamantes escenarios narrándonos y   transmitiéndonos con una química de nobleza equitativa todo lo acontecido durante aquellas largas jornadas que sacudió  el corazón de la isla La Española  y la Placa del Caribe y sus  2,754 millones km² , cuyas tierras y mares fueron vapuleados y sometidos  por los foráneos que desembarcaron hace más de 500 años, en perjuicio de sus propietarios naturales que vivían, se desenvolvían,  interactuaban y compartían  hombres y mujeres de bien en un entorno de paz paradisíaca.   

Al tener este libro en nuestras manos instintivamente nuestra memoria retrocede para contemplar en retrospectiva aquellas huellas perdidas en la espesura de una historia contada a acomodo y contemplación mezquina por aquellos que no repararon en el dolor humano y la tragedia sufrida  por una raza ingenua, cándida, sincera e inofensiva, sometida a suplicios horribles, abusada y  esclavizada en nombre de una fe y una religión que lo llevó al extermino sin miramiento ni compasión. 

Esta creación literaria pone de manifiesto la capacidad prosista del autor quien con habilidad construye un mundo fabuloso  donde los personajes se sumergen en un dialogo de mea culpa estrafalario. Contiene  simbólicamente un reproche a la deslealtad y al engaño. Expresa el dominio de los sentimientos por encima  de la autoridad legítima. La vacilación de un líder indígena frente a la llegada de unos extraños  salido de un monstruo flotantante sobre el Mar Caribe, desaliñados, hambrientos, agotados, y con la avaricia reflejada en sus miradas.  Nos habla de la gloria y la riqueza. De la fuerza del amor doblegando  la voluntad de un hombre; del sufrimiento  de todos los habitantes del cacicazgo  de Marien;  de la ternura desdeñada. De lo irracional de los sentimientos; de la riqueza en vida y de la gloria después de la muerte;  de la pasión versus la razón. De la llegada a un paraíso  de vida silvestre.  De la calidad que debe poseer un verdadero héroe; del concepto de la amistad. La tortura de los sentimientos. Nos habla de la paz y el amor. Contiene escenas eróticas. Es una historia novelada de la llegada de los españoles a la isla de Haití (La Española) en 1492 comandado por el almirante Cristóbal Colon.

(Imágen de Cristóbal Colón)

Esta novela se sustenta en los diálogos entre el cacique solicito y el  almirante ladino. Todo se desenvuelve entre la narrativa del autor y las narrativas de estos dos hombres distantes en su procedencia histórica y en sus ambiciones personales. No es una novela más hecha para condenar la barbarie cometida hace más de 500 años por aquellos españoles, es una obra destinada  a conocer el corazón y los sentimientos contrastante entre dos raza desarrollada en condiciones culturales diferentes.

(Imágen del cacique  Guacanagarix ).

La estructura de los diálogos muestra con nitidez a Avelino Stanley como un escritor de alto vuelo. Con pleno conocimiento de la materia y cuya cultura  le permite ahondar  con seguridad literaria en el ámbito novelístico. Esta  obra literaria se suma a las producciones de corte  indigenista y que tuvo en Angulo Guridi su principal iniciador con la publicación de su novela "Los amores de los indios", en 1843, y que posteriormente continuo con Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván, en 1879. Este tipo de novela surgió  en el siglo XIX,  en ellas  los autores denuncian las condiciones ominosa y de injusticia de la población indígena o india  en Hispanoamérica. Los  principales exponentes  de este género han sido el peruano Ciro Alegría, con "El Mundo es ancho y ajeno",  los mexicanos Ermilio Abreu Gómez, con "Canek", y Rosario Castellanos, con "Balun Canan"; el boliviano Alcides Arguedas, con "Raza de Bronce",  y el ecuatoriano Jorge Icaza, con "Huasipungo". Pero además, su esquema constructivo la sitúa en el espacio de las novelas históricas al reinscribir la historia de Cristóbal Colon y el cacique Guacanagaríx con ingredientes culturales novedosos y con un discurso tropológico y alegórico que desdice afirmaciones unívoca de arraigos tradicionales, oficial, en torno a estos dos personajes, presentando lo acontecido desde su propia valoración ética. Su trabajo se asemeja en ese sentido a las novelas  El arpa y la sombra (1978), de Alejo Carpentier, Los perros del paraíso (1987), de Abel Posse, y La vigilia del almirante (1992), de Augusto Roa Bastos. He aquí la trascendencia literaria y cultural de esta formidable novela "Al fin del mundo me iré".
 
Esta historia. Esta fabulación honrosa.  Consagra sin doblaje  ni adorno el  hondo afecto y atracción sentimental  de Guacanagaríx, el manso Cacique  de Marién (zona norte del actual Haití­ y República Dominicana), por un hombre, un extraño, y un "monstruo" sobre las aguas,  traído por unos vientos violentos, furiosos, y que desde que  sus ojos lo vieron lo hipnotizo magnéticamente. Enloqueció con su hermosura, con su rubia cabellera, sus ojos azules, nariz aguileña y prominente,  y porte marcial.  Sintió por éste una atracción enfermiza, subyugante y atormentada. Nunca antes los indígenas o aborígenes habían visto a otro ser humano con matices  diferente a ellos  en contextura y fisionomía antropológica.  La presencia de esos españoles lo deslumbró.        

Al  tomar la decisión de subirse  en la  nao Santa María que comandaba el  navegante genovés Cristoforo Colombo, casado con Felipa Moniz de Perestrello, hijo del cardador de lana Doménico Colombo y de Susana Fontanarossa, y quien después  de dos rechazos de su proyecto, logró  en abril de 1492  de los Reyes Católicos, Isabel l I de Castilla y  Fernando de Aragón, el memorable  pacto o acuerdo conocido como las Capitulaciones de Santa Fe, que le otorgó autorización y poder para emprender  su hazaña portentosa; Avelino Stanley se dedica desde una narrativa e imaginación fecunda a  la afanosa tarea de compilar, reseñar, y describir  los tormentos, sinsabores, peligros, temores, y andanza de este intrépido hombre de mar que con tres embarcaciones cargadas de hombres barbudos y fieros emprendieron esa odisea  temeraria que hoy se conoce como la  Conquista de América.

Y el intruso. Los intrusos, llegaron y dispusieron a su conveniencias de cuantas cosas quisieron bajo la mirada confundida de  aquellos habitantes asombrados, perplejos, sobrecogidos en el misterio de sus revelaciones; neutralizado en sus intenciones defensivas, porque  la presencia de esta gente con sus cuerpos cubiertos y protegidos de vestimentas de telas  chocaba con  sus figuras desnudas, descalzas y expuestas a la inclemencia de la naturaleza. Eran gente que llevaba la bondad en sus labios. Esta realidad  lo impactó;  lo paralizó. Y entonces se convirtieron en obedientes de sus decires con humildad resignada. 

La obra  presenta a dos figuras de la historia de aquellos hechos cuya mentalidad y cultura lo puso en evidencia. Uno desde una defensiva reverente y  sumisa acompañada de una cordialidad entusiasta,  el otro, desde una presencia dominante, imponente,  y un liderazgo indiscutible. Está concebida  con una prosa brillante donde se desarrollan sucesos de carácter histórico. Con ribetes pedagógicos  presenta  los acontecimientos de manera novelada pero desde una óptica que contradice clichés y adulteraciones historiográficas establecidas de manera arbitraria. Desdicen repeticiones y manipulaciones utilizada para confundir adrede o por desconocimiento real  de los hechos. Es una novela para el debate.   

"Ese, nuestro mar Caribe, a veces trae desde el infinito tempestades impetuosas que arrasan con todo. Fue  desde  la inmensidad de ese mar de donde aparecieron ellos, traídos por los vientos de un huracán. Y con su llegada tejieron miles de historia que llenaron de confusión la mente de los tainos. Ahora a quinientos años después, los dioses han decidido decir lo que sucedió. Lo dirán a través de mí, Guacanagaríx, cacique del territorio de Marien, en la isla de Haití, al momento de su llegada. Aunque ellos  nunca me dijeron cacique, me decían rey. Fui escogido por los dioses  porque sobre mis actitudes  se han tejido las más disimiles versiones. Y pocos saben  que ante la injuria, la mejor respuesta es el silencio, hasta que el razonamiento se encarga de llevar la verdad a su morada definitiva." Así se expresa desde algún recóndito lugar del tiempo incontado Guacanagaríx.  

La candidez de aquella raza martirizada conmovió la conciencia del jefe conquistador. Decidió confesarse ante la historia. Revelar toda la verdad oculta. Desnudar su  interioridad protegida por la historia. Lo hizo desde la posteridad glorificada y las infinitas galaxias que hoy cubren su memoria. He aquí sus palabras perdida en el tiempo: “Ya no es mi voz de almirante la que habla, sino mis culpas. No importa que hayan pasado quinientos años de muerto; todavía mi alma anda vagando por los tugurios de la Tierra y ni siquiera a mis restos los dejan en paz. La notoriedad que alcance, enaltecida con ahínco por los que  me han  defendido, ha estado en una pugna eterna con aquellos que siempre han sido implacables conmigo, resaltando solo los errores que cometí. Unos y otros han convertido la historia de mi vida en un océano cuyas aguas, formadas por glorias y derrotas, van y vienen en una especie de danza en la que  tanto me dan grandeza como me la quitan". "Ya no es mi voz de almirante la que habla, sino mis culpas. No importa que hayan pasado quinientos años de  muerto; todavía mi alma anda vagando por los tugurios de la Tierra y ni siquiera a mis restos dejan en paz."

Y continúa. "Ahora yo, Cristóbal Colon, almirante de mares adversos, después de sobrevivir a tantas veces a la muerte inminente, alabado y vilipendiado a causa de las mismas actitudes, juro que daré la versión definitiva de los hechos, pues de lo contrario arderé para siempre en la eterna llamaradas del infierno"...

Al dar a conocer esta confesión de mea culpa salida del corazón acongojado del  quien fuera elevado a  virrey y gobernador general de las Indias Occidentales como premio y recompensa por su proeza, nuestro Avelino Stanley  nos va abriendo la interioridad  postrera de un hombre que se siente en deuda histórica con un pueblo y un cacique amigo víctimas de su presencia avasalladora, quien  en el pináculo de su gloria exaltada, y semblanza de su lejanía cósmica, le venían de manera imprudente inmensos recuerdos. Desataba su infidencia sin importar las consecuencias interpretativas. Veía con claridad reclamada la silueta  del patriarca que confió en él de manera ciega y al que no ha podido encontrar ahora que habita en la  profunda obscuridad indescifrable del reino de Cacibayagua y Amayauba. Memorizaba adolorido aquellos acontecimientos que le dieron vigencia trascendente a su existencia. Volvió sobre sus rastros para ver en fugaz repaso el súbito sonrojo provocado al ver a aquellos hombres y mujeres exhibiendo sus genitales sin pudor alguno, desnudos tal y como vinieron al mundo, en especial las mujeres lo que originó una morbosidad y apetito de carne entre la tripulación; de la caona (oro) entregado y obsequiado por lote con una espontánea facilidad por los nativos; del fragante humo de sustancia extrañas compartido de manera ceremonial; de su  intensa relaciones sexuales con Ainaicua, hermosa y de cabellos largo, y esposa de su cacique amigo, cedida por éste como prueba de su amistad incondicional; la inhalación  de polvo de caoba para elevarse al sitial del cemi procurando su consulta del futuro; de la reina Anacaona cuyo atractivo físico llamaba poderosamente la atención, mujer del cacique Caonabo, el bravo e intrépido jefe guerrero que  le hizo la guerra y enfrentó a los intrusos europeos; del dejo de tristeza y pena que embargó a Guacanagaríx al momento de la despedida; de su conciencia atribulada  por su interés desenfrenado por lucrarse de la amabilidad, hospitalidad e ingenuidad de aquella gente de  buen corazón; de los banquetes disfrutado y el baile de areito en un compartir  que desconocía sus ocultas intenciones de posesión  de aquellas tierras y sus riquezas; de la aparición repetida del número 13 indicando malos augurios y un destino incierto evidenciado por aquel naufrago del 13 de agosto de 1476, de las mujeres que preñaron y los hijos que dejaron aquellos marineros enloquecidos en su lujuria libidinosa; de la Ciguapa cuya  presunta presencia asustaba a los nativos, de cómo esas gentes quedó maravillada al ver  por primera vez su rostro  reflejado en un espejo;  de la colectiva violación sexual a la nativa Guaguao dentro del barco durante el viaje de regreso  y que solo atinaba a expresar  con voz estridente, Turei, Turei, sobrecogida de dolor al ser penetrada insistentemente por un grupo de hombres insaciables y cuyos pene sobrepasaba el tamaño normal en su coito habitual con los tainos;  de cómo falleció su esposa Felipa Moñiz a la que amaba hasta la muerte;  de su leal gratitud hacia Martino Tortoni quien se convirtió en su segundo al mando y tuvo el privilegio de escuchar sus ideas de navegación conquistadora y que de inmediato lo apoyó y tuvo el encargo de reunirle los 24 hombre que se sumaron a su expedición tan lleno de peligro y sinsabores;  de los temores que embargó a todos cuando las nieblas cubrieron la embarcación y se desplomó una de sus velas y puso la nao al garete y el horizonte quedó sin visibilidad;  de los tumbes y giros que dieron en medio del mar que lo castigaba implacable y amenazaba con tragárselo con sus garras tenebrosas como castigo por su desafío de surcar sobre su extensivo y vasto cuerpo líquido; de la aparición de  algas cuya presencia lo alentó y lo  hizo asumir una nueva actitud de esperanza en medio del vendaval que lo azotaba;  de cuando residía en Porto Santo y planeaba su viaje sobre el mar sin sopesar en peligro y riesgo alguno; de cómo fueron muriendo uno a uno los miembros de la tripulación víctima de chancro, gonorrea y otras dolencias contundentes como resultado de su promiscuidad  y desenfreno sexual; del grito estremecedor y de júbilo  emitido por el timonel  Giovanni di Pietro cuando lleno de alegría diviso tierra;  las llamaradas de las fogatas encendidas por los tainos en demostración de amistad en un compartir de alimentos y bebidas sabrosas que los sumía en una mágica duermevela; de  aquella algarabía cuando Giovanni di Pietro imitando a los nativos en su forma original se quedó completamente desnudo mientras danzaba y daba saltos cómicos;  de aquel recipiente que usaban los tainos para orinar y que tenía el nombre de higuera; de sus dúhos donde se sentaban a descansar, el correr de los gozques mudo (perros) siempre oliendo  con sus  hocicos alargados;  de la Ceiba, ese árbol tropical  de altura de  20 m; tronco cónico y robusto, con abundantes espinas cónicas y duras  y tenido como algo sagrado, del  Cajuil con su fruto exquisito lleno de  vitaminas B1, B2, B3, B6 y C;  de los banquetes  de ganzos, patos e iguana  asados y bien dorados por la bija untada; de su descanso placentero sobre la hamaca; de la comedera de guayaba, jagua, y mamey, entre otras delicias frutales, colocado  como sobremesa luego de los manjares dispuesto por aquel pueblo sincero y hospitalario. Todo lo recordaba en su más mínimo detalle y circunstancias. Lo revivía en su conciencia. Y desde el sitial desconocido donde ahora se encuentra venera con pena a esos indios tainos que fueron sus amigos y servidores solidarios, lo visualiza con su baja  estatura, sus cuerpos bien formados, lampiños,  piel color cobriza, cara ancha, pómulos  pronunciados, labios gruesos, buena dentadura y un corazón  generoso.

Insistía en pensar en ella, en Ainaicua, no podía sacársela de su mente. "El olor de su cuerpo se mezcló con el recuerdo de sus miradas. Sus bondades de pequeños dios me desbordaron el pensamiento y se dispersaron por todo mi  interior. De inmediato comenzaron  a revolotear en torno a mí. Era algo que se volvía más reiterativo a cada instante. Cuando vine a ver,  una de mis manos  jugueteaba sin poder detenerse con aquel tabaco que tenía encendido entre las piernas. La conjugación del deseo y la ilusión  no cesaban de agitarme la mano. Una desesperación se agigantaba dentro de mí  aumentándome el calor y haciéndome sudar. El fuego, el olor y el cuerpo revolcándose juntos en la hamaca la hacían mecerse con un ritmo alocado. Aquel dormitorio de repente ya no estaba en el caney, sino que me tenía allá arriba, entre las nubes escalofriantes de la ilusión". 

Eran gente de bien, hospitalaria, sencilla, humilde y apacible. Y de manera cruel  fueron masacrados por sus paisanos y vecinos europeos que cegado por su ambición de riqueza y mucho más riqueza y la desenfrenada competencia de acumulación de oro no repararon en los daños humanos; la destrucción de familias y los masivos asesinatos cometidos. ¡Qué afrenta y que deshonor¡ ¡Que grande pecado contra la humanidad¡ ¡Que traición a su nombre! ¡Qué injusticia histórica! ¡Qué horror!  Y lo peor, que él,  Cristóbal Colon carga ante la historia con toda esa culpa. 

Al igual que el  glorificado Navegante el cacique Guacanagaríx desde su morada ignota también se golpeaba el pecho  en señal de arrepentimiento por su debilidad, vacilación y claudicación. Avelino Stanley lo consagra en sus páginas vivenciales. Le da sentido de interpretación y justicia y en consecuencia le da un trato equilibrado. Atribuye su conducta a su vocación pacífica y preocupación por la suerte de su pueblo. Era un hombre de paz y honor. Un líder mesurado y responsable. Vio en aquellos forasteros  la respuesta de su invocación a los dioses. Más que temor sintió curiosidad. Quedó anonadado, estupefacto, ante su presencia apabullante. Confundido, vencido, con la palidez del muerto sobre su envejecido y ajado rostro, comenzó diciéndose a sí mismo y para esclarecer la historia que se cuenta de él. "Me acusan de traidor, de servil, de entreguista y de haber actuado en contra de mi raza. Dicen que debí enfrentar a los barbados por intrusos, como lo hicieron  los otros caciques. Sin embargo, todo se debió a la forma en que ese hombre, al llegar, penetró hasta lo más profundo en mi ser". Recordó que el principio de todo tuvo lugar  cuando el brujo consejero  recibió el mensaje  de los dioses  a través  del cemí, ese día su cuerpo lleno de escalofrió, pues, se iba a cumplir el designio del dios Yiocavugama, se lo había también participado a los  caciques amigos Cacivaquel y Gamanacoal. "Estos antes de morir, les  dieron la información a sus herederos: El huracán traerá a un monstruo". La verdad de todo es que "cada quien tiene su más allá".  Así estaba asentado. La abundancia de oro que brotaba de la tierra y  que resplandecía en competencia con el sol y la luna y que le abrió un apetito posesivo a esos seres venidos de lejanos litorales lo transformó en toda su entereza humana.

La comunidad taína estaba organizada en cinco cacicazgos con sus caciques. Ellos eran: 1.- Marién gobernado por Guacanagaríx, dividido en 14 nitaínos. 2.- Maguá gobernado por Guarionex, dividido en 21 nitaínos. 3.- Maguana, gobernado por Caonabo, dividido por 21 nitaínos, 4.- Higüey gobernado por Cayacoa, dividido en 21 nitaínos. 5.- Jaragua gobernado por  Bohechío, dividido  en 26 nitaínos. Fue el cacicazgo de Marién del cacique Guacanagaríx, ubicado al noroeste de la isla, ubicado en El Guarico, cerca de  lo que hoy se llama Cabo Haitiano, en Haití, por donde llegó Cristóbal Colón y sus acompañantes. Fue el primer grupo organizado en convertirse al cristianismo.

Guacanagaríx nunca abandonó su estado de perplejidad. Como explicarse que de ese mar gigantesco y bravo creado con el agua de una calabaza que se cayó al suelo y se rompió y que era propiedad del indio Yaya, y quien la había asegurado porque dentro tenía  los huesos de su hijo Yayael, calabaza que como padre devoto a la memoria de su vástago guardaba con celo y que un día le entró un deseo apremiante de volver a ver a su hijo y en un descuido imperdonable  al bajar la cabeza para ver al muchacho volcó accidentalmente el recipiente al suelo,  y entonces notó que los huesos  de su hijo se habían transformado en peces, pero en realidad fue que  el envase fue tomado por cuatro  hermanos gemelos  que al sentir sus pasos lo abandonaron y colocaron en tal mala condición que cuando él lo tocó se vino abajo, y el impacto  la agrietó y comenzó a manar agua y más agua hasta llenar y rebosar la parte baja de la tierra y fue con toda esa aguas que se formó el mar de los tainos.  Y entonces se preguntaba como de esas aguas pudo luego provenir esa nave tan grande, ese monstruo que caminaba sobre el mar y de donde se apearon aquellos seres extraños dirigido por aquel hombre tan sin igual.

Poseído de una honda nostalgia solo atinaba a hablar consigo mismo en voz alta. A desahogarse. Recordó que fue escogido líder de su gente por los dioses. Entonces no había razones para dudar de él. Para tejer las más disimiles versiones sobre su conducta.  "Y pocos saben que ante la injusticia, a la mejor respuesta es el silencio, hasta que el razonamiento se encarga de llevar la verdad a su morada definitiva". "Hace tiempo que mi cuerpo se volvió tierra. Desde entonces mi vida interior reposa allá en Canta,  las inmensas alturas de las montañas haitianas donde  también habita el dios Yiocavugama, el que ahora  pone palabras en mi boca".
"Hasta ahora ningún estudioso ha dado con la razón que me movió a actuar. Me acusan de traidor, de servil, de entreguista y de haber actuado contra mi raza. Dicen que debí enfrentar a los barbados por intrusos, como lo hicieron los otros caciques. Sin embargo, todo se debió a la forma en que ese hombre, al llegar, penetró hasta lo más profundo de mi ser".  

Todavía desde ultra tumba donde no tenía descanso sino el tormento de su fe hacia aquel hombre que lo embotó, que lo paralizó y se aprovechó de él,  no cesaba de meditar, pensar y recordar su comportamiento estúpido frente a la  sagacidad ladina de ese  a quien consideró su amigo. Había sido traicionado por un mojigato cubierto de elegancia y eso le dolía con fuerza ascendente. Por más que lo explicara, que lo razonara, nadie lo entendería sería siempre visto y recordado como un ser débil, flojo  y carente de personalidad propia.  Por eso murió de tristeza y pena. "Se fue a las alturas como los dioses. Se internó en las montañas de su cacicazgo en Marien, igual que en toda La Hispaniola, eran muchas. Y allá, lejos de nuestras huestes, en la pureza del aire de toda esa tierra, muy apenado, murió de desengaño". Murió desolado, castigado por la mentira de su amigo ingrato y traidor. Dejó su mundo lleno de bondad y  dioses naturales para habitar  otra dimensión cósmica de competencia por  privilegios de glorias y  lauros resaltados.

No cesaba de pensar en la procedencia de esos visitantes inesperado. Recordó que le oyó decir a alguno de sus antepasados que muy lejos de ellos, en otras tierras y mares, existía  un mundo de gente extraña. De colores oscuros, a los que les decían "pueblos de cabezas negras", pero estos no se asemejaban a ellos pues tenían la cabeza blanca, los cabellos rubios. Y estos trajeron unos animales fuertes de cuatro patas que le decían caballos. Y le llamaban patesis al hombre que hablaba con los dioses. Y le trajeron  un obsequio en el que se miraban sus rostros y que ellos llamaban espejo. No, eso no podía venir de allí, tampoco salieron realmente del mar.  Vinieron del fondo de la tierra, del fuego de las entrañas del suelo, por eso eran así de indolente, insensible. Solo pensaban en ellos. No le agradecieron su gesto de amabilidad y desprendimiento personal, la cantidad de oro que les regalaron, sus atenciones puntuales, su solidaridad. Su respuesta fue la crueldad..."Con razón los dioses anunciaron la desaparición. Todo lo visto todo lo sufrido, todas esas maldades nos convencieron de que no eran dioses. No podían serlo porque sus actitudes fueron muy descarnadas.  ¡Oh que dolor tan grande, cómo  me dejé arrastrar por su apariencia colorida y no le mire su adentro!

 (Foto del escritor y novelista  Avelino Stanley).

La verdad histórica es  que el pueblo taino tuvo sus orígenes en los Arahuacos,  guanahatabeyes y ciguayos de América del Sur.  
 
Siguió en su cavilación, lo hacía con lágrimas de impotencia y de rabia. Le venía a la memoria los comentarios guardado en la historia de sus antepasados que siempre  se lamentaban que ellos, los tainos, "no tuvieron su  edad de cobre, estaño, hierro, bronce; que fundían en el fuego esos metales y hacían armas y armaduras para  tener mayor capacidad de defensa frente a cualquier enemigo poderoso, como esos españoles, cuya fuerza militar lo superaba de manera aplastante. El comprendió eso al instante y por eso no ofreció resistencia y prefirió negociar, buscarle la vuelta a esos seres extraños para evitar una confrontación suicida. "Algunos  tainos intentaron enfrentarlos, pero yo ni siquiera me molesté en hacerlo; comoquiera era imposible. No se trató de una sublevación, lo mío fue una forma de alejarme del dolor. De la destrucción. Una manera de protegerme para destruirme."

Proseguía. "Por eso me entregue a la muerte. Entre las mismas montañas que nos dieron  la vida, entre  su paz. Ya él no me hacía nada de caso; sólo atendía a su fin y no iba a quedarme para morir a manos de ellos, pues vinieron a cumplir la profecía de Yiocayugama."

Agregaba. "Ya pueden ver lo que sucedió, olvidarlo fue imposible. Y de entre esas montañas vine a dar este testimonio adherido a su vida; a mostrar ese triunfo suyo que se labró sobre la derrota mía sin usar contra í una sola espada. Yo sólo soy el infierno de su gloria, algo que hice por amor, no por la fuerza."

Continuaba. "Cumplida mi misión, no debe quedar ningún rencor del pasado, porque entonces el futuro no avanza. El pasado sólo sirve para conocerlo, para no repetir los mismos errores; el presente tiene que ser construido a diario y su meta debe ser un futuro sin rencores." 

Y continuaba. "Ahora vuelvo a la montaña, las moradas celestiales de nuestra alma, donde vivimos sin rencor y sin culpa, donde estamos todos los tainos. Allá está nuestra forma de paz. Allá siempre estaré por los siglos de los siglos, hasta que llegue el fin del mundo."

En "Al fin del mundo me iré", viajamos en la historia. Nos encontramos con el choque histórico de dos culturas. De dos pueblos movidos por  fines contradictorios. Conocemos de los sentimientos de dos hombres con designios frontales. Descubrimos lo descocido  y no contado y que cambió la geografía  humana en esta parte del mundo.  De miradas que se buscan con ansiedad temblorosa  desde la profunda oscuridad donde se encuentran para desagraviarse bajo mágica sonrisa; juntarse en su misma historia  y perderse  entre las retamas misteriosas de los dioses. Porque  por encima de todas las millares de páginas escritas y  centenares  de documentales  en torno a  la historia de la  Conquista de América, no todo fue sangre y muerte.

Qué tiempos aquellos  de aves emplumadas y flores marcando los caminos absorbiendo los sudores del destino para que la pena  no aflija  la  continuidad de la belleza  de la vida. ¡Glorifiquemos ese encanto! Dejemos aquellos sucesos en el embrollo de la historia y el escozor de arrepentimientos; que víctimas y victimarios continúen deambulando en su vuelo de justicia bajo el  trópico de sol, luna y estrellas;  alumbrando pesares y nostalgias, y puedan encontrarse sobre nubes de amores reverberando sus rostros en los espejos del oro saqueados.
  

 

La guerrillera Sila Cuásar y La Canción de la Hetera, de Freddy Gaton Arce, referente epífano en la Literatura dominicana

La guerrillera Sila Cuásar y La Canción de la Hetera, de Freddy Gaton Arce, referente epífano en la Literatura dominicana

Escrito por: Enrique Cabrera Vásquez

Nota: este trabajo de crítica literaria se encuentra desde la página 87 hasta la 104  en mi libro titulado,  Freddy Gatón Arce, vuela en arcoíris de palabras

San Pedro de Macorís.- miécoles.- 19.- junio.- 2019.– Pero así como Vlía lo identificó y proyectó poéticamente La guerrillera Sila Cuásar y La Canción de la Hetera se convirtieron en dos instrumentos de letras y párrafos que en caminos distantes y cercanos dieron a conocer a un Freddy Gaton Arce empinado sobre imágenes como novelista. Una muestra de su capacidad para incursionar en diferentes géneros de la literatura. La primera novela fue publicada en 1991, narra la peripecia de una mujer que desde su infancia enseñó cuál sería su camino, la de andar con rapidez oliendo pólvora y sudando trajines de sangre. La guerrillera Sila Cuásar es una novela corta y con escenas bien conformadas y cuyas caminatas podría convertirla en un corto cinematográfico. La segunda, La Canción de la Hetera, publicada en 1992, robustece esa iniciación en el campo novelesco. Sigue el mismo lineamento epífano de la primera: concisión. No hay desperdicio de espacio, todo está estructurado dentro de un esquema escueto.

La guerrillera Sila Cuásar amplía su hilera productiva. Su contentivo resalta la errabunda de una sicalíptica mujer de rustico modales que por deseo de venganza se convierte en parte de la historia al enrolarse con los coludos de Horacio Vásquez. Porque el día que asesinaron a su padre “fue tiempo de juicio en casa y en su ingenio. Y cuando era una jovencita y mi marido estaba fuera, una primanoche, un hombre me arrinconó preguntándome mi nombre y me tumbó de una galleta. Yo juré vengarme, volverme macho, revolucionar, lo que fuera, con tal de vengar la ofensa, y la vengué. Pero luego, rezando en su tumba lo perdoné, aunque ya le había cogido el gusto a los tiros y a la política”.

(Foto del escritor, periodista y poeta Freddy Gatón Arce)

Así se hizo guerrillera Sila Cuásar. Así se hizo famosa y celebre hasta la obscuración de sus años llevados de fatiga en fatiga, de emociones en emociones, hasta el languidecer de su sentir de dos sexos. “Y que fue varias veces mujeres y varias veces hombres, según pasión, crianza y coyuntura. Y dicen que fue leída como su abuelo y guapa como su padre, pero que como que reencarna y juzga cómo marcha lo que hizo y cómo hablan lo que dijo y lo que en tinta y papel. De estos misterios no sobra ni falta para su figura embrumada y rica en aconteceres…”.

“Sila regresa cada vez distinto personaje, diferente aura. Nadie sabe de cual allá, en cual acá, en todas partes y en ninguna. Quizás Bernabé, intrigante y labioso, lo supo uno que otro día, pero esto no se puede asegurar ni en altar de brujo”. “Así que esta Sila que ustedes ven nació en el 74 del siglo pasado, en Azua”.

“Cuando ella se oye decir sin abrir los labios: Soy de los Cuásar de Venezuela, de Azua, de no se sabe dónde. Hembra de llano y de subida. Me crié en Guayaban, el abuelo revolucionando, escribiendo, y papá, matado tan joven, el general Gavino. Ese muerto es de Benito Mención. Esas son las cosas que hacen que uno apueste a la vida y se juegue con la muerte comoquiera”.

(Foto del periodista, ensayista, critico literario, poeta y escritor Enrique Cabrera Vásquez (Mellizo), autor del presente trabajo)

Sila como guerrillera, como combatiente; la que creció en Guayabín, la que dejó su tiempo en los espejos, la que nunca olvidó sus razones para el combate y el desafío; abrazada a su tozudez, agradecida de su procedencia biológica, caminó sobre lodo de sangre, entre aullidos de dolor y rabia y juramentos de venganza. Enseñando odio y amor, desprecio y gratitud. La que clavó sus uñas en la carne de los hombres y acarició excitada vientres de mujeres. Y cuyo galopar guerrero y lleno de coraje personal motivó e inspiró la imaginación creciente de Freddy Gaton Arce. Su epifanía que encajó en el remanso literario haciéndola renacer en esas páginas de peligro, asechanzas, supersticiones, confesiones inauditas, maldiciones, conversaciones de disparates, bravura, respeto a la hidalguía, la llegada de los cocolos por Puerto Plata, el dialogo de voces en el cafetín de Ezequiel, bostezo de melancolía, conjuras para asesinar, y la revelación de los espejos. Es una obra pimentosa y divertida.

Sila Cuásar ahora es letras y es historia, y su nombre se da a conocer contada en prosas y en bellezas etiquetas de aceites de cártamo, canola, nuez, aguacate, onagra, chía, coco y maní. Porque ella no tuvo fragancia de juventud ni adulto olores de dinero, su vida fue sudor de fuego, gotas saladas surgidas de su esotro, mujer de combate y de estrella, abierta a la posteridad.
La novela nos describe los sucesos históricos de la batalla del 30 de marzo de 1844; la batalla de Sabana Larga, en 1856, la lucha heroica de Juana Saltitopa; la batalla en la Línea Noroeste, la actitud valiente y digna de la esposa del general Antonio Duvergé, cobardemente fusilado por el anexionista Pedro Santana, en el Seibo, las escaramuzas del gobierno de Mon Cáceres, los pleitos del general Alfredo Victoria, la presidencia de Bordas, los enfrentamientos armados entre Bolos y Coludos, el gobierno de Cesáreo Guillermo, la hazaña del poeta general Fabio Fiallo, las torturas padecidas por el general Ciprián Bencosme, de manos de los interventores del “norte revuelto y brutal “; el coraje de los alzados de Mon Natera y Vicentico Evangelista, contra los yanquis, en la región este, durante la intervención armada de 1916 al 28, el asesinato de Enrique Blanco, y otros acontecimientos luctuosos y lúgubre de nuestro pasado histórico.

A través de La guerrillera Sila Cuásar nuestra memoria viaja y repasa una cronología de crónicas de las lucha fratricidas de principio del siglo XX, teniendo “características de lances personales colectivos, pues los contendientes se enfrentaron por lo general cara a cara, a pocos metros de distancia unos de otros, o parapetados en templos, azoteas, arboles cercano”.

(Foto del escritor, periodista y poeta Freddy Gatón Arce)

La novela muestra de manera patética aquel tiempo de nuestra historia, cruda, cuando los hombres se devoraban en la irracionalidad de sus ambiciones.

La segunda novela: La Canción de la Hetera, publicada en 1992, nos presenta un anagnórisis de imágenes cantaradas entregándose su pasión, su deseo carnal, sus sentimientos y entrega hetairas e imprudente, disfrutando el fuego de sus cuerpos en noches prolongadas y abrazados jadeos, estremecidos, absorbiendo la insatisfacción de no conseguir en sus mojadas sacudida la concretización de la imaginación fantaseada en sus descanso, visiones iridiscentes venida del ocio y el pensar que las ansias de placer anida.

Esta novela hace un recorrido, el de una mujer devota con su responsabilidad y la de un hombre atormentado en su afán de superar el ambiente de pobreza y necesidades imperante en su hábitat marginal.

De entrada llama poderosamente la atención el término hetera incluido en el título del libro. Esto, nos obliga a indagar, a auxiliarnos del diccionario para entender correctamente su definición y significado. Viene del griego, un nombre femenino que simboliza una cortesana, una prostituta; «una gastada hetera de lujo que vivió como las cigarras y no guardó para la vejez», según el diccionario Wikipedia y enciclopedia digital que se encuentra disponible a través de Internet.

«Heteras o hetairas o hetairai era el nombre que recibían en la antigua Grecia las cortesanas. Se sostiene que, según las distintas fuentes, tenían diversas funciones, como Aspasia, maestra de retórica y logógrafo, y otras eran damas de compañía (o prostituta refinada). Gema oval griega antigua con escena erótica, periodo Clásico tardío, finales del 5to – principios del 4to siglo a. C.»

 (Foto del escritor, periodista y poeta Freddy Gatón Arce)

«Eran mujeres independientes y, en ciertos casos, de gran prestigio social; estaban obligadas a pagar impuestos. El colectivo estaba formado principalmente por antiguas esclavas y extranjeras, y eran célebres por su preparación para la danza y la música, así como por su aspecto físico. Existen evidencias de que, al contrario que la mayoría de las mujeres de la época, recibían educación. Hay que resaltar también que eran las únicas que podían participar en los simposios, siendo sus opiniones y creencias muy respetadas por los hombres.»

«Mientras que las mujeres decorosas se ponían prendas de lino o lana, las hetairas utilizaban prendas transparentes, generalmente de color azafranado, si bien solían desenvolverse completamente desnudas. Se maquillaban con polvo de albayalde, lo que daba a entender que no tenían necesidad de trabajar expuestas al sol. Sus peinados, como los de las mujeres de clase alta, eran enrevesados y llenos de postizos. Para la eliminación del vello púbico utilizaban una especie de pasta depilatoria, denominada dropa, compuesta a base de vinagre y tierra de Chipre». Explica Wikipedia.

Y aquí viene la duda e interrogantes cáustica, pues, Nieves, aunque era la amante pública y conocida de Miguel y dormía todas las noches junto a él en la misma cama y bajo el mismo techo, disfrutaba con emoción la fidelidad que le profesaba hasta el más alto sacrificio y cansancio. Privona, no le coqueteaba a ningún otro hombre. Lo respetaba con orgullo y vanidad de mujer enamorada.

Nieves vivía de su trabajo como costurera o modista dándole pedal hasta el agotamiento a una máquina de coser. Les trabajaba a personas pudientes. Se ganó el respeto y la consideración de los lugareños. Se le distinguía. Entonces, a ella, Nieves la de Mao que llegó a Santiago y luego se trasladó a la Capital, no le cabe este título deshonroso. Pero esta novela tiene un caminar variopinto. Es la fructífera imaginación de un autor capaz. Mezcla de recuerdos y transe de la historia vivida por el autor, una historia que anduvo entre curvas, recovecos y acentos indescifrables. Nieves, la Nieves incluida como principal personaje de estos relatos y narrativa elegante del extraordinario poeta Freddy Gaton Arce, no le pega lo de heteras o hetairas o hetairai. Era una mujer de pueblo, de Mao, de origen humilde, de gente de bien, incapaz de cometer dolo o agravio alguno. Nieves era una mujer honesta. Su gran pecado, enamorarse perdidamente de su Miguel. «Estaba en la Normal de Santiago cuando lo vi y me gustó. Y papá murió sin que él pidiera mi mano y empecé a coser para buscarlo y mantenerme. Y aquí estoy de modista, es verdad. Y ya nadie me dice Nidia sino Nieves, doña Nieves. Esto no es pecado». Fabuloso.

Nieves, presurosa, se inclinó ante el primer palpitar sentimental de su corazón. Se enamoró angustiosamente de Miguel. Buscó su aliento, sus brazos y su calor. Entregada asumió aquello como un designio imperturbable.

El afán y afectividad de los amantes provocó miradas egoístas; la morbosidad circundante le imprimió cierto ruido a aquel romance desbordado. Contaminaron sus pasos con envidiosa chismografía lesiva. La razón, ella, Nidia. Nieves. Paloma, era espontáneamente bella. Los machos las deseaban. La soñaban en la cama abierta, entera. Sus pasos y caminar, su molde de hembra, levantaba instintivamente la antena de sus entrepiernas.

Esta historia comienza en el Santiago de 1938 y la Capital de ese mismo año y mundo. Y he aquí contada como canción para que el que la lea o escuche la tenga presente. Sepa de Nieves y de Miguel y el mundo social en que se desenvolvieron, los hombres y mujeres con lo que intimaron, y cayeron en infidencia; como hicieron alguna amistad. Porque cada persona que se le cruzó en el camino tenía su propia historia y su propio sueño y sus decires y confabulación e interés particular sobre lo que se decía y especulaba en torno al amor de estos dos amantes criollos, seguidos por incontables comentarios. «Los recuerdos comparan unos con otros sin anularse; los olvidos también. Pero aquellos y éstos guardan independencia, y se complementan sinembargo. ¿Cuándo?».

(Foto del escritor, periodista y poeta Freddy Gatón Arce)

Con coraje ejecutó lo planeado. «Iba por las quimbambas de su hogar cuando en la soledad de su aposento temprano hizo un atado con sus mejores ropas y enseguida se fue como quien no quiere las cosas como si las llevara a planchar y prontamente volvió el rumbo hacia las calles céntricas de Santiago de los Caballeros y después de kilómetros y kilómetros de viaje una guagua de Palé la deja frente al mercado de la Capital». Así inició su estadía y su andar amoroso la Nieves que sería de Miguel y de nadie más.

Freddy Gaton Arce enlaza y desenlaza en un ir y venir los tropiezos, promesas, anhelos, búsqueda de mejor suerte y del hombre ya visto, escogido, que un día se marchó inesperadamente, se extravió entre gentíos, bisagras, caminos polvorientos y carreteras añadidas; así como, provocaciones y tentaciones de nalgas sexis floreteándole a la vista, incitándolo, convocándolo, ofreciéndosele; nalgas voluptuosas presta y dispuesta a recular hacia su bragueta flamante y caprichosa, pegársele de espalda enseñada, nalga vistosa, mostrada intencionalmente, para llegar hasta él y conseguir y sentir la penetración maravillosa del animal andante que al final es doblegado por su instinto de caza. Es la lujuria enfebrecida de los sentidos levitando en el éxtasis de los genitales poseídos y entrecogidos; locura de dos cuerpos atraído automáticamente por ese impulso de sangre que nubla la razón y desafía consecuencias.

«Y esto fue lo que ella sabe. Y lo que enseña todavía. No conservo otra impresión de destino; en el hadar y el cálculo se anda siempre al desnudo, en tierra y aire intransferibles, o en el enigma y la certidumbre. Ella quizás vino desde edades y lugares remotos o de improviso, o a lo mejor por etapas y entrega como los folletines».

«Son los desenfrenos que no acabo ni debería buscar comprender. Porque ciertamente que ningún macho nunca, en la desesperación o el decaimiento o la entereza, nunca, espero, nunca digo, acepte que tal solicitud va, intima, para él; o si no hacia algún dios confuso en el reino y el paroxismo de los ayuntamientos y los desafíos, o en la memoria».

La narrativa va describiendo situaciones significativas de un pasado cuyos recuerdos proyecta la nostalgia. «La zona cercana a la desembocadura del Ozama era en 1938 campo de marineros, portuarios, nocherniegos, mujerzuelas, sarasa, viragos, tahúres, donde ésos y otros seres de carne y viento y mar y tierra negociaron, discernían, apasionábanse, vivieron junto a familias modestas y honorables de ambas orillas». Aquel que vivió esa época, que lo oyó y oye contar, que la escucha como historia de un pasado de hazaña, gloria y miedo, se ve forzado a respirar hondo, a buscar en la imaginación aquellos hechos que siempre se cuentan con la piel erizada.

En La Canción de la Hetera hay pinceladas sobre la paranoia de una dictadura enloquecida, que, temerosa, les prohibió a los jóvenes estudiantes de la universidad estatal, la única que exista, que estudiaran de noche en los pasillos bien iluminados después de pasadas las horas de clase. De cómo los pueblos del Este se congregaron en el trayecto de Higüey a la Capital para vitorear a viva voz a la Virgen Madre de los creyentes católicos como respuesta a los letreros ofensivos «Dios y Trujillo», y las encerronas y emboscadas a una juventud que comenzaba a despertar del letargo entumecido de la postración y el temor; y a reaccionar con fervor a riesgo de su vida.

La Canción de la Hetera es más que el relato fresco del sentimiento de una mujer profundamente enamorada, cerrada a una sola banda hacia su Miguel insustituible, es también formas enmarañadas de normas impuestas por la gobernabilidad absoluta cuyas ejecuciones limitaban la libertad de sentir la plena cobija de un amor de protección, de solidaridad, confidencia y acompañamiento en las buenas y en las malas, como demanda, exige e indica el amor autentico y resuelto a afrontar padecimientos e incuria resultantes de la precariedad del orden desordenado, por la férrea disciplina nefasta de un régimen prolongado en su delirio de megalomanía.

Porque si bien Nieves «fue criada en el respeto a la ley, pero no en su terror ni en su aparato, debilidad e injusticia. Ni sus padres ni ella la conocieron textualmente; en cambio, amaron vivir en armonía con ellos mismos, con sus conciencias, y con los demás».

«Y así la epopeya, como en otros casos, sigana vuelo de corta ala pierde época. Y por esto de La Atarrazana ya pocos mencionan su esplendores primigenios, ni presumen hablando de recientes agravios como el pretencioso cabaret París, el burdel de Chea Cabo Prieto, el Manhattan Dancing Club, El Dorado, de los ventorrillos, las vorágines, los remansos, los ciclones, las pleamares, de cuando arrástrase por los bajos fondos; tampoco de las hidalguías y solidaridades de las pobrezas limpias, de cuando ya no enredan en lonas de goleta y veleros los navegantes y carpinteros de los astilleros del Ozama, así como las almas de los audaces y aventureros que se esforzaron e imaginaron durante siglos por ésas y otras aguas antillanas. Porque son los pasados, como con los presentes, acontece que todo será dicho y puede decirse otra vez decenio, pero quizás se rehaga y narre de otro modo lo que estuvo y ya no está, lo que ha de venir y no se aproxima ni presume todavía».

Freddy Gaton Arce con dominio de los personajes y del ambiente novelesco de la obra nos cita al recuerdo y la remembranza; a revivir episodios para que se mantengan frescos y sean cruzadas en la reconstrucción de los sueños. «…Parece que ignoran que hoy no es ayer, ni la memoria y la experiencia ajena merecen crédito y premio de copia. Pero los deambulantes creen que si y vibran. Al conjuro de sus palabras, de sus acentos perentorios, en sus anhelos avistan que el pasado laberintos tórnase revelación, promesas, actualidad. Y digo quien escribo que los enamorados tienen razón en iniciar su propia conquista».

Con destreza constructiva indica. «Ráfaga o sombra, cara nueva subrayada por su atractivo porte, sin proponérselo Nieves rebasa la fábrica de hielo La Marina, los tugurios, la puerta de Las Atarazanas, el muelle hasta la entrada por Don Diego, las ruinas del Alcázar, y aunparada ante La Bodega retiene pegados a su cuerpo los ojos de los que moran y afanan por esos rincones».
Destaca el atrevido pensar de un hombre decaído por su avanzada existencia de años cuando apareció ante sus ojos esta Nieves mujer y hembra a la vez, con una torva rapidez, y que lo hizo suspirar perturbado y recordar automáticamente su pasado tiempo de energía juvenil y disfrute de su obscena cultura, por lo que exclamó con aire de resignación, vencido, «cuándo fue que esta muchacha dejó de venir por aquí que no me había dado cuenta. Y algún memorista habría registrado que a diario ella desaparece en cualquier bocacalle con su rastro, y se la considera por eso una desolación cotidianamente repuesta».

«Cuando ella muda y trasmuta lugares y criaturas, contornos, sin dejar de ser tal y como es, probablemente el lector se cuestione si esas relaciones crean nostalgias o no, si tales pasajes arraigan en lo huido o no, si esa figura que pisa tierra y actúa como quien busca negocios y ofrece su nombre y dirección a fámulas y otras féminas, se cuestione el lector si Nieves, con su cabeza alteada y la sonrisa inminente y la oferta de géneros y modas recientes y vistosas, con sus humores primarios de hembra; si el lector ve en ella una rastrera reliquia ardorosa o una marca y visión de espíritu transportador que aliña al mundo y la vuelve saludable y digna de criptografía».

Así acaramelada en su oficio de sastra. Cautiva. Sin producir prodigios algunos «en su trayecto mañanero», se da a conocer meticulosamente y en detalle. «Aumentan sus visitantes, y la señora de la casa le cede una habitación más amplia para sus trapos y clientas, y la presenta en la agencia en donde le venden a plazos una máquina de coser que hace de todo. Y he aquí, en tres jueves, Nieves convertida en modista y confidente de una y otra y la de más allá. A las mujeres les toma las medidas, las lenguas y los dineros, pero calla, sonríe, y su mirada brilla, negra, en el fondo de su discreción y su elegancia. Imanta».

«Atenta y recogida en su halago, Nieves espera a Miguel cada primanoche para abrazarlo y entregarle la magia de su reposo y su bondad, para él más reparadores que el baño y la cena. Pero hoy ha tardado y lo recibe con mimos que disimulan su tensión; estruja sus mejillas contra su pecho y las manos por lo alto y lo bajo de la espalda del amado».

«La firmeza y el ánimo de Nieves exceden las puntillosas normas puritanas. Nada más austero y erguido para ella que la conciencia y el amor. Lo ingenuo y guapo de su ir hacia Miguel sin otro miramiento que la entrega y la fidelidad».

«A partir de esa mañana la llaman doña Nieves, tratamiento que recibe con afable dignidad. Para Miguel no. La nombra Paloma, por el zureo y la conmoción de ella al estrecharla. Ahora más, porque abre los brazos y la arranca de sus labores; _Nidia Y hacen el amor hasta quejarse de amor».

«Este fuego puede durar mucho o poco, y no quiero, cuando se prolongue, sea en recuerdos y olvidos. Todavía insaciados de besarnos y estrujarnos, y una anguila cayó sobre la corriente y dijo que el himen puede consagrarse, y yo, quemada como un infierno en la transparencia tejida de sombras del pubis, y una reventazón me henchía los pezones como una noche antigua y se mojaron mis muslos como con un río oculto codicioso y codiciado, y mi pétalo, oh, yo quería entonces que entrara en mi por la primera vez, y ajustarlo, a todos él, como si mi naturaleza fuera un guante para su mano, y yo estaba remota, pero no perdida, y me sequé como con esas securas que azotan a La Línea cuando se ansía la cosecha».

La construcción de este texto novela coincide con la definición que hace Ricardo Garibay al señalar que. “La literatura no es ficción de mundo, como creen personas de poca fe y obligadamente inocentes y académicas. Es mundo vivo, que se ve, se oye y se tienta”. “Hacer del periodismo literatura es un reto esencial que han ejercido ya varios escritores de renombre y que de alguna manera es necesario seguir haciendo». Y así es. La composición de La Canción de la Hetera viaja en ese sentido. Nieves representa una situación real. La situación social y premuras económicas padecidas por Miguel, Nieves y sus hermanas, la vida de los prostíbulos en la Capital, la misas en el templo de Santa Bárbara, los callejoncitos de piedras, Chencho hablando con el Diablo, Maquibrá, La Foca, Lilón, el viejo Acosta, Luisito sufriendo frío en Nueva York, los pensionistas en la casa pensión de la señora, la zona colonial, la calle El Conde, la inscripción obligatoria en el Partido Dominicano de Trujillo, la crónica en el Listín Diario de Diódoro Danilo, «sobre las mañanas frías de noviembre», el sepelio de Chencho y Vinicia, convertido en pasto de los recuerdos y los olvidos, la amistad entre los ancianos y Nieves, la reseña del canónigo criollo Luis Jerónimo Alcocer en su «Relación sumaria del estado presente de la Isla Española en las Yndias Occidentales hasta el año 1650», constituyen narraciones formidables . Son veintinueve capítulos breves condensados en 78 páginas.

Esa historia que marca destino y traza futuro; que altera el pensamiento y produce insomnio. Que se mezcla entre el tránsito y se pasma en la intención. Vuelo y remolino a la vez, viento tibio y frio, laderas de humos tiñendo la visión del horizonte; la historia repetida y contada en letras dibujadas en el pisé de los pies descalzo, en la sonrisa que surge de la espontaneidad. La vida avanzando, caminando entre abrazos y besos, caricias y ternuras. Sometida al vaivén de los intrusos, a la obligación de la subsistencia. Escrita y contada para que todos las cuenten, para que todos la oigan. Condimentada según la emoción de la vivencia; según la mitomanía del hablante. Ahora transformada en la belleza de un lenguaje cincelado en parsimonia ceremonial, con sus ingredientes picaresco, edulcorado, para que no se olvide la Hetera. Esa narrativa de aposento cantada en silbido de jilguero para que todos las sepan. Envuelta en sudores extraños de hombres y mujeres que descifran las miradas que lo bañan y la candidez que lo embriaga en la inocencia de una cultura de bien, amor y solidaridad con el prójimo.

La Nieves de Freddy Gaton Arce no perece se prolonga en la imaginación del deseo de todo hombres apetitoso de carne hembra. Pero más. La Canción de la Hetera es un parto literario brilloso, breve, sabroso, cuyas páginas muestran una narrativa del sentir de una generación que se sobrepuso a las razones de obediencias automáticas para encontrar caminos propio, limpios insospechado, luchando de manera denodada por subsistir y vencer y alcanzar el anhelado futuro luminoso. Una generación amante de la humanidad, con deseo de libertad, sensible, solidaria, sincera, forjada en el mérito del trabajo y la honradez cultivada.

 (Foto del escritor, periodista y poeta Freddy Gatón Arce)

La Guerrillera Sila Cuásar y La Canción de la Hetera son dos novelas cortas cuyas páginas tienen una intensidad vibrante. Dos obras de menos de cien páginas cada una pero cargada de una grandeza literaria atractiva; tienden a subrayar las letras dominicana como referente epífano. Epífanos que lo asemejan a las producciones inigualables de Joyce, Hemingway, Kafka, Dickens, Wilde, Borges, y Cortázar: la adrede limitación circular de los diálogos. Difunden un multifacético escenario de emociones sugestiva. Su brevedad y estilo discursivo situado dentro de un orden preciso les confieren estas categorías. No hay duda.

Contrario a Hemingway que sentía desprecio y era indiferente ante la crítica literaria, Freddy Gaton Arce la estimaba, respetaba y le ponía atención reflexiva, quizás esta fuera una de sus principales razones y motivos para escribir con esa pulcritud envidiable.

La calidad y el nivel literario exhibido por Freddy Gaton Arce en estas dos novelas breves lo llevan a que se le compare con los renombrados autores indicados en el párrafo anterior. Les confiere el honor de situarse en el listado de esa artística creación de Joyce, y que desarrollarían exitosamente los escritores que han caminados sobre sus huellas.

Lo epífano está en la captura genial de esos instantes que se suceden en las dos novelas, el transcurso corto de la ficción en espacio tiempo. Más que los personajes se destacan los detalles, los diálogos, las situaciones que rodean a los personajes. No hay instantes especiales sino un correr de imágenes que se sitúan por encima de los presuntos personajes centrales, llevando al lector por sendas abigarrada; presentándoles momentos exclusivos. Ese pensamiento dubitativo, esa esperanza en duda, esas señales enigmáticas, esa devoción y ese culto a lo desconocido. La fidelidad religiosa y la dependencia de estereotipos culturales dominantes. Todo transcurre dentro de una argumentación carente de adornos convencionales. Todo está expuesto de manera precisa y sin tintes agotador. Hay en ellas una prosa limpia, magnética y majestuosa. ¡He aquí su grandeza imperturbable!

sábado, 1 de junio de 2019

Tres libros de Mellizo Cabrera Vásquez son puestos en circulación en Museo La Altagracia, de Higüey


 Tres libros de Mellizo Cabrera Vásquez son puestos en circulación en Museo La Altagracia, de Higüey



Se recuerda que recientemente Mellizo Cabrera Vásquez dio a conocer su libro «Pempén, traidor de marca mayor”, un ensayo, relato y narrativa, donde denuncia un panorama de atropello bestial,  desenmascara  la vulgaridad, las bajas pasiones; la irresponsabilidad, la inmoralidad, la falta de escrúpulo, la cobardía, y la infamia, como estandarte de sometimiento y control en el ejercicio de la dirección de un centro académico,  y  condena la traición, la ingratitud, la deslealtad y el deshonor humano.

Escrito por: Dulce María Reyes

Higüey, provincia La Altagracia,.– viernes.- 31.- mayo.- 2019.- Tres libros del conocido periodista, prosista, escritor historiador, politólogo y conferencista Enrique Cabrera Vásquez (Mellizo) fueron puesto en circulación anoche en esta ciudad, auspiciado por la Comisión Civil de Desarrollo, Museo de La Altagracia, Editorial Santuario, la Asociación de Escritores y Periodistas Dominicanos-ASEPED-, y otras entidades culturales y sociales de aquí.

A pesar que durante toda la tarde y principio de la noche la ciudad estuvo sometida a torrenciales aguaceros y un clima inapropiado para estar en las calles, numerosas personar estuvieron en la actividad.

Las obras del conocido intelectual petromacorisano presentada en el Museo de La Altagracia fueron, Pedro Mir y René del Risco Bermúdez en la literatura dominicana, El amor como locura apetecida, y Jarvis Levantado en la memoria.

El primer libro más que un ensayo es un aporte del autor al debate en torno a la trascendencia poética y literaria de estos dos significativos escritores dominicanos, nacido en San Pedro de Macorís, compuesto de un recorrido sucinto de la vida e influencia que prevaleció en ambos intelectuales.

El segundo, El amor como locura apetecida, recorre las aportaciones y conceptos filosóficos literarios de un tema tan profundo y ameno. Reconoce y valora su importancia emocional en la conducta humana.

Esta obra contiene varios ensayos de carácter ético y social partiendo del legado de los pensadores más sobresaliente que conoce la humanidad.

El libro Jarvis levantado en la memoria, es un ensayo biográfico que recoge y destaca los aportes, ideas, proyectos y condiciones de liderazgo de Rafael Antonio Jarvis, un economista, poeta, dirigente social y comunitario, emprendedor consagrado, dirigente gremial, cooperativista, y propulsor de varios proyectos habitacionales para los trabajadores del ingenio Porvenir, en San Pedro de Macorís.

 (Portadas de los libros mencionados)

Se recuerda que recientemente Mellizo Cabrera Vásquez dio a conocer su libro «Pempén, traidor de marca mayor”, un ensayo, relato y narrativa, donde denuncia un panorama de atropello bestial;  desenmascara  la vulgaridad, las bajas pasiones; la irresponsabilidad, la inmoralidad, la falta de escrúpulo, la cobardía, y la infamia, como estandarte de sometimiento y control en el ejercicio de la dirección de un centro académico, y  condena la traición, la ingratitud, la deslealtad y el deshonor humano.

El ingeniero Darío A. Yunes tuvo el discurso de apertura del acto de presentación de los libros ya citados.
Dijo que la provincia desarrolla un programa de presentación de libros en el Museo, y que los tres libros puestos en circulación eran los 124, 125 y 126, en este año.

Señaló que ello es posible por las firmas de acuerdos con instituciones, asociaciones y autoridades, para que Higüey se exhiba como una ciudad amante de la cultura y el talento literario e intelectual.

Significó los lazos de confraternidad que lo unía con la Coalición Literaria y Cultural de San Pedro de Macorís.
 Rafael Núñez tuvo a su cargo el discurso de ponderación de la presentación de los libros.

Aprovechó que este jueves era el 30 de mayo, fecha que recuerda el ajusticiamiento del dictador Rafael Trujillo, en 1961, para recordar que un día como el 30 de mayo era apropiado para recordar a los intelectuales de la provincia asesinados por la tiranía, como fueron los casos de Evangelina Rodríguez Pereza y Ramón Marrero Aristy, entre otros.

 (Rafael Núñez, habla de uno de los libros)

Dijo que la provincia La Altagracia se regocijaba con la presencia del autor y la comitiva de escritores que le acompañaba.

Escritores de San Pedro de Macorís.

Un grupo de escritores y poetas de San Pedro de Macorís integrado por Aurelia Castillo, Margarita Ozuna, Juan Galván, Máximo Castro, Aurora Ramírez,   Francisco Tejeda, y la grafóloga argentina Eva Procopio,  entre otros, acompañó a Mellizo Cabrera Vásquez.

Horas antes de llegar a la ciudad de Higüey la comitiva de escritores, entre los que se encontraba Federico Mejía Sarmiento, se detuvo en la ciudad de La Romana, donde cumplieron con una participación en la Feria del Libro que se desarrolla aquí, con un recitar y lectura de poesía de sus autorías.

De izquierda a derecha, Juan Galván y Maximo Castro, leyendo sus respectivas ponencia sobre los libros presentados.

Para el transporte de los escritores de San Pedro de Macorís el alcalde Ramón Antonio Echavarría le facilitó un microbús del Ayuntamiento.

El libro El amor como locura apetecida fue presentado por el poeta y cuentista Juan Galván, quien destacó la profundidad de la obra y calificó al autor como un clásico contemporáneo.

El director teatral Máximo Castro presentó el libro Pedro Mir y René del Risco Bermúdez y la literatura dominicana, ponderando las condiciones culturales e intelectuales del escritor.

Indicó el valor poético e histórico del autor de Hay un país en el mundo.

Dijo que Pedro Mir y René del Risco Bermúdez representan un ciclo de recordación y mención permanente más allá de San Pedro de Macorís y el país.

De su parte el periodista y poeta autor de los tres libros pronunció un discurso donde significó la importancia de los mismos.

Brevemente dijo de cada obra lo que considera las razones de su creación y la importancia de sus lecturas.



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