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miércoles, 12 de abril de 2017

Lo que queda del comunismo

Lo que queda del comunismo
Lenin ya no vive, los viejos comunistas podrán estar muertos, pero el sentido de injusticia que los animó está más vivo que nunca.

Foto. Lenin arengando a tropas del Ejército Rojo que se dirigían al frente polaco en Moscú, en 1920. A la derecha de Lenin, viendo a la cámara, está León Trotski, quien después fue borrado de las copias de esta foto. Credit Grigory Petrovich Goldstein


Escrito por David Priestland, The New York Times 

Oxford, INGLATERRA, 11 de abril de 2017 — “¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!”. Recuerdo vívidamente el fuerte sonido emitido por los serios soldados en uniforme gris al escuchar el saludo de su comandante: “¡Felicidades por el 70 aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre!”.

Como estudiante de intercambio en Moscú en 1987, había asistido a la calle Gorky esa fría mañana de noviembre para ver el desfile militar en su camino hacia la Plaza Roja. Una fila de dignatarios soviéticos y extranjeros reunidos presidía mientras los jóvenes soldados rendían tributo en el Mausoleo de Lenin. Este aparentemente impresionante despliegue buscaba mostrar la perdurable energía revolucionaria del comunismo y su alcance internacional.

El líder soviético, Mijaíl Gorbachov, habló de un movimiento vigorizado por los valores de 1917 ante una audiencia de líderes de izquierda que incluía a Oliver Tambo del Congreso Nacional Africano y a Yasser Arafat de la Organización para la Liberación de Palestina. Había banderines con la proclamación del poeta Vladimir Mayakovsky: “¡Lenin vivió, Lenin vive, Lenin vivirá para siempre!”.

El clamor tenía un dejo de falsedad, pues los problemas económicos de la URSS eran obvios para todos, en especial para mis amigos estudiantes rusos, que dependían para comer de las pobremente aprovisionadas universidades. A pesar de eso, el sistema todavía parecía tan sólido como el mármol del mausoleo. Igual que la mayoría de los observadores, yo no habría creído que dos años después el comunismo estaría derrumbándose, y cuatro después, la misma Unión Soviética habría caído.

Pronto, las opiniones populares sobre 1917 cambiaron del todo: el libre mercado parecía natural e inevitable, mientras que los comunistas parecían destinados al “basurero de la historia” de León Trotski. El orden liberal globalizado podría enfrentar desafíos, pero provenientes del islamismo o el capitalismo de Estado chino, no de un desacreditado marxismo.

Hoy, cuando se cumple el centenario de la Revolución de Febrero —precuela del golpe de Estado de los bolcheviques en noviembre dirigidos por Lenin— la historia ha dado un vuelco de nuevo. China y Rusia despliegan símbolos de su herencia comunista para fortalecer nacionalismos antiliberales; en Occidente, la confianza en el capitalismo de libre mercado no se ha recuperado de la crisis financiera de 2008, y nuevas fuerzas de la extrema derecha y la izquierda activista rivalizan por la popularidad.

En Estados Unidos, la fuerza inesperada del socialista independiente Bernie Sanders en la carrera democrática del año pasado, y en España las victorias electorales del partido Podemos, dirigido por un antiguo comunista, son señales de un resurgimiento común de la izquierda. En el Reino Unido de 2015, el clásico de Marx y Engels, El manifiesto comunista, fue un éxito de ventas.

Entonces ¿presencié el último hurra al comunismo ese día en Moscú, o el comunismo remodelado para el siglo XXI está luchando por nacer?

Hay pistas de una respuesta a esta compleja épica secular, esta trama llena de comienzos falsos, casi muertes e impredecibles resurgimientos.

Los comunistas ofrecían soluciones convincentes y muy claras: defendían la igualdad económica; abrazaban la industria moderna y la planificación estatal, y argumentaban que el cambio debía provenir de la lucha de clases revolucionaria.

Tomemos como ejemplo la vida de Semyon Kanatchikov. Hijo de un antiguo siervo, dejó la pobreza rural por un empleo en una fábrica y la emoción de la modernidad. Vigoroso y sociable, Kanatchikov se propuso mejorarse a sí mismo con el libro The Self-Teacher of Dance and Good Manners como guía. Una vez en Moscú, se unió a un círculo de discusión socialista y, finalmente, al partido bolchevique.

La experiencia de Kanatchikov lo hizo receptivo a las ideas revolucionarias: una aguda conciencia del abismo entre los ricos y los pobres, una sensación de que el antiguo orden estaba bloqueando el surgimiento de uno nuevo y un odio hacia el poder arbitrario. Los comunistas ofrecían soluciones convincentes y muy claras. A diferencia de los liberales, defendían la igualdad económica; en contraste con los anarquistas, abrazaban la industria moderna y la planificación estatal; contrariamente a los socialistas moderados, argumentaban que el cambio debía provenir de la lucha de clases revolucionaria.

En la práctica, estos ideales eran difíciles de combinar. Un Estado muy poderoso tendía a suprimir el crecimiento mientras permitía el ascenso de nuevas élites, y la violencia de la Revolución traía consigo la caza periódica de “enemigos”. Kanatchikov también se convirtió en una víctima. Aunque se le habían otorgado nombramientos prestigiosos después de la Revolución, su relación con Trostki, el archirrival de Stalin, tuvo como consecuencia su degradación en 1926.

Para entonces, la apariencia del comunismo era sombría. Las primeras flamas de la Revolución en Europa Central después de la Primera Guerra Mundial se habían extinguido. La URSS se encontró aislada, y los partidos comunistas de otros lugares eran pequeños y problemáticos. La modernidad forjada en Estados Unidos en los años veinte fue descaradamente consumista, no comunista.

Sin embargo, las fallas del liberalismo pronto llegaron al rescate del comunismo. La caída de la Bolsa en 1929 y la depresión económica que le siguió hicieron que las ideas socialistas de la igualdad y la planeación estatal se vieran como una atractiva alternativa a la mano invisible del mercado. La militancia comunista también surgió como una de las pocas fuerzas políticas listas para resistir la amenaza del fascismo.

La caída de la Bolsa en 1929 y la depresión económica que le siguió hicieron que las ideas socialistas de la igualdad y la planeación estatal se vieran como una atractiva alternativa a la mano invisible del mercado.

Incluso el nada prometedor terreno de Estados Unidos, incompatible con el colectivismo y el socialismo ateo, se convirtió en tierra fértil. Apoyados en el abandono por parte de Moscú en 1935 de su doctrina sectaria a favor de una política de asistencia a los “frentes populares”, los comunistas estadounidenses hicieron causa común con los izquierdistas moderados en contra del fascismo. Al Richmond, un periodista de Nueva York que trabajaba en The Daily Worker, evocaba el nuevo optimismo mientras él y sus colegas pasaban las noches en un restaurante italiano brindando por “la vida como era entonces, por esa época, sus portentos y esperanzas, seguros de nuestras respuestas al ritmo de esos tiempos, pues en él escuchábamos nuestro propio latir”.

Ese optimismo era compartido por un grupo selecto. Víctima de las purgas de Stalin, Semyon Kanatchikov murió en un gulag en 1940.

Muchos estaban dispuestos a pasar por alto el terror de Stalin en aras de la unidad antifascista. Sin embargo, la segunda ola del comunismo a fines de los años treinta y principios de los cuarenta no sobrevivió por mucho la derrota del fascismo. Al intensificarse la Guerra Fría, la identificación del comunismo con el imperio soviético en Europa del Este comprometió su afirmación de ser liberador. En Europa occidental, un capitalismo regulado y reformado, alentado por Estados Unidos, proporcionaba estándares de vida más altos y Estados que brindaban seguridad social. Las economías planificadas que tenían sentido en tiempos de guerra eran menos aptas para la paz.

No obstante, mientras el comunismo decaía en el norte del mundo, en el sur crecía. Ahí, las promesas comunistas de una rápida modernización dirigida por el Estado captaron la imaginación de muchos nacionalistas anticoloniales. Fue aquí donde se expandió una tercera ola roja, que arrancó en Asia del Este en los años cuarenta y en el sur poscolonial a partir de finales de los sesenta.

Para Geng Changsuo, un chino que visitó una granja colectiva modelo en Ucrania en 1925 —tres años después de que la guerrilla comunista de Mao Zedong entrara a Pekín— el legado de 1917 todavía era potente. Al sobrio dirigente campesino de Wugong, una aldea a unos 193 kilómetros al sur de Pekín, el viaje lo transformó. De vuelta a su hogar, se rasuró la barba y el bigote, donó su ropa occidental y se convirtió en un predicador de la colectivización agrícola y el milagroso tractor.

La China revolucionaria solo afianzó la determinación de Washington de contener al comunismo. Sin embargo, mientras Estados Unidos peleaba su desastrosa guerra en Vietnam, una nueva generación de nacionalistas marxistas surgió en el sur, atacando al “neoimperialismo” que creían que sus mayores, los socialistas moderados, habían tolerado. La Conferencia Tricontinental de La Habana en 1966, patrocinada por Cuba y a la que asistieron socialistas africanos, latinoamericanos y asiáticos, introdujo una nueva ola de revoluciones. Para 1980, los Estados marxistas-leninistas se extendían de Afganistán a Angola, pasando por Yemen del Sur y Somalia.

Occidente también fue testigo de un renacimiento marxista en los años sesenta, pero sus estudiantes radicales estaban en última instancia más comprometidos con la autonomía individual, la democracia en la vida diaria y el cosmopolitismo que con la disciplina leninista, la lucha de clases y el poder del Estado. La carrera del alborotador estudiante alemán Joschka Fischer es un ejemplo impactante: miembro de un grupo llamado Lucha Revolucionaria que trató de inspirar una revuelta comunista entre los trabajadores de la industria automotriz, luego se convirtió en el líder del Partido Verde Alemán.

El surgimiento a partir de los últimos años de la década de los setenta de un orden dirigido por Estados Unidos y dominado por mercados globales, seguido por la caída del comunismo soviético a finales de los ochenta, provocó una crisis entre la izquierda radical de todas partes. Fischer, como muchos otros estudiantes de los sesenta, se adaptó al nuevo mundo: como ministro alemán del Exterior, apoyó el bombardeo de Estados Unidos en 1999 a Kósovo (contra las fuerzas del antiguo líder comunista serbio Slobodan Milosevic) y respaldó los recortes a la seguridad social en Alemania en 2003.

En el sur, el Fondo Monetario Internacional obligó a los países poscomunistas endeudados a hacer reformas al mercado, y algunas antiguas élites comunistas se convirtieron rápidamente al neoliberalismo. Ahora solo queda un puñado de Estados comunistas de nombre: Corea del Norte y Cuba, y los más capitalistas como China, Vietnam y Laos.

Hoy en día, cuando ha transcurrido más de un cuarto de siglo desde la caída de la URSS, ¿es posible una cuarta reencarnación del comunismo?

Un importante obstáculo es la división posterior a los años sesenta entre una vieja izquierda que da prioridad a la igualdad económica, y los herederos de Fischer, que subrayan los valores cosmopolitas, las políticas de género y la multiculturalidad. Además, defender los intereses de los desposeídos a escala global parece una tarea casi imposible. La crisis de 2008 solo intensificó el dilema de la izquierda, creando una oportunidad para que nacionalistas radicales como Donald Trump y Marine Le Pen exploten el enojo en contra de la desigualdad económica en el norte mundial.

Una nueva izquierda podría entonces tener éxito uniendo a los fracasados, tanto obreros como profesionistas, en el entorno del nuevo orden económico.

Estamos en el comienzo de un periodo de grandes cambios económicos y turbulencia social. Ante la falla del altamente injusto y tecnológico capitalismo para brindar suficientes empleos decentemente pagados, los jóvenes pueden adoptar una agenda económica más radical. Una nueva izquierda podría entonces tener éxito uniendo a los fracasados, tanto obreros como profesionales, en el entorno del nuevo orden económico. Ya estamos viendo exigencias de un Estado que redistribuya más.

Ideas como el salario base universal, con el que los Países Bajos y Finlandia están experimentando, están más cerca del espíritu de la visión de Marx de la capacidad del comunismo de satisfacer los deseos de todos: “De cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”.

Esto está muy lejos de la Plaza Roja en 1987, y aún más lejos de la toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo en 1917. No habrá un retorno al comunismo de los planes quinquenales y el Gulag. Sin embargo, si hay algo que esta turbulenta historia nos enseña, es que “los últimos hurras” pueden ser tan ilusorios como el “fin de una ideología” predicho en los años cincuenta o el “fin de la historia” de Francis Fukuyama en 1989.

Lenin ya no vive, los viejos comunistas podrán estar muertos, pero el sentido de injusticia que los animó está más vivo que nunca.

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