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viernes, 14 de noviembre de 2008
Conceptualización Científica del Arte.
Conceptualización Científica del Arte. Emociones Literarias y Humanas.
Escrito por: Enrique Alberto Cabrera Vásquez (Mellizo)
(...) Hay que pisotear todas las viejas puerilidades; derribar las barreras que la verdad no haya alzado; devolver a las ciencias y a las artes la libertad que le es tan preciosa (...) Hacía falta un tiempo razonador en el que no se buscasen las reglas en los autores sino en la naturaleza (...) (Diderot). Enciclopedia, Tomo V (1755).
San Pedro de Macorís, República Dominicana. – Ellos jamás podrán ser ignorados. Son tres luminarias del pensamiento universal; pensadores lúcidos y eruditos de vanguardia. Sensibles y humanos, abordaron desde sus perspectivas científicas ideas profundas encaminadas a comprender el desarrollo dialéctico del arte en sus manifestaciones humanas.
Ahondaron con sentido crítico en su recorrido social; se aproximaron creativamente a una definición conceptual y estética del arte objetivo. Puede decirse que sus aportes alcanzaron dimensiones históricas en el mundo literario.
Mediante la fertilidad de sus obras, alcanzamos la capacidad de valorar el significado poético, social y filosófico del arte. Nos deleitamos en su belleza y abrimos caminos al entendimiento, degustando una exquisitez artística que surge del interior humano como una expresión sociocultural por encima de intereses excluyentes.
Ellos jamás podrán ser ignorados. Son tres luminarias del pensamiento universal. Tres lúcidos, excelentes e inmensos pensadores de vuelos altos. Eruditos de vanguardia. Sensibles y humanos; que abordaron desde sus respectivas perspectivas científicas y sociales ideas profundas encaminadas a comprender desde su óptica filosófica, el desarrollo dialéctico que expresa el Arte en todas sus manifestaciones humanas.
Ahondaron con sentido altamente crítico su recorrido social y humano; creativamente se aproximaron a una definición terminológica conceptual estética y analítica del arte objetivo y revolucionario. Puede decirse con justicia que con sus aportes en este sentido alcanzaron dimensiones históricas en el exigente mundo culto y literario de la humanidad.
A través de sus lecturas; de la fertilidad sustanciosa de sus aportes, volamos sobre sus ideas para alcanzar la capacidad emocional e intelectual de valorar en toda su extensión el significado estético, poético, cultural, social y filosófico del arte, deleitándonos en su belleza trascendental; arropándonos bajo su folklóricas presencia multicolor, abriéndoles caminos al entendimiento, degustando de su opípara exquisitez artística; torrentes de emociones espontánea surgido de los interiores humanos; frescor pluralizado; expresión socio cultural y antropológica; deleite humano colocado por encima de los intereses excluyentes.
A riesgo de interpretaciones profanas trataron el tema de la definición del Arte; con esmerada seriedad lo digirieron científicamente. Les dieron seguimiento histórico, rastrearon su presencia universal depurándolo de los esquemas rutinarios mediatizantes, de los criterios tabúes que consideran el arte como una expresión única del espíritu al margen de las interrelaciones circunstanciales de su entorno y que pueden serle condicionantes.
A riesgo de interpretaciones profanas, los autores abordaron la definición del arte con rigurosidad científica. Realizaron un seguimiento histórico y rastrearon su presencia universal, depurándolo de esquemas rutinarios y de criterios tabúes que consideran el arte una expresión aislada del espíritu, ajena a las interrelaciones circunstanciales de su entorno.
Jorge Plejánov, José Ortega y Gasset y León Tolstói desarrollaron este complejo tema en ensayos, artículos y conferencias magistrales. Sus reflexiones, recopiladas en obras de carácter filológico, filosófico y social, exponen teorías e hipótesis con una profunda amplitud crítica.
Los tres autores analizaron, desde ángulos distintos, el significado social, estético y psicológico del arte. Con espíritu innovador, asumieron la tarea de profundizar en su esencia, superando análisis simplistas y otorgando al tema un rigor científico basado en sus propias inquietudes
En efecto, estos tres visionarios sociales trascendieron las abstracciones previas mediante aportes fundamentales sobre lo que Lévy-Strauss denominó "la combinación del mito primitivo y la habilidad técnica", y que Galeno de Pérgamo definió como el conjunto de preceptos universales y útiles que sirven a un propósito establecido.
Con un marcado sentido innovador, desplegaron la agudeza de su pensamiento social a través de análisis profundos, eludiendo el hermetismo de un cientificismo pedagógico que pudiera limitar sus ideas a críticas superficiales o rutinarias.
Se adentraron en un análisis preventivo y riguroso del tema, aportando planteamientos revolucionarios cuyos alcances teóricos son hoy referentes obligados para investigaciones posteriores.
Los tres, desde distintas ópticas, convergieron en un mismo propósito: establecer una definición científica del arte, rescatándolo de visiones reduccionistas que lo limitan a ser una mera expresión del «espíritu absoluto», la «voluntad universal», la «relación divina» o las «vivencias subconscientes del artista».
Se adentraron en la discusión profiláctica del asunto plasmando planteamientos novedosos, frescos y revolucionarios, cuyos alcances teóricos han servido de obligado punto de referencias a las investigaciones y opiniones a posteriori.
Los tres, desde ópticas distintas, enfocaron el objetivo, caminaron en la misma dirección hacia un mismo rumbo: establecer una aproximada definición terminológica científica del arte; rescatándolo del reducido criterio de verlo como una mera expresión de "espíritu absoluto", de la "voluntad universal", de la "relación divina", o bien de "ideas y vivencias subconscientes del artista".
El célebre José Ortega y Gasset analizó profundamente la deshumanización del arte, cuestionando los criterios dogmáticos y simplistas que, al intentar esquematizarlo, terminan por desfigurar su propósito espiritual y social.
La sociedad demanda un arte renovado y creativo que no solo inspire respeto y crítica, sino que eleve la comprensión del mundo. Debe ser un arte capaz de proyectar valores que fomenten una convivencia armoniosa, pilares esenciales en la lucha por la emancipación humana. Como bien sostienen Ernst Cassirer y Susanne Langer, el arte es la creación de formas específicas que simbolizan las emociones humanas.
Sin embargo, cuando el arte se vuelve exclusivo, se distancia de las mayorías y profundiza la brecha cultural de clase. Las injusticias del sistema socioeconómico limitan su acceso, permitiendo que solo un fragmento de la sociedad pueda comprenderlo y valorarlo plenamente.
La proyección y receptividad a media que se hace del arte lo aprisiona y no permite su llegada a las mayorías nacionales; ensanchando la brecha cultural y educacional de clase que lo distancia de los sectores populares, las limitaciones socio-económicas, las desiguales condiciones de vida de un sistema injusto y opresivo posibilita que solo un segmento fragmentario de la comunidad lo pueda comprender y valorar.
Ciertas élites, movidas por el egoísmo y la arrogancia, intentan asumir frente al arte una actitud paternalista y posesiva. Se han apropiado de él de forma arbitraria, atribuyéndose la exclusividad de su disfrute como un privilegio de su alcurnia. Esta segregación social y racial ha alejado al arte de las masas, cuyas dificultades económicas ya obstaculizan el acceso al placer estético. La clase dominante se ha empeñado en convertirlo en un patrimonio aristocrático reservado para grupos encumbrados.
Esta situación preocupó a Ortega y Gasset, quien observó con sentido crítico que el arte nuevo suele tener a la masa en contra. Para él, este arte es "impopular por esencia" y divide al público en dos grupos: los que entienden y los que no. Según el filósofo, esto implica que unos poseen un "órgano de comprensión" negado a los otros. Por su parte, Mao Tse Tung señaló que, aunque el pueblo hace la historia, el arte tradicional a menudo lo presenta como escoria, cediendo el escenario a las élites. Como contrapunto, Adolf Loos sentenció que "el arte es la libertad del genio", mientras que Quintiliano diferenciaba entre los cultos, conocedores de la teoría, y los profanos, entregados al placer que el arte proporciona.
Bajo su amplia perspectiva, Ortega y Gasset anticipó una época en la que la sociedad —desde la política del arte— volvería a estructurarse en dos rangos: los hombres egregios y los vulgares. En este contexto, analizó la deshumanización del arte partiendo de las enseñanzas de Aristóteles, señalando que el arte joven se ha fragmentado en múltiples direcciones divergentes. Exigente en su análisis, defendió una producción artística que, lejos de ser una copia de lo natural, posea una «sustantividad» propia, fruto de un don sublime. Sus ideas confrontan la visión romántica que reduce el arte a una mera expresión sensible de lo ideal o, como diría Manuel de la Revilla y Moreno, a la simple «inspiración y fantasía del artista».
Afirmar que el arte debe limitarse a inspirarse en la naturaleza y reproducirla fielmente no constituye una teoría artística completa. El arte trasciende la simple imitación; es en esa trascendencia donde reside el placer que despierta su contemplación. Como estableció Platón con precisión filosófica: «el arte no es un trabajo irracional».
Para Ortega y Gasset, la realidad acecha constantemente al artista para impedir su evasión. Ante esto, el creador requiere de una astucia excepcional para lograr la «fuga genial», actuando como un «Ulises al revés» que escapa de su Penélope y navega entre escollos hacia el hechizo de Circe. Bajo esta premisa, se entiende que el placer estético debe ser, ante todo, un placer inteligente.
Existen placeres ciegos y otros perspicaces. A través de este certero pensamiento, el autor establece una dicotomía al señalar que lo humano —el repertorio de elementos que integran nuestro mundo habitual— posee una jerarquía de tres rangos: primero, el orden de las personas; luego, el de los seres vivos; y, finalmente, el de las cosas inorgánicas.
El insigne filósofo español profundiza en su análisis al apuntar que, tanto para leer como para crear poesía, se debe exigir cierta solemnidad. No se refiere a una solemnidad de pompas exteriores, sino a aquel aire de estupor íntimo que invade el corazón en los momentos esenciales.
Asimismo, establece que la metáfora es el instrumento más radical para la deshumanización del arte, indicando que a través de ella se produce una inversión del proceso estético.
Finalmente, cuestiona la interpretación inglesa de la belleza, señalando a Ruskin como uno de los autores más funestos para esta disciplina. Para Ortega, Ruskin redujo el arte a una visión de objetos domésticos y habituales: «Aspira el inglés, sobre todo, a vivir bien y cómodamente; lo que para el francés es la sensualidad y para el alemán la filosofía, para el inglés es el confort».
Resulta oportuno citar la vibrante idea de August Zamoyski, quien afirmó que «el arte es un modo de aprehender aquello que de otro modo es imposible captar, pues excede la experiencia humana». A esta visión se suma lo manifestado por Denis Diderot, quien propuso que la idea de belleza debería ser sustituida por la de perfección.
En este proceso de categorización propio de la investigación social, destacan los juicios audaces de León Tolstói. El autor ruso, actuando como un riguroso moralista, lanzó una severa crítica contra el arte moderno por considerarlo alejado de la espiritualidad y la perfección cristiana.
Tolstói dotó al arte de una dimensión humana profunda y filosófica. En una época dominada por una sociedad conservadora y apegada a fetiches rituales, las ideas del autor de Guerra y Paz y Ana Karenina generaron una gran alarma social.
Su método comienza con una crítica a la sociedad europea, buscando derribar los mitos que intentaban definir el arte de forma limitada. Para Tolstói, ecuaciones como «arte es igual a belleza» o «arte es igual a placer» resultaban insuficientes y vacías.
¿Qué es el arte? ¿Es acaso solo aquello que nos agrada, nos produce placer o excita nuestros sentidos? León Tolstói vincula el arte con una visión subjetiva; sin embargo, no se refiere a la subjetividad del placer, sino a la capacidad de comunicar emociones.
El autor libera el concepto de belleza de su frialdad abstracta al afirmar que no existe una sola definición objetiva para ella. Sostiene que las definiciones actuales —tanto metafísicas como experimentales— convergen en una visión subjetiva: el arte es aquello que exterioriza la belleza, y esta, a su vez, es lo que nos gusta sin despertar deseos mundanos.
Tolstói también cuestionó al tratadista alemán Von Kirchmann (referido a veces como Fólgeldt), quien calificaba de locura la búsqueda de moralidad en el arte. El conde examinó esta postura con ironía: si el arte debiera ser moral, obras como Romeo y Julieta de Shakespeare o el Wilhelm Meister de Goethe dejarían de serlo. Ante la imposibilidad de negar el valor artístico de estos libros, la teoría de la moralidad parecía derrumbarse, obligando a buscar un fundamento basado en la "significación".
Para Tolstói, el arte es la expresión de los sentimientos humanos. Lo distingue del lenguaje verbal, pues considera que la actividad artística consiste en evocar un sentimiento experimentado para luego transmitirlo mediante movimientos, líneas o imágenes, logrando que los demás experimenten esa misma emoción.
Al respecto, no se puede ignorar la proclama de Stanislaw Witkiewicz (1851-1915), quien afirmó: «El arte sirve para descubrir, identificar, describir y fijar nuestras experiencias, nuestra realidad interior».
Pese a su entusiasmo y notables aportes, Tolstói no quedó satisfecho con sus propias definiciones. Aunque sus ideas tuvieron un marcado acento científico y revolucionario, él las consideró inconclusas. No obstante, su investigación fue un intento serio con legados imperecederos; apoyado en un pensamiento crítico fluido y transparente, buscó respuestas científicas para elevarse sobre interrogantes históricas inmensas.
Con el tono recriminatorio de un maestro, escudriñó el panorama intelectual de su época: «A la pregunta "¿Qué es el arte?" hemos dado múltiples respuestas sacadas de diversas obras de estética. Casi todas coinciden en que el fin del arte es la belleza, que esta se conoce por el placer que produce y que dicho placer es importante por el solo hecho de serlo».
De esto resulta que las innumerables definiciones no son tales, sino simples tentativas para justificar el arte existente.
Por extraño que parezca, pese a las montañas de libros escritos al respecto, no se ha dado una definición verdadera. La razón estriba en que la concepción del arte se ha fundado siempre sobre el concepto de belleza.
En su afanosa búsqueda, planteó que el arte es un medio fundamental de comunicación humana. Sostuvo que, mientras la palabra transmite pensamientos, el arte expresa sentimientos.
Mediante un análisis exhaustivo, procuró alcanzar la definición más clara y precisa que respondiera a su inquietud intelectual.
Sus aportes sustanciales revelaron la profundidad de su pensamiento, al situar al arte como un elemento esencial tanto en la escala social como en la espiritual. Aunque sus ideas resultaron atrevidas, destacaron por su sinceridad y objetividad, generando un debate necesario. En su obra ¿Qué es el arte?, logró aproximarse a los conceptos más exactos sobre la materia.
Por otro lado, cabe recordar que en 1919, Witkiewicz predijo con pesimismo el fin del arte, posiblemente hastiado por el tratamiento maniqueísta del tema. Erróneamente, llegó a creer que la humanidad había perdido su "inquietud metafísica", argumentando que el mundo posee una cantidad finita de estímulos que eventualmente se agotarían.
No obstante, fue Gueorgui Plejánov (1856-1918) quien, desde el materialismo dialéctico, dotó al arte de un sentido científico profundo, ofreciendo una definición conceptual renovadora y revolucionaria.
Jorge Plejánov, el teórico marxista más destacado de su tiempo, fue autor de ensayos fundamentales como La concepción monista de la historia (1895), La historia del materialismo (1896), El papel del individuo en la historia (1898) y El arte y la vida social (1912). Plejánov valoró positivamente los planteamientos del gran Tolstói, ampliando y cuestionando sus criterios para extraer conclusiones dialécticas.
Gracias a su rigor teórico, desarrolló una concepción materialista de la historia que subrayó la complejidad entre el ser social y la conciencia social. En su análisis, sistematizó la actividad humana como una interrelación manifiesta en la lucha de ideas, la cual constituye la expresión histórica de la lucha de clases en el seno de la sociedad.
Comprendió críticamente el arte como un fenómeno social que comunica tanto el sentimiento como el pensamiento humano. En este sentido, valoró la poesía como una de las formas más elevadas de expresión sentimental, asumiendo que toda producción artística nace de una inspiración que vincula lo humano con la naturaleza.
A través del arte, intentamos desvelar los secretos de la naturaleza mientras ejercemos el derecho emocional y antropológico de interpretar los sentimientos humanos. Como afirmó August Zamoyski: "El arte es un modo de aprehender aquello que, de otro modo, es imposible captar; aquello que excede la experiencia humana". En sintonía, Platón sostenía que el arte no es un trabajo irracional.
Desde la perspectiva de una filosofía poética, es posible conceptualizar el arte como la esencia de la vida. A lo largo de su trayectoria histórico-social —desde las pinturas rupestres hasta la contemporaneidad—, ha impreso una huella indeleble en el espacio y el tiempo de la humanidad. Esta disciplina permite difundir revelaciones trascendentales que, como una sinfonía, nos envuelven en emociones que nos vinculan con la naturaleza.
Con agudeza, el maestro Plejánov pulió en su observación crítica el alcance social e histórico del arte. Considerado un precursor de la estética y la crítica artística de vanguardia, empleó un análisis mordaz basado en el materialismo dialéctico. Su enfoque buscó establecer una teoría diáfana y un concepto científico-social preciso sobre el origen y la esencia de la creación artística.
Desde su prisma, Plejánov observó el arte como un reflejo de la vida colectiva y defendió el realismo como su médula espinal. Por ello, denunció la doctrina del "arte por el arte", argumentando que este siempre posee un motivo, una inspiración y un anhelo profundamente humano e histórico. Toda práctica social racional implica un arte determinado. Como afirmó Stanislaw Witkiewicz (1851-1915): "El arte sirve para descubrir, identificar, describir y fijar nuestras experiencias, nuestra realidad interior.
Toda práctica social racional implica un arte determinado. Como afirmó Stanislaw Witkiewicz (1851-1915): "El arte sirve para descubrir, identificar, describir y fijar nuestras experiencias, nuestra realidad interior".
Jorge Plejánov puso sus aportes a prueba en el exigente debate público. Fue un teórico de primera línea con un talento asombroso; su capacidad creativa, de gran alcance y magnitud intelectual, destacó en un contexto donde figuras estelares como Vera Zasulich y Pável Axelrod acaparaban la atención por el peso de sus ideas revolucionarias. Gracias a su agudeza, Plejánov sobresalió más allá de su tiempo con un nivel teórico que resultaba, incluso, desconcertante.
Se consolidó como guía teórico y político durante aquellos años convulsos, destacando ante la generación de revolucionarios rusos que más tarde dirigirían la Revolución de Octubre de 1917, bajo el liderazgo de Lenin y Trotski.
No se puede ignorar la influencia que ejercieron sobre Plejánov los acontecimientos de su patria, la cual para 1918 se erigía como el mayor centro de cultura abstracta y elaboración teórica sobre el arte. Es a partir de este entorno que podemos comprender la contundencia de sus ideas.
Su prolífica investigación dio lugar a planteamientos críticos innovadores. Sostuvo que la interpretación idealista de la historia considera el desarrollo del pensamiento como la causa última del progreso humano, un concepto que predominó en el siglo XVIII y persistió en el XIX.
Bajo la óptica del materialismo dialéctico, cuestionó las ideas de Saint-Simon y Augusto Comte (1798-1857), figuras influyentes de su tiempo. Asimismo, se apoyó en las tesis de Darwin para formular una respuesta científica y revolucionaria sobre el arte.
A partir del análisis biológico darwiniano, logró interpretar el origen de los gustos estéticos y la noción de belleza, entendiéndolos como conceptos que varían según la cultura y las sensaciones sociales.
Como visionario del análisis social, puntualizó que la concepción materialista busca explicar el destino histórico de las especies justo donde concluyen las investigaciones biológicas. Demostró, además, que ninguna obra artística carece de contenido ideológico o de clase, pues el ser humano percibe la naturaleza de formas distintas según el contexto social de su época.
Las contribuciones científicas de estos tres pensadores permiten formular razonamientos constructivos sobre el arte, entendido como el producto culmen de la capacidad creativa humana. El arte no es solo una expresión espiritual e ideológica o una manifestación de comunicación social, sino un desafío estético intrínseco al desarrollo de la humanidad. Como afirmó Rodin, el arte es «el placer del espíritu que penetra la naturaleza y descubre el alma que la anima». Al considerar que su misión es «el ejercicio del pensamiento que intenta comprender», se evidencia el papel sublime que desempeña la creatividad en la experiencia humana.
Ateniéndonos al pensamiento de Plejanov, podemos afirmar que el arte en todas las épocas históricas se ha caracterizado por su contenido de clase y por su sello político-ideológico. Su culto estético ha tenido siempre un contenido de clase.
Las particularidades y generalidades del arte han estado dominadas por esa expresión de clase que se yuxtapone en el sentir humano. Lo espontáneo del arte ha estado condicionado por las relaciones sociales de convivencia en correspondencia con la realidad del medio social que conforma el hábitat pluralizado de los seres humanos.
Las motivaciones espirituales del arte, la inspiración que le precede, son el resultado de las mismas condiciones sociales y económicas dadas en la existencia humana. De la conciencia social que se adquiere, lo cual pone de manifiesto la axiomática concepción de que el ser social determina la conciencia social.
Las manifestaciones artístico-culturales como expresión real del arte constituyen un vuelo alto del sentimiento humano. Una acabada expresión de la conciencia humana expuesta espiritualmente por la "Musa": el arte social.
Esta sublime y excelsa manifestación de los adentros más íntimos del sentimiento humano, esta producción social que refleja la alta capacidad expresiva de las condiciones cualitativas provenientes del proceso dialéctico de la conciencia humana, tiene una valorización histórica que define caracteres sociales y simboliza estadios históricos-sociales, dándole definiciones sustanciales a la vida humana. Su presencia se inicia de manera individual para transformarse en un producto socialmente pluralizado dentro de la formación de las realizaciones económicas de producción.
El arte, como forma de comunicación social, ocupa un espacio histórico dentro de su contexto sociocultural. Representa y manifiesta la sensibilidad de una época en todas sus dimensiones. Es el vehículo que proyecta las intenciones de la praxis social, consolidándose como la expresión más honesta de la estética pública de los pueblos.
Dentro del menú de ideas que procuramos en torno a la apreciación crítica del arte, nos encontramos con la referencia que hace Rocco Mangieri en torno al esquema planteado por Umberto Eco en 1957, significando que el autor del péndulo de Foucault articula con rigor seis ejes de indagación: el arte y el problema estético, la teoría del signo, la comunicación de masas, el análisis pragmático del texto, los límites de la interpretación y las utopías sobre la creación de lenguas perfectas.
Al explorar la apreciación crítica, destaca la referencia de Rocco Mangieri sobre el esquema propuesto por Umberto Eco en 1957. El autor de El péndulo de Foucault articula con rigor seis ejes de indagación: el arte y el problema estético, la teoría del signo, la comunicación de masas, el análisis pragmático del texto, los límites de la interpretación y las utopías sobre la creación de lenguas perfectas.
El autor de Semiótica y realidad virtual: accesibilidad entre mundos y metáforas del laberinto y Significación del espacio y modos de producción en La isla del día de antes, sostiene que la poética de la obra de arte ha desplazado a la «conceptualidad» e «inefabilidad» como eje del análisis estético.
Bajo esta premisa, el catedrático de la Facultad de Arte de la Universidad de Los Andes explica: «Eco elabora un discurso crítico sobre todas aquellas reducciones ontológico-metafísicas de la esfera del arte que remiten su definición hacia una zona teórica de lo indefinible y lo inconmensurable».
El texto propone una crítica y una nueva lectura de la obra de arte frente a los esencialismos metafísicos. Para ello, se apoya en las prácticas artísticas contemporáneas y en las modalidades de "uso" y "consumo" planteadas por las poéticas de la modernidad.
A través de una revisión que abarca desde la estética de Santo Tomás de Aquino hasta los planteamientos de Obra abierta, el interés de Umberto Eco se desplaza: transita de una crítica a las ontologías del hecho estético hacia una definición del arte basada en sus condiciones de fruición, comunicabilidad e interpretatividad
Bajo esta premisa, resulta imposible ignorar el valor de los signos como materia prima del pensamiento y la comunicación. En este sentido, es fundamental reconocer la labor del profesor Rocco Mangieri, cuya iniciativa de investigación aporta una mirada rigurosa y necesaria a estos razonamientos.
Es imprescindible mencionar la teoría estética de Walter Benjamin (1892-1940), quien en 1936 publicó La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. El ensayo abre con una sugerente cita de Paul Valéry (1871-1945) —cuya obra explora el conflicto entre contemplación y acción— en la que el autor francés advierte:
"En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño [...]. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han sido desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen sobre la inventiva, llegando quizás a modificar la noción misma de arte".
Inspirado por esta premisa, Benjamin desarrolló sus ideas ontológicas bajo una hermenéutica crítica que rompe con la tradición. Su propuesta no solo es de una originalidad dialéctica reconocida, sino que se fundamenta en una heurística de conceptos nuevos para comprender la relación entre técnica y estética.
Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma de arte"; y de cuyo pensamiento se motivó e inspiró para impulsar sus ideas ontológicas sobre el arte y que son vistas como una "hermenéutica crítica cuya heurística no podría sino fundarse sobre conceptos totalmente nuevos y originales". Es una visión epistemológica y estéticas de reconocida originalidad dialéctica.
El impacto del ensayo crítico "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica" (1936) fue de tal magnitud que numerosos teóricos se basaron en el pensamiento de Walter Benjamin para desarrollar ideas innovadoras sobre la comunicación contemporánea. Un ejemplo es Lorenzo Vilches, quien sostiene que el nuevo orden social y cultural del siglo XXI obliga a revisar las teorías de la recepción y la mediación, especialmente en conceptos como la identidad, la resistencia del espectador y la hibridación cultural.
Por su parte, el Dr. Álvaro Cuadra, especialista en su obra, destaca que el interés fundamental de Benjamin radicaba en cómo la modernización capitalista transforma las estructuras de interacción social. Según Cuadra, estos cambios alteran las formas narrativas y las condiciones espaciales de la comunicación, determinando cómo el pasado se integra en la "fantasía imaginaria" de las masas para adquirir significados inmediatos.
Para Benjamin, las condiciones socioeconómicas y los modelos de producción no son determinantes por sí mismos; funcionan como el material que detona las "fantasías imaginales" de los grupos sociales. Así, los horizontes de orientación individuales se entienden como extractos de mundos grupales específicos, los cuales se configuran mediante procesos de interacción comunicativa y perduran gracias a la fuerza de dicha fantasía.
Es relevante señalar que este erudito y crítico —traductor de figuras como Proust y Baudelaire— se quitó la vida en Portbou mientras huía del nazismo. Su suicidio ocurrió ante el temor de que se le denegara el cruce por la frontera española. Paradójicamente, tras su muerte, el resto de su grupo recibió el permiso para continuar el viaje al día siguiente.
Las expresiones artísticas y culturales han evolucionado en sintonía con el desarrollo histórico de la conciencia social. Desde el arte rupestre de la comunidad primitiva hasta la era contemporánea, el ser humano ha plasmado su mundo interior mediante una vocación estética que busca revelar la esencia del alma en cada época. Esta capacidad de exteriorizar la subjetividad, a menudo con un acento vibrante y profundo, reafirma una voluntad constante por dar a conocer la complejidad de la condición humana.
El arte es praxis social: la voluntad humana expresada colectivamente. Representa la conciencia interior del espíritu que encuentra plenitud emocional a través de una manifestación estética personal y virtuosa.
En el ámbito artístico, la fealdad se transmuta en belleza al categorizarse como un valor cultural. Siguiendo el ensayo de Herbert Marcuse sobre el carácter afirmativo de la cultura —quien retoma a Aristóteles—, la vida se divide en ocio y trabajo, en guerra y paz. Las actividades humanas se clasifican en necesarias, útiles y bellas; bajo esta premisa, el arte se define como una "utilidad bella".
Nuestro análisis debe vincularse siempre a la valoración social del arte, entendiéndolo como una producción intrínseca al desarrollo humano. Como señaló Carlos Marx en su correspondencia con Annenkov, la sociedad es el producto de la acción recíproca de los hombres, quienes no eligen libremente sus fuerzas productivas ni su forma social. Estas son el resultado de la energía humana práctica, condicionada por las circunstancias heredadas de generaciones anteriores.
Así las cosas, tenemos que el arte visto en sus variadas y múltiples manifestaciones humanas y artísticas, vale decir, escultura, arquitectura, manualidades, las plásticas, comedia, pintura, drama, danza, baile, teatro, música, artes plásticas, las danzas, el cine, fotografía, poesía, literatura, folklore, oratoria, tocar e interpretar instrumentos musicales como la guitarra, piano, violín, percusión, obras literarias como novelas, cuentos, poesía, prosa; cultivar la elocuencia, escribir un libro, etc., etc., siempre tendrá una connotación social artísticamente expresiva. Y como tal siempre será un producto social humano.
Desde la óptica del materialismo histórico-dialéctico, se establece que el arte y la cultura son productos estéticos e ideológicos de una sociedad específica, reflejando fielmente sus ideales, valores y moralidad.
Al explorar las diversas corrientes del pensamiento universal, emergen opiniones heterogéneas que, aunque en ocasiones empíricas, aportan matices de gran interés. Estas reflexiones, cargadas de vitalidad emocional, refuerzan los cuestionamientos de teóricos como Tolstói, Plejánov y Ortega y Gasset, otorgando renovada vigencia a su legado científico.
El escultor argentino Juan José Eguizabal nos ofrece la premisa de que el arte está fundamentado en tres elementos provocativos: Pasión, inspiración y sentimiento. Concluye sus ideas al respecto señalando que "el arte es y está dispuesto en una unión de un número de conocimientos, y cualquier definición que sea verdadera debe dar cuenta de todos ellos".
Sería mezquino no mencionar la indignación que sufrió el extraordinario compositor y héroe griego Mikis Theodorakis. Considerado uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX, Theodorakis fue reprimido inhumanamente por la junta militar de Georgios Papadopulos, quien terminó sus días en prisión condenado por robo y asesinato.
La Grecia de los coroneles (1967-1974) es recordada por su despiadada criminalidad y la cobardía de pisotear a una leyenda de la resistencia antinazi. En su paranoia, la dictadura prohibió su obra bajo el pretexto de que su música servía al comunismo y despertaba pasiones combativas, negando así la posibilidad de que el arte sea neutral o apolítico.
La Grecia de los coroneles (1967-1974) es recordada por su despiadada criminalidad y la cobardía de pisotear a una leyenda de la resistencia antinazi. En su paranoia, la dictadura prohibió su obra bajo el pretexto de que su música servía al comunismo y despertaba pasiones combativas, negando así la posibilidad de que el arte sea neutral o apolítico.
En la Grecia de los coroneles, el Decreto n.º 13 del Ejército no dejaba lugar a dudas: «Se prohíbe en todo el territorio la ejecución o reproducción de la música del compositor Mikis Theodorakis [...] puesto que esta obra está al servicio del comunismo y suscita pasiones y luchas en el seno de la población» (Atenas, 1 de junio de 1967).
Frente a tal infamia, conviene rescatar la premisa de Adolf Loos: «El arte es la libertad del genio». O recordar a Aristóteles, para quien la destreza técnica se eleva en la tragedia. ¡Qué barbaridad! ¡Qué inmundicia nefasta y cobarde! ¡Qué absoluta pobreza espiritual! Perseguir y encarcelar el talento siempre será un acto bochornoso: el mandato de la cobardía frente a la belleza.
Esto provocó su reacción y soberbia. Sobre las huellas de su dolor, el heroico compositor griego Mikis Theodorakis —autor de Arcadia (1969)— afirmó en 1984 que la burguesía gobernante se empeña en reducir el nivel cultural de las masas y degradar tanto los valores estéticos como a los propios creadores.
En su lugar, el poder fomenta obras que sirven a la ideología dominante y funcionan como una maquinaria de negocios. No sería justo ver su apostilla simplemente como un arrebato de indignación por la afrenta recibida; es, en cambio, la voz de un hombre que vive el arte en cada hálito de su existencia. Para él, el arte es un silbido del alma humana, una fuerza que lo envuelve en la configuración protagónica de su propio oficio.
No pierde vigencia la proclama de José Carlos Mariátegui al sentenciar: "La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto mediocre [...] La obra de arte no tiene, en el mercado burgués, un valor intrínseco sino un valor fiduciario".
De esta aseveración se colige que el valor de una obra está supeditado a la receptividad emocional y su interpretación cultural, factores que dictan su precio material bajo un marcado sesgo de clase. Así, las composiciones de Bach, Beethoven o Chopin, y la plástica de Goya, Picasso o Da Vinci, son presentadas como un gusto aristocrático custodiado por élites.
Esta dinámica se replica en la producción nacional dominicana. El talento de Víctor Artiles, Ada Balcácer, Silvano Lora, Cándido Bidó o el petromacorisano Mariachi Alburquerque, termina barnizado por una estética excluyente. El resultado es un distanciamiento artificial: mientras las cleptocracias reclaman estas obras como trofeos de estatus, los sectores populares —sumidos en una precariedad cultural impuesta— perciben estas manifestaciones con una apatía prejuiciada, ajenos a un patrimonio que también les pertenece.
Amplios sectores de la clase dominante exhiben una inclinación por el arte que, en el fondo, no es más que una simulación; una pantalla para ostentar una fastuosa vanidad. Se trata de una actitud engañosa y una farsa ridícula.
Como señalaba Lenin: «El arte pertenece al pueblo. Sus raíces deben hundirse en lo más profundo de las masas trabajadoras. El arte debe ser accesible a las masas; debe concitar sus sentimientos, pensamientos y voluntad para elevarlas. Debe, asimismo, despertar y desarrollar su sentido artístico».
En un sentido similar, Mao Tse-Tung se expresó en sus intervenciones en el Foro de Yenan (mayo de 1942) sobre arte y literatura. Al respecto, escribió: «La cuestión de a quién deben servir el arte y la literatura es una cuestión fundamental, de principio». Y agregaba:
«Aunque la vida social del hombre es la única fuente del arte y la literatura —y es incomparablemente más rica y vívida que estos en contenido—, el pueblo no se contenta solo con la vida; exige arte y literatura. ¿Por qué? Porque, si bien tanto la vida como el arte son bellos, la realidad reflejada en las obras artísticas puede y debe situarse en un plano más alto: ser más intensa, concentrada y típica. Debe acercarse al ideal y resultar, por tanto, más universal que la realidad cotidiana».
Más adelante, señaló que el arte y la literatura revolucionarios deben crear personajes variados extraídos de la existencia real para ayudar a las masas a impulsar la historia. Afirmó: «Por ejemplo, hallamos que la gente sufre hambre, frío y opresión, mientras impera la explotación del hombre por el hombre. Estos hechos son ubicuos y se consideran corrientes; sin embargo, los artistas condensan estos fenómenos, tipifican sus contradicciones y luchas, y crean obras capaces de despertar a las masas, inflamarlas de entusiasmo e impulsarlas a la unidad para transformar su mundo. Sin un arte de este tipo, dicha tarea no podrá cumplirse con la misma rapidez y efectividad».
Indicó también que: «Muchos artistas y escritores permanecen apartados de las masas y llevan una vida vacía; naturalmente, no están familiarizados con el habla del pueblo. Por ello, sus obras no solo tienen un lenguaje insípido, sino que a menudo contienen expresiones estrambóticas, inventadas por ellos y ajenas al uso popular».
La relevancia de los aportes de José Ortega y Gasset, Jorge Plejánov y León Tolstói sobre la visión del arte se acrecienta conforme profundizamos en la materia. Estos autores superaron esquemas herméticos y dogmáticos, a menudo impulsados por prejuicios emocionales e irracionales. Como maestros del pensamiento, priorizaron el rigor del análisis sobre las afinidades personales. El arte no es propiedad de una clase determinada; es un patrimonio universal de la humanidad y, por ende, su acceso debe ser igualitario.
A partir de estas premisas, se puede establecer que el arte es un producto social cuyo proceso creativo captura una percepción del mundo objetivo. Su valor social reside en la capacidad del creador para vincular su obra con las contradicciones de clase presentes en el desarrollo social. De este modo, el arte contribuye a la transformación cualitativa del entorno, interpretando la naturaleza y la psique humana desde una voluntad de cambio y mejora de las condiciones de vida.
En consecuencia, el Estado tiene la responsabilidad ética de garantizar una distribución equitativa del acervo cultural. El legado de figuras como Beethoven, Strauss o Mozart no debe ser exclusivo de ninguna élite. Es imperativo que las políticas públicas inviertan en formación artística —ya sea en música, artes plásticas o literatura— para que estas disciplinas no se dirijan a un grupo privilegiado, sino que estén al alcance de todos, sin distinción de estrato económico o social.
Debemos fomentar, mediante la educación, el entendimiento cultural para que los sectores populares accedan a expresiones artísticas de alto valor. Es necesario liberar al arte del círculo cerrado y egoísta que hoy lo limita. El arte es libertad y conciencia; representa la máxima expresión estética y espiritual de la condición humana.
Sin ambages ni tecnicismos innecesarios, el arte constituye el desarrollo más elocuente de la emoción y la conciencia social. Su función es impulsar el progreso de los pueblos, consolidándose como la manifestación más elevada del pensamiento humano.
Nota de definiciones:
Conceptualización: Idea, representación mental de una realidad, un objeto o algo similar: el concepto de belleza no es igual para todos. Pensamiento expresado con palabras. Opinión, juicio, idea que se tiene sobre algo: ¿qué concepto tienes de mí? Aspecto, calidad, título: me han ofrecido un trabajo en concepto de asesor cultural.
Concepto: Representación mental de una realidad u objeto; por ejemplo, la percepción de la belleza varía según el individuo.
Pensamiento y Opinión: Expresión de una idea mediante palabras o el juicio subjetivo que se tiene sobre alguien o algo.
Ámbito Formal: Término utilizado para definir un aspecto, calidad o título específico, como en la contratación "en concepto de asesor.
Conceptualizar: Acción de formar una idea o juicio sobre la realidad, evitando basarse únicamente en apariencias para no caer en errores.
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